El día que descubrimos los rayos X

El descubrimiento de los rayos X ha sido una de las mayores revoluciones de la historia de la medicina, al aportar una herramienta de diagnóstico hasta entonces nunca vista. Esto es lo que pasó en aquellos días cruciales.

 

A mediados del siglo XIX los científicos estaban entusiasmados con las descargas eléctricas que se producían en lo que podríamos considerar el antepasado de los anuncios de neón: un tubo de vidrio cerrado de unos 90 cm de largo donde en cada uno de sus extremos se habían soldado unos electrodos metálicos conectados a una corriente de alto voltaje. En condiciones normales el aire es mal conductor de la electricidad, pero si se reduce la presión lo suficiente extrayendo un volumen significativo de aire y se aplica un voltaje eléctrico, se vuelve conductor. Lo que se observa es una descarga eléctrica, un rayo de luz brillante que viaja desde el terminal negativo hasta el positivo. Si se extrae más aire, bajando la presión a una milésima parte de la normal, los rayos desaparecen y una luminosidad mortecina llena el tubo. En la década de los 1870 el excelente físico experimental William Crookes estudió este tubo de descargas y lo perfeccionó, creando lo que empezó a conocerse como el Tubo de Crookes.

La única complicación tecnológica real era extraer el aire del tubo. Una vez hecho y sellado el tubo, se aplicaba la corriente eléctrica y ¡voilá! una fantasmagórica luminosidad inundaba la habitación. El fenómeno era tan fascinante e inexplicable que dejaba con la boca abierta a expertos y legos, y en la Inglaterra decimonónica se convirtió en un experimento clásico de aquellos científicos que se ganaban la vida recorriendo las ciudades dando conferencias populares.

Un mes de noviembre crucial

Este era el campo de trabajo de Wilheim Conrad Röntgen en su laboratorio de la Universidad de Wurzburgo: estudiar las propiedades de las descargas en diferentes tipos de tubos de vacío. Y fue entre noviembre y diciembre de 1895 cuando el callado, tímido y solitario físico descubrió algo que iba a revolucionar la medicina. Por desgracia, no sabemos muy bien qué sucedió en aquellas semanas cruciales, pues Röntgen mandó quemar todas sus notas a su muerte. No obstante, podemos hacernos una idea más o menos aproximada.

A principios de noviembre estaba experimentando con uno de los tubos de descarga al que había añadido una fina ventana de aluminio para permitir que los rayos catódicos salieran del tubo, pues deseaba saber qué sucedía con ellos fuera del tubo. Para apantallar que la fluorescencia que se producía dentro del tubo lo cubrió todo con un trozo de cartón negro. Pero entonces algo extraordinario sucedió: al ponerlo en funcionamiento Röntgen observó sorprendido cómo aparecía un brillo en una pantalla fluorescente cercana. Dispuesto a comprobar tan peculiar observación, en la tarde del 8 de noviembre de 1895, Röntgen cubrió totalmente el tubo con cartón negro asegurándose de que era totalmente opaco: apagó la luz y puso en marcha el tubo y vio un tenue brillo en un banco de ensayos del laboratorio. Encendió y apagó el tubo repetidamente y la tenue luminosidad seguía apareciendo: provenía de una placa fluorescente que había colocado conscientemente lejos del tubo. Röntgen empezó a sospechar que se trataba de algún tipo nuevo de rayo. En las semanas siguientes no salió de su laboratorio intentando comprender las propiedades de lo que llamó 'rayos X'. Un día, cuando estaba probando la capacidad de diferentes materiales para detener los rayos X, vio su propio esqueleto parpadeando en la pantalla flurescente de platinocianuro de bario. En ese momento decidió llevar todo su investigación en secreto, sin mencionar a nadie lo que había descubierto. Según confesó al poco tiempo a un amigo, “solo le dije a mi mujer que estaba haciendo algo que haría que la gente, cuando se enterara, dijera: ‘Röntgen ha perdido la cabeza”’. Seis semanas después decidió tomar la primera radiografía de la historia. El conejillo de indias fue la mano de su esposa, Anna Bertha. Cuando ella vio su esqueleto, exclamó: "¡He visto mi muerte!".

El artículo original, Sobre un nuevo tipo de rayos, junto con la radiografía de la mano de su mujer, se publicó el 28 de diciembre de 1895 en la revista Actas de la Sociedad Físico-Médica de Wurzburgo. El 4 de enero de 1896 hizo su primera presentación pública ante esa sociedad, con radiografía de un asistente incluida, y al día siguiente un periódico austríaco lo mostró al mundo.

Dispositivo Rontgen
Dispositivo Röntgen

Frenesí por los rayos X

La locura se desató: todo el mundo quería tener su 'retrato de huesos', se publicaron poemas y los rayos X aparecieron en tiras cómicas, cuentos cortos y mensajes publicitarios. Los detectives privados se publicitaban diciendo que usaban los 'dispositivos Röntgen' para seguir a cónyuges infieles, e incluso apareció ropa interior de plomo para evitar las indiscretas “gafas de rayos X”. Thomas Edison estaba entre los que estaban ansiosos por perfeccionar el descubrimiento de Roentgen: su objetivo era construir una lámpara de rayos X para uso doméstico, pero nunca lo consiguió.

Quien vio muy pronto la utilidad de este descubrimiento fue la clase médica. El primer uso de rayos X en condiciones clínicas fue realizado por John Hall-Edwards en Inglaterra el 11 de enero de 1896, cuando radiografió una aguja clavada en una mano. Y el 14 de febrero de 1896 este médico de Birmingham también fue el primero en usar los rayos X en una operación quirúrgica. Semanas más tarde el director del Departamento de Fisiología de la Academia Militar de Medicina de San Petersburgo, Ivan Romanovich Tarkhanov, irradió ranas e insectos con rayos X, y llegó a la conclusión de que "no solo fotografían, sino que también afectan a la materia viva". Sus investigaciones demostraron que influían en el sistema nervioso central, el corazón y en el desarrollo embrionario: acababa de nacer la radiobiología. En junio de 1896 ya se utilizaban los rayos X para localizar balas en los heridos en el campo de batalla. Roentgen nunca pidió patente alguna sobre sus rayos X porque consideró que todo el mundo debía beneficiarse de su trabajo. Su altruismo tuvo un costo personal considerable: en el momento de su muerte en 1923, Roentgen estaba en bancarrota debido a la inflación que se produjo tras la I Guerra Mundial.

Referencias

Bernal, J. D. (1976) Historia social de la ciencia (volumen I), Ediciones Península

Boorstin, D. J. (1986) Los descubridores, Crítica

Nitske, R. (1971) The Life of Wilhelm Conrad Röntgen, University of Arizona Press

Miguel Ángel Sabadell

Miguel Ángel Sabadell

Me licencié en astrofísica pero ahora me dedico a contar cuentos. Eso sí, he sustituido los dragones y caballeros por microorganismos, estrellas y científicos de bata blanca.

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