El día en que nació el espiritismo

Tal día como hoy, un 31 de marzo de 1848, nacía el espiritismo moderno. La historia de sus 'descubridoras' ha sido narrada en multitud de ocasiones, pero en todos esos relatos hay más ficción que realidad. Porque la verdadera historia es muy distinta.

Todo comenzó en Hydesville, un pequeño pueblecito al norte del estado de Nueva York. En una humilde granja cercana al pueblo vivían cuatro miembros de la familia Fox: el matrimonio John y Margaret y sus dos hijas más pequeñas, Maggie de 9 años y Katie de 7. El matrimonio tenía también un hijo, David, casado y cuya hacienda estaba a unos tres kilómetros, y otra hija, Leah, ya en la treintena y vecina de la cercana ciudad de Rochester, donde vivía con su hija Lizzie, de la misma edad de Maggie.

El hogar de los Fox era una sencilla casa de madera de dos plantas: la familia hacía su vida en la habitación de abajo, mientras que el piso superior era el dormitorio, amueblado con dos camas. Era allí donde, desde principios de diciembre de 1847, se escuchaban unos extraños ruidos. Desde entonces era parte de su vida cotidiana escuchar un concierto de sonidos cada vez que las pequeñas se metían en la cama. Pero el 31 de marzo todo cambió. Esa tarde Katie gritó en el dormitorio: “Oye tú, Splitfoot, haz lo que yo hago”. Dando palmadas la niña decía: “Vamos a ver, cuenta: uno, dos, tres”. Los extraños golpes sonaron una, dos, tres veces. La madre, entre asombrada y asustada, interpeló a los misteriosos ruidos: “¿Eres acaso un espíritu? Si es así da tres golpes”. Al momento se escucharon tres golpes fuertes y claros. Acababa de nacer el espiritismo moderno.

No hace falta decir que las niñas eran el verdadero fantasma. Todo había comenzado tiempo atrás, cuando Katie y Maggie quisieron asustar a su sobrina -y amiga de juegos- Lizzie. Según el periodista del The New York Herald Reuben B. Davenport, que entrevistó a las hermanas Fox décadas más tarde “la invención se debió a Katie, la más pequeña... Cuando las chiquillas descubrieron que podían hacer esos ruidos estando metidas en la cama y teniendo las manos a la vista de todos, se llenaron de regocijo..., sobre todo cuando notaron que, apoyando los pies en el respaldo de la cama de madera, los ruidos eran más fuertes, sirviendo las tablas como cajas de resonancia”.

La casa de la familia Fox
La casa de la familia Fox

Decenas de personas acudían a la casa para admirar el prodigio, para ver por sí mismos cómo unos simples mortales podían charlar con los espíritus. La casa se convirtió en un teatro. Un día el hermano mayor, David, sugirió un método para acelerar las conversaciones con el espíritu. Como parecía ser que en el más allá se entendía perfectamente el inglés, ideó una primitiva oui-ja: se iban nombrando en voz alta las letras del alfabeto y al llegar a la apropiada el espíritu daba un golpe. De esta forma pudo saberse la truculenta historia del pobre fantasma. Por la información que nos ha llegado, el desgraciado buhonero, de nombre Charles Bryan Rosma, supuestamente había sido asesinado por un vecino de la localidad y enterrado en el sótano de la casa. Jamás se confirmó la historia, ni siquiera la existencia, del pretendido buhonero.

En mayo de 1848 la hermana mayor, Leah, enterada de lo que sucedía, marchó a Hydesville. Al poco de llegar se llevó a Katie y Maggie aparte y las obligó a contarle cómo producían los misteriosos golpes. Descubierto el truco, Leah se las llevó a Rochester y se convirtió en su manager. Aburrido de su fantasmal vida en una granja, el buhonero emigró con ellas. Poco tiempo después Charles hizo un discreto mutis por el foro y nuevos espíritus con más empaque que un triste buhonero tomaron las riendas del espectáculo.

Siguiendo el método de nombrar las letras del abecedario ideado por David, los nuevos espíritus dieron su comunicación más importante: “Habéis de anunciar estas verdades al mundo. Ha empezado el amanecer de una nueva era. No debéis ocultarlo por más tiempo”. Lo tenían bien pensado, porque proporcionaron a las Fox el plan de operaciones a seguir: debían alquilar el Corinthian Hall -el salón de actos más grande de Rochester- por tres días ofreciendo una sesión al día. Al escenario subirían las médiums en compañía de algunos amigos, que leerían un texto narrando los hechos sucesos ocurridos en los últimos meses. Para que nada fallase, los espíritus prometían que se les escucharía en toda la sala. El 14 de noviembre de 1849, ante una sala abarrotada (400 personas, cada una de las cuales había pagado la entonces nada despreciable suma de 25 centavos) las hermanas Fox comenzaron su espectral show. Al final de los tres días, las hermanas Fox fueron declaradas genuinas. Pero lo más irónico de todo fue que un médico de Rochester llamado Potts divirtió a la audiencia haciendo crujir los dedos de sus pies, dando a entender que así era como producían los ruidos los espíritus: jamás supo lo cerca que habían estado de resolver el enigma.

Las sesiones en el Corinthian Hall fueron la catapulta al éxito de las Fox al llamar la atención de Horace Greeley, director del New York Tribune, que por esos azares de la vida acababa de perder a su hijo. Deseoso de volver a hablar con él, las invitó a Nueva York y en la primavera de 1850 hicieron las maletas. Instaladas confortablemente en el Hotel Barnum, las horas de consulta al más allá eran las 9 y las 11 de la mañana y las 3 de la tarde. Las hermanas se sentaban juntas en un sofá frente a una mesa, y a su alrededor lo hacían de 12 hasta un máximo de 50 visitantes. La temporada que las Fox pasaron en Nueva York hizo de ellas todo unos personajes públicos. Sus sesiones -cobradas a dólar por cabeza- les reportó fama y cuantiosos beneficios económicos, diligentemente administrados por Leah. 

Pero no todos estaban convencidos. En 1850 el reverendo John M. Austin escribió en el New York Tribune que los sonidos los producían las niñas al hacer crujir las articulaciones de los dedos de los pies. Ese mismo año, el reverendo Charles Chauncey Burr y su hermano publicaron el libro Knocks for the knockings, donde decían haber investigado a las hermanas Fox y a otros médiums en cinco estados. Su conclusión: todo el fenómeno no era más que fraude y engaño, y proponían diecisiete métodos diferentes de producir los ruidos, siendo su favorito el de hacer crujir las articulaciones de los dedos. En 1851 la cuñada de su hermano, la señora Culver, revelaba que Katie le había confesado el truco: “Los golpes los produce con las articulaciones de los dedos de los pies. Usaba todas. Después de practicar durante una semana con Catherine, pude hacerlo perfectamente”.

Tuvimos que esperar a septiembre de 1888 cuando en grandes titulares el New York Herald publicó: “DIOS NO LO HA ORDENADO. Una conocida médium dice que los espíritus nunca regresan”. “¿Todo es truco?” preguntó el periodista. “Completamente” respondió Margaret. “Espíritus, -dijo- ¿le podemos engañar fácilmente?”. Se escucharon tres sonoros golpes en la puerta de la habitación. Cuando los periodistas fueron a casa de Leah para obtener la otra versión de la historia, su criada les dijo que había salido de la ciudad y que no sabía cuándo regresaría.

El 21 de octubre de 1888 cayó la segunda bomba. En la Academia de Música de Nueva York Margaret y Kate mostraron, ante un salón abarrotado y toda la prensa de Estados Unidos, cómo conseguían realizar los famosos golpes de los espíritus.

Miguel Ángel Sabadell

Miguel Ángel Sabadell

Me licencié en astrofísica pero ahora me dedico a contar cuentos. Eso sí, he sustituido los dragones y caballeros por microorganismos, estrellas y científicos de bata blanca.

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