Edad biológica, edad cronológica y antiaging: la búsqueda de la eterna juventud

Ser joven hasta la muerte es uno de los anhelos más antiguos del ser humano. Ya sea por no envejecer o por llegar a la madurez en las mejores condiciones posibles. Y en una civilización como la nuestra, que premia la juventud y penaliza a la vejez, es un nicho apetecible para abrir un negocio.

 

Al igual que las películas de Hollywood, no todos los seres humanos envejecemos igual. No es algo que hayamos descubierto en este siglo; ya lo sabíamos hacía tiempo. Pero de unos años a esta parte se ha puesto de moda diferenciar la edad cronológica, la que marca nuestro año de nacimiento, con la edad biológica, un concepto bastante difuso pero que suele definirse como lo envejecidos que estamos molecularmente frente a un modelo estandarizado. ¿Y cómo se hace eso? Principalmente midiendo la longitud de algo que tenemos en nuestros cromosomas, los telómeros.

Debemos tener en cuenta que las células de nuestro cuerpo -y ninguna célula, en realidad- no se dividen eternamente. En 1965 Leonard Hayflick descubría que hay un límite al número posible de divisiones celulares, conocido hoy como límite de Hayflick, que en el ser humano es alrededor de 50. A medida que las células se acercan a él muestran signos de envejecimiento. Al parecer, este límite está ligado con el acortamiento de una región situada en los extremos de los cromosomas, los telómeros.

Fueron A. M Olovnikov y James Watson –uno de los descubridores de la estructura del ADN– quienes encontraron que existe un problema esencial cuando el ADN se copia a sí mismo cada vez que se divide la célula. Para que se separen las dos hebras es necesario lo que se llama un primer, algo que dé el banderazo de salida. En ese caso, la molécula “lanzadera” es otro ácido nucleico, el ARN. Cuando termina su trabajo desaparece, dejando en su lugar un hueco en la hebra de ADN. Esto significa que cada vez que el ADN se copia a sí mismo a medida que la célula se divide, la longitud del telómero se va acortando. No pasa nada si quitamos un poco, pues sigue estando ahí. Es el momento en que prácticamente ha desaparecido todo cuando debemos empezar a preocuparnos; hemos llegado al límite de Hayflick. Estamos envejecidos.

TA 65: inmortalidad en pastillas

Ahora bien hay animales, como la unicelular Tetrahymena, que reparan su ADN cromosómico cada vez que se dividen: hay algo que “rellena” los agujeros dejados. Blackburn y Greider encontraron que la enzima telomerasa detecta el acortamiento de la hebra de ADN y la rellena, convirtiendo a la Tetrahymena en inmortal. Ahora bien, nuestras células también contienen telomerasa; al menos algunas, como las células madre, que ayudan a crear nuevas células de nuestro sistema inmune. El resto podrían contenerla... si los genes se expresaran. ¿Por qué no lo hacen? No lo sabemos.

De ahí que muchas investigaciones se dirijan a ver cómo se puede impedir o ralentizar el acortamiento de los telómeros. Entre ellas una se lleva la palma, la que involucra el cicloastragenol o TA 65, una sustancia que se extrae del astrágalo. A principios de la década de 2010 algunos estudios señalaron que impedía ese acortamiento. Poco faltó para que una serie de compañías empezaran a venderlo como suplemento alimenticio antiedad. Sin embargo, no se encontró un aumento en la media de la esperanza de vida, pero sí algunos efectos fisiológicos antienvejecimiento sin aumentar la incidencia de cáncer. Claro que estas investigaciones eran en ratones, no en el ser humano. De ahí que la Comisión Federal de Comercio de Estados Unidos dijera que es publicidad engañosa decir que TA-65 puede revertir el envejecimiento y reparar el daño del ADN en humanos en base a una investigación que vio algún efecto en ratones. Eso no ha impedido que se siga vendiendo por internet como pastillas antiedad.

Hormonas para recuperar la juventud

Por otro lado, el cuerpo humano empieza a “desconectar” cumplidos los cuarenta años: deja de producir la hormona del crecimiento, el colágeno, la melatonina... Es una respuesta biológica, la forma que tiene la naturaleza de decir ya has tenido que hacer todo lo que tenías que hacer en tu vida. La pérdida hormonal es una parte real del envejecimiento. ¿Qué pasaría si una hormona se reintrodujese en el cuerpo una vez que la hemos dejado de fabricar? Entre la década de los 90 y principios de los 2000 se hicieron numerosos estudios para ver su efecto. De todos ellos dos fueron los que obtuvieron resultados más prometedores: el dirigido por Daniel Rudman, del Medical College de Winsconsin, y el de Étienne-Émile Baulieu, del hospital Kremlin-Bicetre de París, que experimentaron con las enzimas hGH, hormona del crecimiento humano, y con la dehidroepiandrosterona (DHEA) que segregan las glándulas suprarrenales. En ambos casos se encontró una inversión en la evolución de ciertas funciones biológicas. Por ejemplo, en los experimentos de Rudman, los voluntarios –entre 60 y 70 años– recuperaron el 10% de su masa muscular y su piel aumentó de espesor en un 9%. Esto sirvió para dar el pistoletazo de salida a la venta de la nueva panacea antiedad, y los trabajos de estos científicos fueron citados sin ningún tipo de decoro por las empresas que vendían los nuevos (y científicos) elixires de la eterna juventud. ¿El problema? Que no debemos confiar en resultados que no se hayan comprobado y vuelto a comprobar. Así en abril de 2014 la revista Cell Metabolism publicaba un estudio que revelaba que, muy posiblemente, los tratamientos con hormona del  crecimiento lo que pueden estar haciendo en realidad es lo contrario: no son antiedad, sino anti-antiedad. La vida siempre nos reserva alguna ironía macabra, y en este caso es con Rudman, pionero de la lucha contra el envejecimiento: murió a los 67 años, 11 años por debajo de la esperanza de vida en EE UU.

NMN, la bala mágica que repara el ADN

La búsqueda de la píldora de la eterna juventud dio una nueva vuelta de tuerca en marzo de 2017, cuando se anunció que podía haberse encontrado una molécula mágica capaz de reparar nuestro ADN de los errores que aparecen como producto del paso del tiempo. Un equipo de la Universidad de Gales llegó a esa conclusión después de una serie de estudios en ratones. Según ellos la bala mágica es la molécula responsable de reparar el ADN de daños externos, incluido el de la radiación solar. Se llama NAD+, se encuentra de forma natural en nuestras células y la vamos perdiendo al hacernos viejos.

Lo que los científicos galeses encontraron es que un precursor de esa molécula, la nicotinamida mononucleótido o NMN, mejoraba la capacidad de las células para reparar el ADN: “las células de un ratón viejo eran indistinguibles de las de uno joven tras una semana de tratamiento”, afirmaba David Sinclair, autor principal del artículo aparecido en la revista Nature. "Esto es lo más cerca que estamos de conseguir un medicamento antienvejecimiento seguro y efectivo, y que en tres o cinco años estará a la venta si las pruebas salen bien", dijo. Con es bastó: en menos de seis meses se empezó a vender NMN puro al 96% al precio de 100 euros el bote de 60 comprimidos.

Uno de ellos que lo tienen claro es el médico belga Eric Verdin, presidente y primer ejecutivo del Buck Institute for Research on Aging, el centro de investigación privada más grande del mundo que estudia las causas del envejecimiento y cómo combatirlas. Seguramente no nos pillará de sorpresa descubrir que ni Verdin ni los miembros de la junta directiva van a cumplir ya los 60 años... Para este experto, la locura investigadora sobre el envejecimiento nació en la década de 1990 cuando los científicos se dieron cuenta de que el envejecimiento no era algo inevitable. Si envejecer es culpa de problemas genómicos, al final todo se reduce a encontrar proteínas reparadoras y convertirlas en medicamentos vendibles: “si hay vías para regular el envejecimiento significa que hay proteínas, y eso significa que con el tiempo se pueden desarrollar medicamentos".

Ahora bien, él lo sabe muy bien: "si escuchas la palabra inmortalidad, huye. No hay medicamento que pueda proporcionarte eso". La mejor manera de maximizar la esperanza de vida es mantener un cuerpo sano con una buena nutrición y ejercicio, que son "increíbles medicamentos antienvejecimiento". Claro que otros seres humanos son más de la opinión del escritor Oscar Wilde: “Haría cualquier cosa por recuperar la juventud... excepto hacer ejercicio, madrugar, o ser un miembro útil de la comunidad”. Todo tiene un precio. Si queremos vivir más tiempo hay algo que se sabe desde siempre y que funciona: reducir nuestra ingesta de alimentos. Vivir más implica comer menos... y menos apetitoso: olvídese de esos huevos fritos con chorizo y pásese al brócoli al vapor. Y no por un tiempo, sino durante toda su vida. Y cuanto antes empiece, mejor.

Referencias

Rudman D. et al, 1990, Effects of human growth hormone in men over 60 years old, New England Journal of Medicine, 32:1

Baulieu E. E. et al, 2000, Dehydroepiandrosterone (DHEA), DHEA sulfate, and aging: contribution of the DHEAge Study to a sociobiomedical issue, PNAS 97 (8): 4279–84

Lu, Y., Brommer, B., Tian, X. et al. Reprogramming to recover youthful epigenetic information and restore vision. Nature 588, 124–129 (2020)

Miguel Ángel Sabadell

Miguel Ángel Sabadell

Me licencié en astrofísica pero ahora me dedico a contar cuentos. Eso sí, he sustituido los dragones y caballeros por microorganismos, estrellas y científicos de bata blanca.

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