Desayuno con diamantes: origen e historia de la piedra más preciosa

Los diamantes, junto con los zafiros, los rubíes y las esmeraldas, forman el cuatriunvirato de las piedras preciosas. No se forman en la corteza terrestre sino a mayor profundidad y solo unos pocos alcanzan la superficie. Esta es parte de su historia.

 

Todos los que hemos visto la clásica película de Blake Edwards Desayuno con diamantes, o mejor traducida, Desayuno en Tiffanys, recordamos a la elegante y frágil Audrey Hepburn cantando “Moonriver” sentada en la cornisa de una ventana. Pero lo que pocos saben es que Martin Rackin, jefe de producción de la Paramount por aquel entonces, en un visionado previo de la película sugirió eliminar es escena del montaje final. Y cuentan que la dulce Audrey Hepburn saltó como un resorte y, entre una lluvia de palabras malsonantes, exclamó: “por encima de mi cadáver”. De este modo la canción compuesta por el inolvidable Henry Mancini ha pasado a la historia.

La película, inspirada en una novela de Truman Capote, iba a ser protagonizada por Marilyn Monroe. De hecho, el guion se había escrito pensando en ella. Pero cuando se enteró que la protagonista era una prostituta, declinó la oferta que cayo en manos de Audrey Hepburn. De este modo Hepburn, con su moño alto, su vestido negro de Givenchy y su cigarrillo, se convirtió en uno de los iconos del cine norteamericano del siglo XX.

Los diamantes, cuyo nombre viene del griego adámas (inalterable), son lo más peculiar de las rocas y minerales que podemos encontrar en el planeta. Junto con los zafiros, los rubíes y las esmeraldas forman el cuatriunvirato de las piedras preciosas. Son la sustancia más dura conocida en el universo y cuatro veces más duros que los rubíes o los zafiros. En bruto tiene el aspecto de una roca cristalina sin valor, incluso pueden confundirse con otras rocas como la obsidiana, y únicamente al tallarlos revelan todo su esplendor.

El origen de los diamantes

Hasta en su origen los diamantes son distintos a otras rocas: no se forman en la corteza terrestre sino a mayor profundidad, en el manto, donde la temperatura alcanza el millar de grados y la presión supera en 50 veces la presión que existe en la en la sima oceánica más profunda. Es muy probable que haya miles de millones de quilates de diamantes bajo nuestros pies, pero solo unos pocos alcanzan la superficie. Lo hacen por pura chiripa, en enormes explosiones que lanzan el magma a velocidades supersónicas por las llamadas chimeneas de kimberlita. Su punto de salida a la superficie es absolutamente aleatorio: podría aparecer uno en el jardín de su casa.

Su único problema es que no debe confundirlo con otros tipos de roca, como la obsidiana. O peor aún, creer que es obsidiana cuando en realidad se trata de un diamante. Distinguirlo no exige una técnica depurada; puedes emplear la que usaban en la antigua India. Allí lo observaban bajo un árbol o por la noche, con la tenue luz de la penumbra: si es un diamante lucirá de modo más brillante y estable que a plena luz del día. Este hecho es algo a tener en cuenta si vamos a comprar un diamante: las lámparas de los comerciantes menos escrupulosos tienen un tinte azulado que hace que los diamantes centelleen más de lo que lo harían a plena luz del día.

El diamante más antiguo

La India es el país que ha abastecido al mundo de estas piedras preciosas durante la mayor parte de la historia. De allí proviene el diamante más antiguo conocido: el Briolette de la India. Su primer dueño fue Leonor de Aquitania, reina consorte del rey francés Luis VII hacia 1140. Su pureza es tal que a menudo se le conoce como “el más puro de los puros”. Tras el divorcio se casó con Enrique II de Inglaterra con el que tuvo 8 hijos, uno de ellos Ricardo Corazón de León, y se especula que llevó el diamante a las cruzadas. Tras ello se pierde toda se referencia durante tres siglos, aunque se piensa que pasó por las manos de Catalina de Medicis, esposa de Enrique II de Francia. A principios del siglo XX fue cortado y vendido a los hermanos Cartier (Louis, Alfred y Pierre) junto con otro afamado diamante, el Corazón Azul. Desde entonces ha pasado por las manos de distintas fortunas a uno y otro lado del Atlántico, y la última vez que se le vio en público fue en 1970 en una cena de editores de revistas de moda en Nueva York. Hoy se cree que está en las manos de una rica familia europea.

Algo muy curioso es que prácticamente no existe un mercado de segunda mano para los diamantes, a pesar de que la mitad de los hombres del planeta los compran en el momento en que apenas pueden permitírselo. Hoy es un símbolo del amor pero hubo un tiempo se les creía venenosos, una fábula que muy probablemente propalaron los propietarios de las minas para que sus trabajadores no los robaran tragándoselos.

Un diamante es para siempre

Que el diamante sea un símbolo del amor entre dos personas fue algo cuidadosamente planificado a mediados de la década de los 40, cuando la gran compañía que controlaba el mercado del diamante, la holandesa De Beers, encargó una encuesta entre más de 5 000 adultos estadounidenses y descubrió que muy pocos asociaban el diamante a los anillos de pedida, un mercado copado por gemas como el rubí, el zafiro o la turquesa. Había que darle la vuelta a la situación y para ello contrató a la empresa de publicidad N. W. Ayer, que lanzó su campaña basada en pinturas francesas de lugares románticos. Y no funcionó.

Pero una tarde de abril de 1947 todo cambió. Una joven creativa de la empresa llamada Frances Gerety se había quedado para terminar el trabajo: el cliente estaba esperando un eslogan. Según ella misma contó, bajó la cabeza y dijo, “por favor Dios, échame una mano”. Entonces se incorporó y escribió: “A Diamond is Forever”, un diamante es para siempre. El eslogan catapultó el mercado del diamante. La frase de Gerety se ha traducido a más 30 idiomas y gracias a ella cerca del 80% de las parejas que se prometen en matrimonio en Estados Unidos, Europa y Japón lo hacen con un diamante.

Claro que un diamante no es para siempre. A finales del siglo XVII el Gran Duque Cosme III pidió a la academia científica de Florencia que fijara “un diamante en el foco de una lente de quemar” para ver lo que sucedía. Los científicos así lo hicieron y vieron como se rompía, centelleaba y, finalmente, desaparecía sin dejar rastro ni huella de su existencia. Metidos en un horno a altas temperaturas, la bandeja donde se depositaba salía sin nada que demostrara su existencia. ¿Qué había pasado? Hubo que esperar al gran Lavoisier para comprender lo que estaba pasando: quemados ante una fuente ilimitada de oxígeno se convertían totalmente en dióxido de carbono. El porqué era así escapó a su comprensión, hasta que en 1796 el químico Smithson Tennant dio con la solución: los diamantes estaban hechos con el mismo elemento que el carbón. Como escribió en cierta ocasión una periodista, el diamante es grafito con un buen día.

Es curioso que una de las falsas concepciones más populares de los diamantes sea que, por ser las sustancias más duras, no se pueden romper. En tiempos de los romanos se creía que solo la sangre de un niño sacrificado podía desmenuzarlo y Pizarro y sus hombres destrozaron gran cantidad de esmeraldas al suponer que las verdaderas tenían la misma falsa indestructibilidad que el diamante. De hecho, el jade nefrítico, con un un 6,5 en la escala de dureza de Mohs, difícilmente se puede romper con un martillo a pesar de que tenga. El diamante, con un 10, se puede destrozar de un golpe.

Referencia:

Newmann, N. (2021) Diamonds: Their History, Sources, Qualities and Benefits, Firefly Books

Miguel Ángel Sabadell

Miguel Ángel Sabadell

Me licencié en astrofísica pero ahora me dedico a contar cuentos. Eso sí, he sustituido los dragones y caballeros por microorganismos, estrellas y científicos de bata blanca.

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