Cuando Megalosaurus casi se llamó ‘Scrotum'

Megalosaurus estuvo a punto de llamarse Scrotum por una vieja historia…

A finales del siglo XX hubo una petición muy curiosa a la Comisión Internacional de Nomenclatura Zoológica: que se cambiara el nombre de Megalosaurus, el primer dinosaurio descubierto por la ciencia, por ‘Scrotum’. Sí, es exactamente lo que estás pensando, el término en latín para “escroto”. Pero para entender el por qué, hay que viajar atrás en el tiempo.

En pleno siglo XVII, y más concretamente en el año 1676, se encontró un hueso fósil de gran tamaño en una cantera de Cornwell, en Inglaterra. Este hueso llegó a manos de Robert Plot, un naturalista de Oxford, el cual incluyó este hueso en su obra Historia Natural de Oxfordshire de 1677. La explicación que daba Plot a los fósiles era muy peculiar: había una propiedad latente en la tierra que generaba imitaciones de la anatomía de animales en su interior, incluso partes de la anatomía humana. En su Historia Natural describió piedras curiosas que habían adoptado la forma de orejas, pies o riñones. Pero Plott no interpretó este hueso fósil de una manera parecida: propuso que debía ser un extremo de un hueso de la pata de un animal grande, posiblemente uno de los elefantes traídos a Gran Bretaña por los Romanos. Y es que estamos hablando de una época muy anterior a que Cuvier hablase por primera vez de extinción, de manera que todos los fósiles -cuando no se les daban interpretaciones peregrinas- eran clasificados como pertenecientes a fauna actual conocida. Tiempo después, tras comparar las características de este hueso con los de elefantes actuales, rechazó su hipótesis previa y abrazó otra: estos huesos debían pertenecer a humanos gigantes, a los que se refiere como patriarcas antediluvianos. Y es que la gigantología fue durante siglos un comodín para esos hallazgos que no entendíamos todavía.

Sin embargo, este fragmento de hueso fósil se hizo famoso no por aquella primera interpretación, sino por un trabajo de Richard Brookes y la interpretación del filósofo Jean-Baptiste Robinet: un enorme escroto humano petrificado. En 1763, Richard Brookes figuró este ejemplar etiquetándolo como Scrotum humanum, posiblemente como descripción de la semejanza externa, más que queriendo interpretarlo como tal cosa. Pero Robinet se lo tomó al pie de la letra. 

Tradicionalmente se dice que este es el primer hueso de dinosaurio descubierto, lo cual es más que probable. De hecho, esa figura ha llegado hasta hoy y tiene semejanzas con los extremos de fémures de dinosaurios. Hubo menciones anteriores a huesos de gigante -como la del valenciano Vicente Mares en su obra “La Fénix Troyana”- pero sin figuras que puedan demostrar tales hallazgos. Así que al menos éste estaba figurado y permite reconocerlo como un fragmento de fémur de dinosaurio. Lo que no está tan claro es que perteneciera, como suele decirse, a Megalosaurus.

Alrededor de 1815, aparecieron más huesos fósiles de un animal parecido en Stonesfield, que acabaron en manos de William Buckland antes de 1818. Aquel enigmático material consistía en un fragmento de mandíbula con dientes, unas pocas vértebras, costillas, y huesos de las piernas y de la pelvis. Sabemos que en1818 los tenía en su poder por la visita que recibió del naturalista francés Georges Cuvier, que se interesó mucho por estos huesos. Cuvier los comparó con otros huesos procedentes de Normandía. Ambos llegaron a la conclusión de que estos huesos pertenecieron a una especie de lagarto o cocodrilo extinto. Y que, por lo tanto, la Tierra había sido habitada por reptiles gigantescos en el pasado. ¡Buena puntería tuvieron!

Buckland presentó su descubrimiento en una conferencia de la Sociedad Geológica en 1824, en la que presentó a este lagarto singular y gigantesco, al que le estimó unos 12 metros de longitud, y al que llamó Megalosaurus. Además, propuso que estos grandes reptiles habían vivido en un ambiente fluvial y lacustre. Sin embargo, no le dio nombre específico, se quedó en género, y fue Gideon Mantell quien le añadió el epíteto específico que todos conocemos en honor a Buckland: Megalosaurus buckladii tres años después, en 1827.

Y con esto, damos un salto a 1990. En aquella extraña petición a la Comisión Internacional de Nomenclatura Zoológica, se sugería que el género Megalosaurus debería considerarse sinónimo de ‘Scrotum’, por prioridad cronológica. Según las normas de nomenclatura, cuando se han dado dos nombres diferentes a una especie o género, prevalece el más antiguo. Y ya que Megalosaurus fue descrito en 1824, pero ‘Scrotum’ fue acuñado en 1763, se proponía este cambio. Los autores de esta petición fueron los paleontólogos Lambert Beverly Halstead y William Anthony Swithin Sarjeant, que lamentablemente ya fallecieron y nunca podremos preguntarles si aquello fue en realidad una especie de broma. La Comisión, por supuesto, consideró que ‘Scrotum humanum’ era lo que en nomenclatura zoológica llamamos un nomen dubium, nombre dudoso, ya que las figuraciones de Plot y Brookes no permiten llegar a identificar a nivel de género o especie aquel fragmento de fémur, y el fósil original se perdió a lo largo de las décadas.

Por si esto fuera poco, que el nombre ‘Scrotum humanum’ no hubiese sido usado a lo largo de dos siglos lo convertía en un nomen oblitum, un nombre olvidado. Y, finalmente, que la publicación con la ilustración de Brookes no tuviera la intención de crear tal nombre científico ni una descripción que la avale, lo convierte en nomen nudum, un nombre “desnudo” en el sentido de no venir acompañado de descripción o identificación.

Ha habido otros casos de nomenclatura problemática: especies nombradas dos veces, nomenclatura mal usada que necesita de una revisión… pero sin duda, este es uno de los casos más curiosos.


Referencias:

Weishampel, D.B.; White, N. 2003. Humble beginnings. In: The Dinosaur Papers: 1676–1906. Washington, D. C.: Smithsonian Institution Press.

Sarjeant, W.A.S. 1997. The earliert discoveries. In: The Complete Dinosaur. Bloomington: Indiana University Press.

Sanz, J.L. 2007. Cazadores de dragones: Historia de los paleontólogos que descubrieron y estudiaron los dinosaurios. Ed. Ariel.

Gascó, F. 2021. Eso no estaba en mi libro de historia de los dinosaurios. Guadalmazan.

Pakozoico

Francesc Gascó-Lluna (Pakozoico)

Doctor en Paleontología, especialista en dinosaurios y profesor en la Universidad Isabel I. Miembro de la junta directiva de la Sociedad Española de Paleontología e investigador colaborador del Grupo de Biología Evolutiva de la UNED. Su especialidad es la paleobiología, la reconstrucción de la biología de estos seres vivos del pasado, en especial a través del estudio de sus huesos al microscopio.

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