Cuando el Mediterráneo fue un desierto

Todos los mares tienen su historia, que a veces es casi increíble. Porque, ¿sabías que hace unos seis millones de años nuestro mar Mediterráneo fue, en realidad, un desierto?

 

Esto lo descubrió un hombre singular llamado Ivan Sergeevich Chumakov, un ingeniero soviético que participó en la construcción de una de las presas más grandes del mundo: la Alta Presa de Asuán, en Egipto. Chumakov tenía como misión realizar una serie de perforaciones en el lecho rocoso de un lado al otro del cauce del Nilo. El objetivo era bien claro: localizar una base segura donde cimentar la presa.

Cuando comenzó a excavar en el centro del río en la segunda mitad de la década de 1950 atravesó los habituales tres a nueve metros de limo y arena. Chumakov continuó otros 270 metros hasta que por fin dio con un sustrato granítico: acababa de descubrir un cañón estrecho e increíblemente profundo perteneciente a lo que parecía ser un antiguo río sepultado. En el análisis de los lodos los técnicos soviéticos encontraron diminutas conchas de plancton marino y dientes de tiburón con una edad de cinco millones de años. ¿Plancton marino y tiburones río arriba, a cientos de kilómetros de la costa? Eso no podía ser. La única explicación posible era suponer que ese misterioso río antiguo no era tal, sino un brazo estrechísimo del Mediterráneo. Claro que eso era mucho más increíble.

Para encontrar una explicación al hecho de que el agua salada hubiese invadido el curso de un río hasta llegar a 700 kilómetros hacia el interior, Chumakov aventuró una explicación que, aun dentro de los cánones de la mejor heterodoxia científica, sería conveniente tildar de arriesgada: llegó a la conclusión de que la superficie del Mediterráneo se había hundido más de 1.500 metros por debajo de su nivel actual.

Así, mientras el Mediterráneo se desecaba el Nilo iba cortando un valle profundo para ajustar su pendiente a medida que se hundía la costa. Y cuando finalmente se volvió a llenar de agua el Mediterráneo, la garganta quedó anegada y el río se convirtió en un estuario. El avance de agua marina fue tan rápido que el Nilo no pudo impedir que el Mediterráneo llegase hasta Asuán.

Sin embargo, el descubrimiento de Chumakov pasó totalmente desapercibido durante años, y no fue recuperado hasta que el barco oceanográfico de la Universidad de California y la Fundación Nacional de ciencia de EE UU, el Glomar Challenger, decidió estudiar los sedimentos del fondo del Mediterráneo.

La capa sedimentaria de los lechos marinos es una importante biblioteca de información. Los sedimentos están compuestos por fango, lodos calcáreos, arena y rocas, siguiendo un escrupuloso guion escrito, fundamentalmente, por el clima. La erosión de las montañas, el transporte de polvo de desierto por el viento, el movimiento de las aguas, la congelación y el deshielo de los casquetes polares y la existencia de multitud de seres vivos que colonizaron hace mucho tiempo el terreno, ya estuviera o no cubierto por las aguas, y que dejaron como resto imperecedero de su presencia sus esqueletos fosilizados.

De este modo, la historia de la Tierra se va depositando inexorablemente con las partículas sedimentarias a lo largo de millones de años, construyendo lentamente la superficie de los fondos marinos, con espesores que llegan a los varios cientos de metros.

Ahora bien, a veces suceden tormentas en las cuencas oceánicas que revuelven los sedimentos acumulados y vuelven a quedar suspendidos en el agua. De este modo se pueden llegar a borrar páginas enteras en la historia de un océano. Por este motivo, los oceanógrafos deben buscar con cuidado aquellas zonas donde el registro sedimentario esté mejor conservado. Sólo así pueden obtener registros fiables en sus perforaciones del suelo marino.

Cuando el Mediterráneo se secó
Cuando el Mediterráneo se secó

Este era el objetivo del Glomar Challenger en una expedición científica que comenzó en agosto de 1968 y tuvo una duración de 15 años, el Programa de Perforación en Aguas Profundas. Atravesó la Dorsal Mesoatlántica entre América del Sur y África y extrajo muestras del suelo en lugares específicos. Gracias a los estudios de datación paleontológica e isotópica se pudo determinar la edad de los sedimentos recogidos en los núcleos de perforación, y con ello demostrar una teoría que habían formulado un año antes, en 1967, Dan McKenzie y R. L. Parker en la revista Nature. En un valeroso esfuerzo de síntesis estos geólogos mostraron que los accidentes geofísicos quedaban explicados si se suponía que la corteza terrestre era parecida a un balón de fútbol, compuesto por placas rígidas flotando en el mar de magma del manto y chocando entre ellas: acababa de nacer la tectónica de placas, la teoría central de la geología moderna. Las muestras obtenidas por el Glomar Challenger demostraban sin ningún tipo de duda la expansión del fondo marino y, en consecuencia, la veracidad de la tectónica de placas.

Pero sus descubrimientos no se quedaron ahí. Durante 1970 los geólogos del barco dirigieron sus esfuerzos al Mediterráneo, en particular a 70 kilómetros de Barcelona, junto a las Baleares bajo la supervisión de Kenneth Hsu. Los núcleos de perforación que extrajeron contenían yeso, anhidrita, sal de roca y evaporitas, rocas sedimentarias que se forman por cristalización de sales disueltas en lagos y mares de la costa. Estas fueron las primeras pruebas sólidas de que hubo una época en que el mar Mediterráneo era un desierto, con lagos que se estaban secando y unas llanuras costeras de barro que se evaporaban bajo un Sol abrasador.

 

Miguel Ángel Sabadell

Miguel Ángel Sabadell

Me licencié en astrofísica pero ahora me dedico a contar cuentos. Eso sí, he sustituido los dragones y caballeros por microorganismos, estrellas y científicos de bata blanca.

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