Cosas curiosas sobre el pelo y el champú

El cabello es un imán para la suciedad que flota en el ambiente debido a la grasa que le sirve como lubricante, y por ese motivo debemos lavarlo con regularidad con un champú, que tiene el efecto colateral de desequilibrar la carga eléctrica de nuestra cabellera.

 

El pelo, ese oscuro objeto de deseo. A las mujeres les preocupa tenerlo bonito y a los hombres que no se nos caiga, algo por otro lado inevitable: como dijo un profesor lo único que detiene la caída del pelo es el suelo y para conservarlo, una cajita.

El número de pelos que tenemos en la cabeza depende de su color: los pelirrojos tienen alrededor de 170 000 y los morenos 200 000, mientras que los rubios se quedan en un punto intermedio. El cabello se compone de células que brotan en forma de tira desde unos diminutos orificios que hay en la cabeza. Su ciclo vital es curioso. Durante tres años va creciendo, pasados los cuales muere en unas 3 semanas. Pero no se cae enseguida, sino que sigue metido en el cuero cabelludo al menos 3 meses más, hasta que el nuevo pelo le empuja y cae. Para que se deslicen con elegancia fuera de esos orificios, en la piel existen unas bolsitas que secretan un lípido que sirve de lubricante: es lo que comúnmente llamamos grasa. Si no fuera por estas glándulas sebáceas sentiríamos una gran comezón.

Así se ensucia el pelo

A medida que va creciendo, esa grasa líquida solidifica formando escamas que se aferran al cuero cabelludo y lo ponen cada vez más tieso, por eso al pasar los dedos por el pelo lo notamos rígido y grasiento. Además, esos paquetitos de grasas son como imanes para diferentes elementos que flotan en el aire: polvo y suciedad, fragmentos de insectos microscópicos, moléculas odoríferas -al parecer, las moléculas de nitrógeno procedente de cebollas cortadas tienen una especial predilección por unirse a la grasa del cabello, lo mismo que restos del humo de los cigarrillos-, hollín, polen… De este modo cada cabello de nuestra cabeza se comporta como uno de esos pegajosos atrapamoscas: en el caso de que el cabello mida 23 cm y tenga unos 90 000, significa que hay un poco más de 20 kilómetros de atrapaporquería en la cabeza, que en dos días llevará pegada unos 15 gramos de suciedad. Si no se lavara el pelo en todo un año el nivel de porquería alcanzaría los 3 kilos y en diez años habría acumulado el peso equivalente a un ser humano.

Por eso es tan importante lavarse la cabeza. Si nos fijamos, los anuncios de champú nos prometen limpieza y belleza para nuestro cabello al mismo tiempo que nos enseñan una cabellera envuelta en espuma. Sin embargo, la espuma no limpia. Los fabricantes la incluyen porque muy pocos compraríamos un champú que no hiciera espuma. En realidad la limpieza corre a cargo del detergente que contiene, que es el 15% del contenido del bote de champú. Su labor es bien simple: arrancar las placas de grasa y suciedad agarradas al pelo.

Acondicionadores y carga eléctrica del pelo

Ahora bien, la situación no es tan simple como puede parecer. El pelo es eléctricamente neutro pero el champú sólo actúa sobre las zonas donde hay cargas positivas, con lo que el pelo pierde su equilibrio eléctrico. Los cabellos, electrificados por la acción del champú, tienden a repelerse lo que les obliga a realizar un curioso baile, como si de un twist se tratara. Si encima nos cepillamos el pelo justo después de habérnoslo secado lo que conseguimos es agravar la situación, porque si nos cepillamos 100 veces la carga eléctrica del cabello aumenta también casi 100 veces.

La única solución para evitar este enredo es meter la cabeza en un barreño de manteca. Así la grasa del cerdo -o de pato si somos más chic- imita nuestra propia grasa, manteniendo aisladas las diferentes superficies eléctricas que ocupan lugares contiguos. Como eso no sería muy agradable no nos queda más remedio que utilizar el suavizante y el fijador. El suavizante proporciona las cargas eléctricas positivas necesarias para equilibrar las negativas sobre las que no actúa el champú, y el fijador no es más que un plástico líquido cuya única función es dejar el pelo allí donde se ha quedado durante el cepillado. En otras palabras, mantener el peinado que deseamos.

Referencias:

Bodanis, D. (1988) Los secretos de una casa, Salvat

Miguel Ángel Sabadell

Miguel Ángel Sabadell

Me licencié en astrofísica pero ahora me dedico a contar cuentos. Eso sí, he sustituido los dragones y caballeros por microorganismos, estrellas y científicos de bata blanca.

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