¿Cómo sabemos cuántos años tiene un fósil?

3500 millones de años de vida necesitan mucho esfuerzo para colocar a cada fósil en su momento

Las personas tenemos DNI y las redes sociales nos recuerdan nuestro cumpleaños cada año. Los árboles tienen sus famosos anillos en el tronco. Y estamos acostumbrados a que, cuando se descubre un nuevo fósil, nos cuenten qué especie es, cómo era y cuántos años han pasado desde que vivió. Pero, como imaginarás, no es una tarea fácil datar restos orgánicos de hace millones de años que han quedado petrificados para la posteridad. ¿Cómo conocemos la edad de un fósil? Existen varios métodos y dependemos de algunos factores para poder acercarnos más o menos a una cronología correcta. Lo que sí podéis tener claro es que, a falta de fósiles que vengan con DNI, su datación es solo aproximada, nunca exacta y, cuanto más antiguo sea el fósil, más difícil de precisar su edad.

De entrada, podemos distinguir entre dos tipos de datación y los métodos para su estudio: métodos indirectos, que nos ofrecen una datación relativa; y métodos directos, que nos dan una datación absoluta. Por ahora no existe el método perfecto, por ello, lo habitual es que los paleontólogos no se conformen con un único resultado, sino que emplean varias técnicas con el fin de contrastar y ganar la mayor precisión posible.

Una tarta son sorpresas

Con la datación relativa podemos identificar a qué momento de la historia de la Tierra pertenece el fósil. Obtendríamos, por tanto, un segmento de millones de años en el que habría vivido el organismo fosilizado. Te sonará la estratigrafía: es la rama de la geología que estudia los distintos niveles de rocas (estratos) que se han superpuesto a lo largo de los milenios. La teoría es sencilla: si cortas la tierra como si fuera una tarta con distintas capas de sabores, la capa de más abajo es más antigua que las que se van superponiendo. En la práctica la cosa se puede complicar un poco, puesto que la naturaleza no suele construir capas planas para facilitarnos la vida, sino que podemos imaginar que alguien aplasta la tarta por ambos lados a la vez, ondulando, mezclando y haciendo más difícil diferenciar las distintas capas de sabores. Por suerte tenemos a los geólogos.

Tenemos cierta ayuda en este puzle caótico: los fósiles guía. Se tratan de restos de especies o incluso objetos que tenemos ya claramente identificados en el tiempo. Para que un fósil pueda servirnos de guía, ha de ser lo suficientemente abundante en la Tierra como para poder compararlo con el resto de hallazgos relacionados con él y así poder asignar al fósil a un período corto de tiempo (“corto” en tiempo geológico son millones de años, claro). Por ejemplo, tenemos los dinosaurios, los cuales sabemos que solo vivieron en el Mesozoico, si encontramos restos de alguno de ellos, ya sabemos que todo lo que encontremos en el mismo nivel estratigráfico tiene entre 252 y 66 millones de años con toda seguridad. Luego se puede ir acotando más la datación con fósiles guías de especies concretas que tengamos mejor localizadas cronológicamente. Esta es una de las razones por las que es vital estudiar los fósiles in situ, en el contexto en el que se encuentran, ya que todo su alrededor da pistas e información a la investigación. 

Afinando con la física y la química

La ciencia avanza por días y, por supuesto, tenemos técnicas más precisas que logran datar fósiles en una ventana de centenares o decenas de miles de años. Pero, como hemos dicho, no siempre se pueden utilizar, sino que dependemos de algunos factores.

Destaca la datación radiométrica. Es una técnica por la que se comparan los porcentajes de dos elementos que formen parte del fósil o las rocas alrededor del fósil. Cuando una roca se enfría durante su formación y, en el caso del fósil, cuando este se está petrificando, se forman minerales. Los minerales están constituidos por distintos elementos, algunos de estos elementos se transforman en otros y esta transformación ocurre a lo largo de un período de tiempo que nosotros conocemos. Por tanto, comparando los elementos que permanecen intactos, con los que se transforman, podemos estimar una cronología para los fósiles y las rocas.

Vas a entender rápidamente este lío con un ejemplo. Te sonará la datación por Carbono-14. Bien, los organismos tenemos Carbono-12 y Carbono-14 mientras estamos con vida. Al morir, como el C14 es más inestable, va desapareciendo. Sabemos que en 5730 años la mitad del C14 que contenga el organismo se habrá transformado en nitrógeno. Después de otros 5730 años, habrá desaparecido la mitad del Carbono-14 que le queda al organismo, es decir, tendría un cuarto de todo el carbono-14 que tenía al morir. Como la cantidad de Carbono-12 sigue siendo la misma que cuando murió, comparando las cantidades de ambos elementos podemos datar el fósil de manera bastante precisa. Problema: solo podemos datar con esta técnica fósiles de hasta 60.000 años de antigüedad. Para fósiles más antiguos, se usan otros elementos que tienen períodos más largos de descomposición, usando de igual forma la comparativa que hemos puesto de ejemplo. Así se estudian los porcentajes entre el Berilio-10 y el Aluminio-26 para fósiles de hasta 15 millones de años, el Potasio y el Argón, o el Calcio-41.

Más nombres raros

Tras este agradable recuerdo de cuando estudiaste (o ya te tocará, tranquilo/a) la tabla periódica, podemos terminar mencionando otras técnicas de datación para terminar de volarte la cabeza. La datación por paleomagnetismo se basa en los cambios que ha ido teniendo la Tierra y su polo magnético. La datación por termoluminiscencia y la luminiscencia óptica simulada detectan cuándo fue la última vez que los minerales estuvieron expuestos al sol o al calor de un fuego. Y para terminar con otra técnica de nombre rimbombante, la resonancia paramagnética electrónica expone al fósil a radiación para medir la energía absorbida durante toda su historia.

¿Qué te pensabas? 3500 millones de años de vida no se iban a datar con partidas de nacimiento.

Referencias:

Abril, J. M. et al. 2012. Radiometric dating of recent sediments: beyond the boundary conditions. Journal of Paleolimnology 48, 449-460. DOI: 10.1007/s10933-012-9622-5.
Marsicano, C. A. et al. 2015. The precise temporal calibration of dinosaur origins. PNAS 113 (3), 509-513. DOI: 10.1073/pnas.1512541112.
Sues, H. 2016. Dating the origin of dinosaurs. PNAS 113 (3), 480-481. DOI: 10.1073/pnas.1523058113.
 
Fran Navarro

Fran Navarro

Historiador y escritor (esto último solo lo digo yo). El destino me reservaba una carrera de ensueño en el mundo académico, pero yo soy más de divulgar, hacer vídeos y contenidos culturales para que mi madre se entere bien de lo que hablo. De entre las cosas menos importantes de la vida, los libros son lo más importante para mí. Y como no hay nada mejor que conocer bien un asunto para disfrutarlo al máximo, hice el máster de Documentos y Libros, Archivos y Bibliotecas. Para esto y todo lo demás tengo Twitter: @FNavarroBenitez.

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