¿Cómo nos afecta la radiación de la telefonía móvil?

Hay personas que dicen padecer hipersensibilidad a la radiación electromagnética de baja frecuencia y aunque sus síntomas son muy reales, la causa tal vez sea otra.

 

Cada vez que surge una nueva forma de tecnología no es raro que algunos sectores de la sociedad la acojan con recelo, e incluso con cierto pánico. Lo hemos visto con la aparición del 5G, anteriormente con el 4G, con el 3G, y antes aún, con la aparición del sistema global para las comunicaciones móviles, o GSM. Ciertos grupos han extendido ese miedo a otras formas de emisión de ondas de radio como el wifi o el microondas que usamos para calentar la comida.

En todo este maremágnum de miedos y ondas surgieron hace unos años, y de vez en cuando regresan a los medios, graves advertencias sobre los daños que puede causar la telefonía móvil —motivo por el que se organizaron manifestaciones a la puerta de colegios— e incluso los testimonios de personas que, aquejadas de una serie de síntomas muy reales, aseguran padecer hipersensibilidad electromagnética.

Antena de telefonía móvil
Antena de telefonía móvil

Radiación no ionizante

La radiación electromagnética se transmite en forma de ondas que viajan a la velocidad de la luz. Cuando se observa el espectro encontramos distintos tipos de radiación, en función de la longitud de esas ondas. Ondas más largas (bajas frecuencias) llevan menos energía, mientras que aquellas con una longitud más corta (altas frecuencias) llevan más energía.

Entre las ondas más largas se encuentran las ondas de radio, seguidas de las microondas y de la radiación infrarroja. Por encima, más energética que cualquiera de ellas, está la luz visible, más allá, la radiación ultravioleta (A, B y C), los rayos X y la radiación gamma.

Estas últimas formas son peligrosas, por su capacidad de incidir sobre la estructura molecular y atómica y alterarla, produciendo iones. De ahí el nombre de radiación ionizante.

Sin embargo, desde la radiación ultravioleta A (la más cercana a la luz visible, llamada también UVA), la radiación no tiene suficiente energía como para alterar la estructura molecular, y lo máximo que puede hacer es calentar la materia. La llamamos radiación no ionizante.

En los casos más energéticos de radiación no ionizante, como en los rayos UVA, el calor puede causar problemas de salud. La radiación infrarroja también es conocida por transportar calor; de hecho, todo cuerpo emite este tipo de radiación, en mayor o menor intensidad según su temperatura.

Sin embargo, ese es todo el efecto que se ha podido comprobar en la radiación no ionizante: su capacidad para aportar calor. Dado que la telefonía móvil emplea longitudes de onda entre las ondas de radio y el microondas, y además, utiliza intensidades extraordinariamente bajas, el efecto térmico es mínimo. De hecho, la radiación infrarroja que emite la batería cuando se calienta lleva muchísima más energía que las ondas que emplea el aparato para comunicarse.

Por supuesto, esa intensidad es otra variable a tener en cuenta. Aunque tengan la misma longitud de onda, no causa el mismo efecto la luz de una linterna de bolsillo que la de los focos de un concierto. Incluso con radiaciones de poca frecuencia, una intensidad muy elevada podría causar daños. Para ello, la Comisión Internacional de Protección de Radiación No Ionizante (ICNIRP, por sus siglas en inglés) establece unos límites de seguridad en función de las pruebas científicas disponibles.

Los valores de intensidad que se observan en la telefonía móvil están entre diez mil y cien mil veces por debajo de los límites marcados por la ICNIRP. Como si en una carretera con un límite de velocidad de 100 kilómetros por hora viajásemos a entre uno y diez metros por hora. Se ha llegado a comparar la radiación diaria que recibimos del teléfono móvil en la oreja, como equivalente a la que recibimos por una bombilla de 100 watios encendida situada a dos kilómetros de distancia.

La hipersensibilidad electromagnética

A pesar de no tener fundamento físico —no solo no hay efectos comprobados a ese nivel de intensidad, sino que tampoco tenemos los receptores que nos permitan percibirla—, algunas personas sufren una serie de síntomas muy reales, que aseguran que se debe a la exposición a la radiación de la telefonía móvil. Suelen reportar agotamiento, dolor de cabeza o dificultad para concentrarse.

Estamos rodeados de ondas
Estamos rodeados de ondas

Y como la ciencia no lo sabe todo, sigue siendo prudente explorar todas las posibilidades.

Se han realizado múltiples investigaciones buscando el origen de la hipersensibilidad electromagnética. La más recientemente publicada fue llevada a cabo por un equipo liderado por el profesor Po-Chang Huang, de la Universidad Nacional Cheng Kung, de Taiwan. En esa investigación realizaron un análisis con un grupo de pacientes con hipersensibilidad electromagnética y un grupo de personas sanas como control.

A los participantes se les expuso de forma controlada a un entorno en el que se alternaban aleatoriamente períodos de emisión de radiaciones electromagnéticas de telefonía móvil con períodos sin emisiones. Las condiciones fueron a doble ciego, es decir, ni al participante ni a los investigadores se les informaba cuándo había emisiones electromagnéticas y cuándo no.

Durante la prueba, los pacientes debían reportar sus síntomas en cada momento, incluyendo cuándo percibían radiación y cuándo no. Además, se les monitorizaban distintos parámetros, como la presión sanguínea y el ritmo cardíaco.

Los resultados esperados por pacientes que realmente tuviesen sensibilidad a este tipo de radiaciones sería una respuesta sintomática cuando la radiación estuviera activada, así como una detección positiva por su parte.

Sin embargo, tanto el grupo de pacientes con hipersensibilidad electromagnética como el grupo control arrojaron el mismo resultado: ningún participante pudo identificar con acierto la presencia o ausencia de radiación móvil en el entorno controlado, y en ningún caso hubo cambios en los parámetros fisiológicos.

Por otro lado, pensándolo fríamente, una persona que tenga este problema debería sufrirlo igual con la radiación emitida por la televisión, la radio —las ondas de FM son, generalmente, las más intensas— o incluso por los cables de alta tensión. De hecho, hay una fuente de radiación electromagnética muchísimo más potente y energética que cualquiera de las anteriores, y que enmascararía cualquier efecto producido por ellas: el sol.

¿Si el problema no está en las ondas, dónde está?
¿Si el problema no está en las ondas, dónde está?

Un problema de nocebo

Todo apunta a que la causa de estos problemas no es la radiación de los teléfonos móviles. Sin embargo, los síntomas son muy reales. En 2015, una investigación de un equipo liderado por el doctor Jarry Prosius, del Centro médico de la Universidad de Vrije, Ámsterdam, arrojó resultados muy interesantes. En su estudio recopilaron la percepción propia del estado de salud de un grupo de participantes y la compararon con la distancia a la que vivían de un tendido de alta tensión. Comprobaron que, efectivamente, cuanto más cerca vivían, más problemas de salud sufrían. 

Lo que los participantes no sabían era que la línea estaba apagada.

Las conclusiones de este tipo de estudios muestran que la sintomatología, que es muy real, no tiene su origen en las radiaciones electromagnéticas de baja frecuencia como creen los pacientes, sino en una falsa percepción del riesgo.

Es un efecto nocebo —el contrario del efecto placebo—, en el que la creencia de estar en riesgo genera una expectativa de efectos negativos, que por sugestión, se convierten en síntomas reales pero inespecíficos.

Este artículo ha sido revisado por el Profesor Alberto Nájera, físico en la facultad de medicina de la Universidad de Castilla - La Mancha.

REFERENCIAS:

Huang, P.-C. et al. 2022. Physiological changes and symptoms associated with short-term exposure to electromagnetic fields: a randomized crossover provocation study. Environmental Health: A Global Access Science Source, 21(1), 31. DOI: 10.1186/s12940-022-00843-1

Porsius, J. T. et al. 2015. Symptom reporting after the introduction of a new high-voltage power line: A prospective field study. Environmental Research, 138, 112-117. DOI: 10.1016/j.envres.2015.02.009

Ramirez-Vazquez, R. et al. 2019. Characterisation of personal exposure to environmental radiofrequency electromagnetic fields in Albacete (Spain) and assessment of risk perception. Environmental Research, 172, 109-116. DOI: 10.1016/j.envres.2019.02.015

Rubin, G. J. et al. 2005. Electromagnetic hypersensitivity: a systematic review of provocation studies. Psychosomatic Medicine, 67(2), 224-232. DOI: 10.1097/01.psy.0000155664.13300.64

Vary (Álvaro Bayón)

Vary (Álvaro Bayón)

Soy doctor en biología, especializado en especies invasoras. Intento divulgar sobre ciencia y naturaleza mientras lucho férreamente contra las pseudociencias y el pensamiento mágico. Cuando me queda tiempo, cazo pokémon y hago artesanía. Además, soy (un poco) adicto al twitter.

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