¿Cómo era la noche antes de que un interruptor de luz cambiara nuestras vidas?

Hoy en día muy pocos se preguntan, como Macbeth, ''¿Qué es la noche?''. La luz eléctrica nos ha quitado esa sensación de peligro que tiene la noche, pero también la fascinación por lo mágico y misterioso que se oculta en las sombras.

Ningún otro momento del día posee tantas palabras para describir la llegada de la noche. Los irlandeses, por ejemplo, utilizan hasta cuatro términos distintos para nombrar los diferentes intervalos de tiempo que hay desde el atardecer al anochecer. De lo que no nos hemos librado en ninguna época es de la imaginar un aire nocturno plagado de monstruos. Nyx, nacida del Caos, era la diosa de la noche, quien, según Homero en la Ilíada, a la que temía incluso el mismísimo Zeus. En Babilonia, los habitantes del desierto sufrían de los ataques de Lilith; los romanos temían los vuelos nocturnos del strix, la lechuza, que según creían se comía los intestinos de los niños; y en el desierto palestino los habitantes de Qumran estaban aterrorizados por el ángel de la oscuridad. Al otro lado del mundo, en Tahití, el pintor Paul Gauguin descubrió que las mujeres polinesias nunca dormían en oscuridad. En pleno siglo XX los Navajo se refugiaban de los demonios nocturnos, tal como hacían los nativos de la isla Mailu, de Papúa nueva Guinea. En las culturas africanas, los Yoruba e Ibo de Nigeria y los Ewé de Dahomey y Togolandia creen que los espíritus toman el aspecto de brujas por la noche sembrando la mala fortuna y la muerte por donde pasan. La noche es, escribió en el siglo XVII un autor veneciano, "como la cara del infierno". 

Miedo a la noche

En los primeros textos medievales nunca hablan de la noche de forma positiva o en un sentido espiritual, sino en términos de peligro y daño. La única forma de combatir este miedo a lo que se mueve en la noche ha sido mediante el uso de la iluminación artificial: así lo hicieron egipcios, sumerios, griegos, romanos... incluso en las profundidades de las cuevas de Lascaux, en el paleolítico francés, se han encontrado los restos de un centenar de lámparas: “a los espíritus diabólicos no les gusta el olor de las lámparas”, escribió Platón. "Sin velas todo sería horror" decía una meditación religiosa del siglo XVI.

Por supuesto, la violencia siempre ha formado parte del paisaje nocturno: “la noche no conoce el remordimiento”, decía un antiguo proverbio. Los salteadores, nightwalkers en Inglaterra, rôdeurs de nuit en Francia o los andatores di notte en Italia, ponen de manifiesto lo poco seguros que eran los caminos en la noche. Un visitante en Francia afirmaba que "si te roban en la carretera perderás tu dinero y la vida". En el mundo rural eran comunes las bandas compuestas por media docena de hombres: en Francia estaban los chauffeurs, que torturaban a las familias con fuego. Las ciudades tampoco eran seguras al llegar la oscuridad: a finales del siglo XVI los madrileños rara vez se sentían a salvo en la calle por la noche. El miedo a los asaltos en el propio hogar hacía que las casas de Madrid tuvieran puertas de hierro y barrotes en las ventanas. Un visitante del siglo XVI escribió que le parecían "más una prisión que las habitaciones de personas libres".

Burdeles públicos

Por supuesto, si hay una actividad que pide la noche es la de los asuntos sexuales. En la Edad Media se consideraba la sexualidad únicamente como una trasgresión a las normas morales establecidas por la Iglesia, pero en ningún momento nada obsceno o sucio. De todas ellas podemos destacar el supuestamente oficio más antiguo del mundo: la prostitución. No estaba prohibida, sino todo lo contrario, hasta el punto de que en la mayor parte del sudeste de Francia había un prostíbulo público regentado por las autoridades municipales. Es más, el burdel se construía con dinero público y era arrendado a una 'abadesa' o un gerente que reclutaba a las pupilas, luego de ser aceptadas por el oficial de justicia. Por otro lado, no es cierto que las prostitutas fueran vagabundas y extranjeras: en general solían ser mujeres de la región y solo un 15% estaban de paso, siguiendo a aventureros. En general, la prostituta empezaba a trabajar con 17 años. ¿La causa? Una cuarta parte por culpa de una violación y otra cuarta parte era introducida por su propia familia. Solo un 15% entraba por propia iniciativa, sin ningún tipo de coacción ni por efecto de la pobreza.

No hay duda que el sueño es la primera necesidad de la noche. Al contrario de lo que podemos creer, los europeos preindustriales no volaban a sus camas tan pronto como anochecía y permanecían en ella hasta que el sol despuntaba por el horizonte. En realidad se daba un sueño segmentado: la mayoría experimentaba dos intervalos de sueño. El primero empezaba con la puesta de sol y duraba varias horas. Era seguido de un intervalo de vigilia de una hora o algo más y un segundo sueño hasta el amanecer. El tiempo entre sueños se destinaba al rezo, la conversación, la intimidad o los trabajos de la casa.

Sueño partido

También se trabajaba de noche. En Hamburgo la actividad laboral de mercaderes, aprendices, artesanos y el servicio doméstico comenzaba a las 6 de la mañana, independientemente de la hora de la salida del sol. Se desayunaba normalmente de noche y se empezaba a trabajar o se atendía a los oficios religiosos.

Fue a finales del siglo XVII cuando el comienzo de casi todos los trabajos se retrasó dos horas. En las ciudades el trabajo empezaba a las 7 y terminaba a las 10 de la noche. Por supuesto había empleos puramente nocturnos, como los panaderos, que empezaban su jornada entre las 11:30 de la noche y las 2:30 de la madrugada. Es más, se conserva el registro de un panadero que, junto con sus ayudantes, trabajaba de 8 de la tarde a 7 de la mañana. Por el contrario, otros trabajos estaban prohibidos de noche. En París de mediados del siglo XIII los orfebres no podían trabajar durante la noche pues la falta de claridad no les permitía realizar bien su trabajo... y sin trampas.  

Poco a poco, a lo largo del siglo XVIII se fue "nocturnalizando" la vida diaria y los mercaderes viajaban toda la noche para poder abastecer a las ciudades por la mañana. Claro que esto era harina de otro costal. La pobre visibilidad y el mal trazado de los caminos convertían andar de noche en todo un deporte de riesgo (eso sin contar con el peligro de ser atracado). Isaac Watts, del siglo XVII, recomendaba que los viajeros "estuvieran atentos a las débiles sombras de la noche", sobre todo si uno salía de las tabernas con unas pintas de cerveza de más. Caerse en un agujero o un hoyo no era algo inusual, como tampoco lo era irse de cabeza al río en ciudades como París o Londres. Eso cuando no se dedicaban a orinar en las calles: en 1720 la duquesa de Orleans se quejó de que las calles sin pavimentar de París eran un río de pis. Y un madrileño del siglo XVII declaró que "cada día las calles están perfumadas por más de 10 000 zurullos". Había que pisar con cuidado en la noche.

Referencia:

Verdon, J. (1994) La nuit au Moyen Âge, Perrin

Miguel Ángel Sabadell

Miguel Ángel Sabadell

Astrofísico y doctor en física teórica. Miembro del Comité Editorial de Muy Interesante, es autor de catorce libros, más de 300 artículos y creador de una treintena de proyectos de divulgación científica. Es colaborador habitual en prensa, radio y televisión, y consultor para exposiciones temporales y museos.

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