¿Cómo de rara puede ser la vida en el universo?

Los científicos han imaginado cómo podrían ser formas de vida totalmente diferentes a la nuestra y basadas en principios totalmente diferentes. Estas son sus propuestas.

En el cuento de ciencia-ficción de 1934 Nacido del Sol de Jack Williamson, el Sol se abre como un inmenso huevo cósmico del cual nace un extraño y gigantesco ser. En la película The Blob (1958) Steve McQueen se enfrentaba a un ser informe, carnívoro y de aspecto gelatinoso que llegaba del espacio a bordo de un meteorito.

La ciencia ficción y, sobre todo, el cine, suele mostrarnos formas de vida alienígenas con un aspecto sospechosamente terrestre y con pinta de insectos gigantes, como en la película Starship Troopers, basada libremente en la obra maestra homónima del genial Robert A. Heinlein.

Salvando las obvias distancias ¿podemos imaginar, con la ciencia en la mano, hasta qué punto puede ser extraña la vida en el universo? El famoso astrónomo y divulgador Carl Sagan propuso a lo largo de su carrera ideas peregrinas sobre la vida en el universo: desde moléculas orgánicas y microbios ocultos en la superficie de la Luna a que criaturas del tamaño de osos polares podrían habitar Marte. Pero la más exótica la publicó en la revista científica Astrophysical Journal Suplement en 1976 junto con Edwin Salpeter –uno de los grandes estudiosos de la evolución estelar– antes de la llegada a Júpiter de la sonda Pioneer 10. Ambos imaginaron toda un ecosistema en la atmósfera joviana –que consideraban como un inmenso laboratorio de química prebiótica– parecido al que hay en nuestros océanos. Llevando sus especulaciones al límite, imaginaron seres con forma de inmensos globos aerostáticos viviendo en el interior de las nubes –de las que extraerían su comida– mientras que depredadores con forma de misil se alimentaban de ellos.

Uno de los ejercicios más fantásticos de especulación científica se lo debemos al heterodoxo astrónomo Fred Hoyle. En un intrigante novela de ficción, La nube negra, Hoyle imaginó que a la Tierra se acercaba una gigantesca nube interestelar capaz de pensar y moverse conscientemente. En ella, sus procesos vitales dependían de la fuerza electromagnética (como los nuestros) y su actividad nerviosa se propagaba por la nube en forma de ondas de radio. El “cerebro” no era otra cosa que sistemas moleculares capaces de crecer en complejidad cuando la nube lo deseaba. Débiles corrientes electromagnéticas discurrían entre estas moléculas de modo que, conceptualmente, su cerebro trabajaba de manera muy similar al nuestro. La excursión de la nube a nuestro Sistema Solar respondía a un motivo bien biológico: reabastecerse de energía, cosa que hacía absorbiendo grandes cantidades de luz estelar. Al acercarse, la nube encuentra que sobre la superficie del tercer planeta existen seres inteligentes capaces de contactar con ella gracias a sus radiotelescopios.

La Nube Negra de Hoyle, un organismo vivo con una edad de 500 millones de años, tan grande como la órbita de Venus y con una masa del orden de la de Júpiter, nos muestra la dificultad que representa imaginarnos formas de vida “exótica”. Podemos imaginarnos un ser de estas características, pero sabemos que no puede surgir de la nada; necesita de una cierta evolución, de muchos pasos previos. Una nube negra ciertamente puede existir, pero cómo pudo llegar a hacerlo es un misterio aún más oscuro.

De todos modos, su existencia es más que improbable. La densidad de materia es tan baja en las nubes interestelares (un átomo por centímetro cúbico) que las interacciones entre las moléculas, ineludibles para la vida, suceden a una lentitud exasperante. La temperatura también juega en su contra. A pesar de que existen nubes con una temperatura suficiente para la aparición de vida (entre -50 a 80 ºC), la mayoría son demasiado frías (-250 a -200 ºC). Es más, las nubes que responderían mejor a los criterios de Hoyle, las más densas, tienden a ser las más frías, de modo que se contrarresta una mayor densidad con una velocidad de movimiento de los átomos más baja. A pesar de todo, el físico lituano Arvydas Tamulis y sus colegas han propuesto que esta vida nebular podría tomar la forma de una nube molecular de computación cuántica que absorbería energía magnética y luminosa de estrellas y planetas, procesaría la información como si fuera un ordenador cuántico y se movería por el espacio usando la presión que ejerce la radiación estelar.

Vida exótica en otros mundos
Vida exótica en otros mundos

Con todo, la vida que hasta ahora hemos visto está basada sistemas químicos donde la interacción que los guía es la fuerza electromagnética. ¿Es posible la vida en sistemas no químicos? Algunos científicos han propuesto la existencia de “seres vivos” en el interior de las estrellas. Bautizados con el nombre de “plasmobios”, se formarían gracias a la interacción entre las fuerzas magnéticas y las cargas eléctricas en movimiento, que se irían organizando en estructuras cada vez más complejas. ¿Y la vida a nivel subatómico? Sería una vida basada en las dos fuerzas nucleares, la fuerza fuerte (responsable de la cohesión del núcleo atómico) y la fuerza débil (que guía ciertas desintegraciones radiactivas). En este caso, la escala de tiempos de la que estaríamos hablando no sería de siglos ni años, como la humana, sino de fracciones de segundo. En 1992 Tobias Owen y Donald Goldsmith dieron un paso más allá y especularon acerca de una hipotética “vida atómica” en la superficie de estas estrellas.

¿Podría existir vida usando la fuerza gravitatoria? Si suponemos que las estrellas desempeñan el mismo papel que los átomos en nosotros, ¿podrían ser los cúmulos estelares moléculas y las galaxias seres vivos? El problema es que, aunque las galaxias son sistemas ordenados, no lo son tanto como una ameba. ¿Galaxias y cúmulos de galaxias vivas? Demasiado loco…

 

Miguel Ángel Sabadell

Miguel Ángel Sabadell

Me licencié en astrofísica pero ahora me dedico a contar cuentos. Eso sí, he sustituido los dragones y caballeros por microorganismos, estrellas y científicos de bata blanca.

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