¿Cómo afectaría vivir en la Luna a nuestra salud mental?

El acceso al espacio se abaratará en la próximas décadas y ello podría llevar a que cada vez más gente visite el espacio y se lleven a cabo misiones más ambiciosas. Pero, ¿hemos tenido en cuenta cómo afectará vivir en cuerpos remotos a nuestra salud mental? Las grandes distancias del cosmos impondrán un cierto aislamiento que podría ser peligroso.

 

Una estancia prolongada en la Luna o un viaje interplanetario hasta Marte o más allá tiene muchos riesgos. Los más llamativos y a los que más atención se les presta son los riesgos físicos, los derivados por ejemplo de una larga estancia en microgravedad o exposición continuada a la radiación cósmica. Y no es para menos, estos riesgos son realmente serios. Durante las dos décadas de ocupación permanente de la Estación Espacial Internacional se ha investigado el efecto de la ingravidez prolongada en el cuerpo humano, llegándose a la conclusión de que esta tiene como consecuencia una pérdida significativa de músculo y de hueso. De hecho, una estancia de 6 meses en el espacio puede llegar a suponer la misma pérdida de masa ósea que experimentaríamos en la Tierra durante una década, como consecuencia de nuestro envejecimiento natural.

Además, la exposición continuada a la radiación cósmica puede aumentar las probabilidades de desarrollar cáncer, pues esta radiación, de la que normalmente nos protege el campo magnético terrestre, puede llegar a afectar al ADN de nuestras células. Pero esto no es lo único que puede poner en peligro la integridad de los y las astronautas. Largos periodos en aislamiento (parcial o completo) pueden afectar gravemente a la salud mental de cualquier persona. A quienes visitan la Estación Especial Internacional durante largos periodos de tiempo (con estancias de varios meses e incluso de hasta un año ininterrumpido en algunas ocasiones) no parece afectarles este problema demasiado, pues además de tener a sus compañeros de misión, están en constante contacto con el equipo en tierra firme y tienen cierta comunicación con sus familias y seres queridos. Sin embargo en ambientes más remotos, como podría ser la superficie de Marte, la comunicación estará mucho más restringida y esta constante comunicación no será tan factible.

Por un lado, la mera separación física entre ambos planetas ya supone una barrera para la comunicación pues cualquier mensaje que se emita o reciba antes debe viajar varios minutos por el vacío del espacio a la velocidad de la luz. Por tanto una conversación en tiempo real o una simple videollamada se hacen imposibles. Además, la infraestructura necesaria para mandar grandes cantidades de información resultará mucho más costosa de construir en Marte, por lo que al principio podrían estar limitados al envío de simples mensajes de texto.

Es por esto que estudiar cómo pueden afectar estas experiencias de aislamiento extremo a nuestro cerebro es tan importante. Eso mismo está haciendo una colaboración entre la Universidad de Surrey, la Universidad de Milán-Bicocca y la empresa SAGA Space Architects, que han construido una recreación de un habitáculo lunar en la región norte de Groenlandia para estudiar los efectos de estas experiencias en la salud mental humana.

Esta investigación fue parte del proyecto LUNARK que pretendía estudiar cómo construir hábitats autosuficientes en la Luna y cómo diseñarlos para garantizar una misión exitosa en ellos. Para ello dos arquitectos de SAGA, Aristotelis y Sørensen construyeron un hábitat que ocuparon desde septiembre de 2020 y durante 61 días de manera continuada, con el contacto con el mundo exterior limitado a un mensaje diario de hasta 160 caracteres al centro de control en Dinamarca.

El habitáculo que ocuparon estaba especialmente diseñado para esta misión y estaba preparado para soportar las inclemencias del tiempo e incluso la posible visita de osos polares, visita que acabó teniendo lugar y que no supuso ningún contratiempo para la misión. Para mantener registro de su evolución el equipo de investigación monitorizó cómo el dúo percibía el paso del tiempo, las emociones positivas y negativas que iban sintiendo a lo largo del día, los niveles de satisfacción de sus necesidades psicológicas básicas e incluso si desarrollaban alguna tendencia a la agresividad.

El aislamiento social se ha utilizado a lo largo de la historia como forma de tortura y a día de hoy sigue utilizándose como castigo en algunas prisiones. No es de extrañar por tanto los graves efectos que puede tener sobre nuestra salud mental. Dado el creciente ritmo de desarrollo en la técnica que hace posible la exploración espacial, es un momento crucial para estudiar esta otra cara de dicha exploración.

Entre otras cosas, la investigación mostró que el deseo de mantener contacto social por parte de los dos arquitectos aumentó con el paso de la misión, mientras que sus sentimientos de alienación, depresión, impotencia o indignidad no parecieron aumentar. Hablar sobre temas personas o disfrutar de tiempo de ocio disminuía la prevalencia de estos sentimientos negativos pero aumentaba sus deseos de contacto social.

El rápido ritmo de desarrollo de la industria privada, los planes de la NASA de volver a la Luna esta década y llegar a Marte en la siguiente y la disrupción de potencias como China o la India en la nueva carrera espacial harán que el acceso al espacio crezca en las próximas décadas. Por eso es tan importante realizar estos estudios ahora, antes de que sea demasiado tarde.

Referencias:

Paolo Riva et al, 2022, Social isolation in space: An investigation of LUNARK, the first human mission in an Arctic Moon analog habitat. Acta Astronautica, DOI: 10.1016/j.actaastro.2022.03.007

José Luis Oltra de perfil

José Luis Oltra (Cuarentaydos)

Soy físico de formación y viajero de vocación. Divulgo ciencia allí donde me lo permiten, aunque principalmente en youtube y tiktok bajo el nombre de Cuarentaydos. Por aquí me verás hablando de la física del universo, desde las galaxias y estrellas más grandes hasta las partículas subatómicas que las componen.

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