¿Comeremos patatas en Marte?

Imagina que te embarcas en un viaje a Marte. Un viaje de ida y vuelta implica estar fuera de la Tierra, en el mejor de los casos, un mínimo cinco años. Aparte de otras consideraciones, ¿qué vas a comer?

 

Uno de los principales problemas de un viaje tripulado a Marte es dar de comer a los astronautas. Obviamente, es impensable llevar toda la comida necesaria para alimentar a la tripulación. La cuenta es simple: en la EEI los astronautas ingieren de 2 500 a 3 000 calorías repartidas en 3-4 comidas. Los menús, que se diseñan para compensar la pérdida de calcio y otras deficiencias que surgen en condiciones de microgravedad, incluyen un 15% de proteínas, 30% de grasas y 50 % de carbohidratos (el resto es líquido: agua, café, zumos...). Debemos esperar que los viajeros a Marte se alimenten de forma similar, así que ya podemos darnos cuenta de cuál es el principal problema con el que se enfrentan las agencias espaciales: el almacenaje. En la Estación Espacial Internacional (EEI) la dieta completa de un astronauta no debe superar los dos kilos de alimento por día, luego para una expedición al planeta rojo con solo cuatro tripulantes eso significa más de 7 toneladas de peso solo en comida.

La NASA lo tiene claro y lo dejó por escrito en el documento de 2015 Viaje a Marte, que detalla los pasos que va a dar hasta lanzar la misión tripulada: “Estamos en camino para llegar allí, aterrizar allí y vivir allí”. Esto significa que hay que estudiar qué se necesita para que los astronautas hagan en Marte lo que nuestros abuelos llamaban 'vivir de la tierra', y por eso los científicos se están planteando enviar pequeños invernaderos a la Luna, para estudiar los efectos de la baja gravedad -la Luna tiene un sexto la terrestre- en el desarrollo de las plantas, y obtener variedades que sean resistentes a sequías, heladas y una baja presión atmosférica. Porque no nos equivoquemos, los primeros ocupantes de la base marciana serán, más que astronautas, agricultores.

O cultivamos a no iremos a Marte

“Para ser eficientes, los pobladores necesitan encontrar una manera de producir comida en Marte”, comenta Bruce Bugbee, un botánico de la Universidad del Estado de Utah que durante 30 años ha colaborado con la NASA para desarrollar sistemas de crecimiento de plantas en los transbordadores espaciales y la EEI. “Si no somo capaces de lograrlo, no vamos a poder vivir en el planeta rojo”, apostilla. Así que necesitamos desarrollar una nueva tecnología agrícola que permita misiones de larga duración en el espacio.

En 2017 la NASA lanzó CUBES (Center for Utilization of Biological Engineering in Space), un proyecto de 15 millones de dólares a cinco años liderado por Adam Arkin, profesor de bioingeniería de la Universidad de California en Berkeley, que entre sus objetivos está la biofabricación de combustible, materiales, productos farmacéuticos y alimentos en condiciones parecidas a las de Marte para minimizar en lo posible las necesidades de reabastecimiento. Y no es fácil.

El suelo de la Tierra es una mezcla compleja de minerales, materia orgánica, gases, líquidos e infinidad de organismos de todos los tamaños. Por contra, el suelo marciano es poco más que roca volcánica desmenuzada. Pero el principal problema de ese suelo no es la falta de nutrientes, sino que contiene percloratos, letales para el ser humano pero que allí "permiten que el agua siga líquida a temperaturas de entre 50 y 70 grados bajo cero", explica María-Paz Zorzano del Centro de Astrobiología. La única forma viable de eliminarlos es desarrollar plantas capaces de procesarlos para limpiar el suelo marciano u “obtener plantas que no absorban los percloratos”, añade Bugbee.

Uno puede llevarse plantas a Marte pero, ¿insectos? A primera vista puede parecer todo una insensatez, pero hay muchas partes de las plantas que no son comestibles para los humanos y son deliciosas para los insectos. Y lo mejor de todo, éstos pueden convertir gran parte de este material no comestible en algo muy útil, fertilizante. Además, y esto es lo más divertido, podremos hacer ganadería de insectos. Diferentes estudios han puesto de manifiesto que el Acheta domesticus, el grillo doméstico, si se cría a 30º C y se le alimenta con el mismo mimo que a otros vertebrados, su conversión en comida es dos veces más eficiente que los cerdos y pollos, cuatro veces más que las ovejas y corderos y 20 veces más que la ternera. Teniendo en cuenta que tiene una alta tasa de reproducción y un alto contenido en aminoácidos esenciales, no es algo que debamos desechar para alimentar a los futuros colonos marcianos.

La patata marciana

Y llegamos a la protagonista de la película Marte, la patata. Domesticada hace unos 3 800 años en la ribera del lago Titicaca, llegó a Europa hace 500 años y en la actualidad es el cuarto cultivo más importante del mundo. Ya solo hace falta llevar este tubérculo al planeta rojo. Curiosamente, esta idea no se le ocurrió a un astrobiólogo, ni siquiera a un científico. Nació en la mente de Will Rust, director creativo de la agencia publicitaria Memac Ogilvy en Dubai. Propuso que la mejor manera de llamar la atención sobre la necesidad de producir especies de patata resistentes a las condiciones medioambientales más duras y así combatir el hambre en el mundo era llevarla a Marte. Y en Perú recogieron el testigo; no en balde tienen el mayor número de variedades de patatas del planeta, cerca de 5 000. “Queremos probar que tenemos especies de papas que pueden sobrevivir en lugares tan áridos y tan hostiles como Marte”, explica Julio Valdivia-Silva, director de Bioingeniería e Ingeniería Química de la Universidad de Ingeniería y Tecnología (UTEC) de Lima. De esto modo, en 2016 nacía el proyecto Patatas en Marte.

Científicos del Centro Internacional de la Papa (CIP) con sede en Lima seleccionaron 65 especies: 41 por ser muy resistentes a los virus y 24 por ser nativas de los Andes. Lo que interesaba a los investigadores peruanos era si germinarían en un suelo similar a Marte. Por suerte, tenían muestras accesible a la vuelta de la esquina, en las pampas de La Joya, en Arequipa, al sur de Perú. “Estos son los suelos más parecidos a Marte que hemos encontrado en la Tierra”, dice el astrobiólogo de la NASA Chris McKay. “Nos trajimos cerca de 300 kilos de ese suelo para ver si crecía alguna de las variedades escogidas”, añade Valdivia. Probamos tres maneras diferentes de cultivar la patata y sólo una funcionó”, comenta David Ramírez, el responsable del proyecto en el CIP. “Pusimos las plantas in vitro, en cápsulas de materia orgánica, dentro de pastillas de turba, y luego las sembramos en macetas con el suelo traído de La Joya”. “Para sorpresa de todos -comenta Valdivia- tres de ellas demostraron ser lo suficientemente fuertes”.

El siguiente paso fue hacerlas germinar en condiciones ambientales lo más cercanas a las marcianas. Para ello se creó el CubeSat, un sistema hermético que recrea el suelo y atmósfera del planeta rojo y que fue construido por estudiantes de la UTEC bajo la dirección de Valdivia: “cuando presentamos los resultados en congresos internacionales nadie se creía que pudiéramos haber construido este simulador marciano con solo 3 000 dólares. En otro lugar se habrían gastado al menos medio millón”, comenta con orgullo el investigador peruano. Y las papas germinaron: “Yo pensé que no iba a crecer nada, pero me quedé asombrado cuando lo vi”, dice Ramírez.

Evidentemente, estas 'superpapas' capaces de resistir condiciones límite no volarán a Marte, pero marcan el camino. Ahora es el turno de la biotecnología: desarrollar la variedad capaz de crecer en Marte... y que sea comestible.

Miguel Ángel Sabadell

Miguel Ángel Sabadell

Me licencié en astrofísica pero ahora me dedico a contar cuentos. Eso sí, he sustituido los dragones y caballeros por microorganismos, estrellas y científicos de bata blanca.

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