Cajal y la divulgación científica

Ramón y Cajal fue una figura clave en el mundo de la ciencia y la cultura de su época. Su legado, pensamiento y habilidades han llenado miles de páginas en centenares de libros. El considerado padre de la neurociencia moderna llevó a cabo innumerables actividades, entre ellas la divulgación y transferencia del conocimiento científico.

Si el actor Lon Chaney fue el hombre de las mil caras en el cine, Santiago Ramón y Cajal fue el de las mil caras, brazos y piernas en el mundo de la ciencia y la cultura de su época. Su legado, pensamiento y habilidades han llenado miles de páginas en centenares de libros. De esta manera, aparte de ser el padre de la neurociencia moderna, hay un Cajal novelista de ciencia ficción, un Cajal ajedrecista, un Cajal inventor, un Cajal fotógrafo… Y así, hasta una interminable relación de actividades que definen a todo un polímata, como lo fue nuestro científico más universal. Y en esa lista está, como no podría ser de otra forma, la divulgación y la transferencia del conocimiento científico.

Santiago Ramón y Cajal escribió decenas de libros y tratados específicos de su especialidad, entre los que encontramos algunos de tipo más didáctico con recursos propios del género de la divulgación más actual, lo que él denominaba como «popularización histológica». Se atrevió con el uso de metáforas y comparaciones para hacer más entendibles sus exposiciones. Y en todo un ejercicio de lirismo, ha dejado para la posteridad expresiones como la de referirse como «besos» cuando hablaba de las conexiones entre las neuronas o, más conocida aún, la de llamar «mariposas del alma» a las neuronas piramidales. Este tipo de neuronas fueron descubiertas y descritas por Cajal en 1888. Su nombre se debe a la disposición en forma de triángulo de su cuerpo celular. Se relacionan con las funciones relativas a la cognición y plasticidad cerebral, siendo las neuronas más típicas y abundantes de la corteza cerebral. Cajal fue más allá en su descripción y se refirió a ellas como «células de formas delicadas y elegantes, las misteriosas mariposas del alma, cuyo batir de alas quién sabe si esclarecerá algún día el secreto de la vida mental. (…) Porque, aun desde el punto de vista plástico, encierra el tejido nervioso incomparables bellezas. ¿Hay en nuestros parques algún árbol más elegante y frondoso que el corpúsculo de Purkinje del cerebelo o la célula psíquica, es decir, la famosa pirámide cerebral?». La ciencia contada como un poema.

Santiago Ramón y Cajal
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Narraciones pseudocientíficas

En Cuentos de vacaciones (1905) nos encontramos con un recopilatorio de cinco cuentos calificados por el propio Cajal como «narraciones pseudocientíficas», donde hallamos un buen ejemplo del esfuerzo del autor para llevar la ciencia al público general y estimular el pensamiento crítico. Se trata de unos relatos de ficción especulativa que esconden elementos científicos y dilemas morales. Sería atrevido llamar ciencia ficción a este libro pero, a decir verdad, se aproxima bastante al género y algunos autores se atreven a compararlo con la obra de H. G. Wells. En el cuento La casa maldita, un joven doctor arruinado a consecuencia de un inoportuno naufragio compra una casa supuestamente embrujada, que nadie quiere habitar. Nuestro protagonista descubre, utilizando sus conocimientos científicos de química y microbiología, que todo puede explicarse mediante causas naturales.

Admirador de Verne

Un argumento parecido al que encontramos en la novela El castillo de los Cárpatos (1892), de Julio Verne, donde podríamos pensar que Cajal, admirador de Verne, encontró su inspiración, si no fuera porque La casa maldita es anterior. En su autobiografía, el español cuenta que entre 1871 y 1873 extravió un manuscrito con un relato de ciencia-ficción escrito e ilustrado por él.

«Mayor influencia todavía ejercieron en mis gustos las novelas científicas de Julio Verne, muy en boga por entonces. Fue tanta, que, a imitación de las obras De la tierra a la luna, Cinco semanas en globo, La vuelta al mundo en ochenta días, etc., escribí voluminosa novela biológica, de carácter didáctico, en que se narraban las dramáticas peripecias de cierto viajero que, arribado, no se sabe cómo, al planeta Júpiter, topaba con animales monstruosos, diez mil veces mayores que el hombre, aunque de estructura esencialmente idéntica. En parangón con aquellos colosos de la vida, nuestro explorador tenía la talla de un microbio: era, por tanto, invisible. Armado de toda suerte de aparatos científicos, el intrépido protagonista inauguraba su exploración colándose por una glándula cutánea; invadía después la sangre; navegaba sobre un glóbulo rojo; presenciaba las épicas luchas entre leucocitos y parásitos; asistía a las admirables funciones visual, acústica, muscular, etc., y, en fin, arribado al cerebro, sorprendía —¡ahí es nada!— el secreto del pensamiento y del impulso voluntario. Numerosos dibujos en color, tomados y arreglados —claro es— de las obras histológicas de la época (Henle, Van Kempen, Kölliker, Frey, etc.), ilustraban el texto y mostraban al vivo las conmovedoras peripecias del protagonista, el cual, amenazado más de una vez por los viscosos tentáculos de un leucocito o de un corpúsculo vibrátil, librábase del peligro merced a ingeniosos ardides.

Siento haber perdido este librito, porque acaso hubiese podido convertirse, a la luz de las nuevas revelaciones de la histología y bacteriología, en obra de amena vulgarización científica. Extraviose sin duda durante mis viajes de médico militar».

Un viaje alucinante por el cuerpo humano

¿Un hombre del tamaño de un microbio que viaja por el torrente circulatorio a lomos de un glóbulo rojo y se enfrenta a seres gigantescos de estructura idéntica a la humana? ¿Luchas entre leucocitos y parásitos? ¿Les suena el argumento? Resulta inevitable no compararlo con la película Fantastic Voyage (Richard Fleischer, 1966), que posteriormente adaptó el divulgador y escritor Isaac Asimov en una novela homónima.

También Cajal pronosticó un futuro distópico en La vida en el año 6000, relato escrito entre 1878 y 1884 y que fue rescatado en 1973 por «Nana» Ramón y Cajal ­­ — nieta del Nobel— y su marido. El protagonista de esta obra permanece en un estado deshidratado de hibernación durante miles de años y se despierta en el año 6000. En esta nueva vida, aparece la figura d el Dr. Micrococus, que ejercerá de cicerone para mostrar al viajero del siglo XIX los beneficios de la ciencia del futuro, en un mundo donde la enfermedad se define por cálculos matemáticos y donde solo existe una carrera médica, la Biología Mecánica, encargada de la manipulación genética y la clonación. El Dr. Micrococus enseña al protagonista equipos maravillosos de diagnóstico y la aplicación de la telemedicina. El contrapunto a esta aparente sociedad perfecta es la eliminación de las distracciones y pérdidas de tiempo improductivas, como el arte o la poesía.

Los artículos del Doctor Bacteria

Más centrado en la popularización histológica nos encontramos con Las maravillas de la Histología (1883), una serie de artículos, que bajo el pseudónimo de Dr. Bacteria, se publicaron durante 1883 en la revista semanal La Clínica. En uno de ellos, titulado La teoría celular y publicado el 5 de agosto de 1883, encontramos fragmentos tan jugosos como este : «No es verdad que vosotros los no iniciados en los secretos de la vida, os habéis preguntado muchas veces, ¿qué se esconde en el interior de esas máquinas frágiles y efímeras que se llaman seres organizados? ¿Dónde está el oculto resorte, la energía interior que los mantiene a través del tiempo y del espacio en lucha abierta con las fuerzas fisicoquímicas? ¿Quién habita esas magníficas construcciones que forman el vegetal y el animal, la aérea y graciosa del pájaro, la bella y perfumada de la flor y la más grandiosa y severa del mamífero? (…)

Para conocer alguna de estas sabias respuestas, venid con nosotros al gabinete de un micrógrafo. Allí, sobre la platina del microscopio, desgarrad el pétalo de una flor, sin consideración a su hermosura ni a su aroma; tomad un trozo de los tejidos de un animal: no respetéis esos mortales despojos; ponedle en el potro del portaobjetos y disociadle sin piedad aunque sus fibras palpiten y se estremezcan al contacto de las agujas, asomaos ahora a la ventanilla del ocular y… cosa notable, resultado imprevisto, la hoja del vegetal como el tejido animal os revelarán por todas partes una construcción idéntica, especie de colmena formada por células y más células separadas por una argamasa intersticial poco abundante, y albergando en sus cavidades, no la miel de la abeja, sino la miel de la vida (…) esta repetición fastidiosa del mismo tema estructural con ligerísimas variaciones, es la verdad primordial de la histología, es el hecho sobre el que se asienta la famosa teoría celular».

Una gran labor divulgativa

La producción escrita de Ramón y Cajal destaca por un notable dominio del lenguaje y la diferenciación entre la precisión científica y la precisión literaria. Sus textos más científicos y académicos rebosan de un estilo claro y concreto, alejado de adjetivos, lo que podríamos denominar clasicismo científico. Podemos cuestionar su atrevimiento más literario, pero en este punto conviene recordar que fue elegido académico de la Real Academia Española en 1905, aunque nunca llegó a tomar posesión de su sillón.

Otro recurso de la divulgación científica es el que se materializa mediante el arte del grafismo y la ilustración. Los dibujos de las células nerviosas en los textos de Cajal contribuyeron en gran medida a convencer al resto de la comunidad científica de que tenía razón en sus hipótesis. Pero no solo era el artista que copiaba exactamente el objeto que tenía delante, Cajal iba más allá siendo capaz de centrarse en los detalles para captar toda su esencia. Sus dibujos son auténticas obras de arte. Y el parecido de las estructuras que representó sobre el papel con las imágenes obtenidas con las técnicas modernas es asombroso. Tan bueno fue su trabajo gráfico que durante un tiempo la comunidad científica de su época creyó ver en sus dibujos interpretaciones artísticas poco realistas. Algo con tanto detalle, tan preciso y bello no podía ser real.

Como presidente de la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas (JAE), desde su fundación en 1907 hasta 1934, Santiago Ramón y Cajal tuvo muy clara la importancia de la comunicación del conocimiento científico y su transmisión a la sociedad como un camino para conseguir la regeneración de España. La JAE, entre sus múltiples funciones, organizaba seminarios y conferencias, y trajo a alguno de los personajes científicos más ilustres del momento. El más famoso y con mayor repercusión, fue Albert Einstein, que en 1923 visitó España con una intensa cobertura mediática, que seguramente despertó más de una vocación entre los lectores de las crónicas no exentas de lenguaje matemático. Unas crónicas que se estudian en las facultades de Comunicación y que autores como Carlos Elías, catedrático de Periodismo de la Universidad Carlos III de Madrid, relacionan de forma directa con el desarrollo posterior de la Física en nuestro país.

Además, Cajal participó activamente en la política científica española con la intención de crear una infraestructura moderna. De sus iniciativas, previas y posteriores a su cargo político como senador, surgió la creación y modernización del Instituto Nacional de Higiene Alfonso XIII, en 1899, que actualmente es el Instituto de Salud Carlos III. Y en 1920, asumió la dirección del Laboratorio de Investigaciones Biológicas, actual Instituto Cajal del CSIC.

A don Santiago solo le faltó grabar un pódcast, otro medio interesante para la popularización de la ciencia. Y aunque parezca una locura, quién sabe si no estuvo cerca. Porque, y poca gente lo sabe, perfeccionó teóricamente el fonógrafo de Edison, capaz de reproducir sonidos previamente grabados. Cajal pensó en cambiar el sistema de grabación en un cilindro de cera por un disco plano metálico para mejorar la calidad del sonido. Abandonó el proyecto porque no encontró a un técnico que entendiera su idea y construyera ese disco. Pero unos años después, pudo ver su idea ejecutada en el gramófono de Emile Bernier, la evolución del fonógrafo.

Para terminar este repaso por la interesante ladera divulgadora del poliédrico Santiago Ramón y Cajal, la reflexión de otro polímata, José Ramón Alonso Peña, catedrático de Biología Celular en la Universidad de Salamanca y uno de los mejores divulgadores científicos de nuestro país. Unas palabras publicadas hace ocho años en jralonso.es y que resumen perfectamente, a mi modo de ver, el compromiso de don Santiago con la divulgación científica: «En estos tiempos nuestros, donde pocos periódicos tienen páginas dedicadas a la ciencia o donde algunos responsables de las parrillas parecen pensar que un programa de televisión sobre biología solo puede ser un león comiéndose una gacela, que alguien como Cajal entendiera y practicara la divulgación científica debería ser un mensaje para la comunidad universitaria, la población educada y los responsables culturales y un mensaje de ánimo para ese grupo de autores, instituciones y lectores que valoran que la ciencia es cultura y consideran, como Santiago Ramón y Cajal, que la divulgación no se opone a la investigación, sino que la apoya y complementa».

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