Aunque no lo creas, los científicos también saben divertirse

Los científicos son como todos nosotros, personas con sus neuras, sus locuras, su mala baba y, algunos de ellos, con una tremenda energía a la hora de divertirse.

 

Se dice del físico y matemático John Von Neumann (nacido Margittai Neumann János Lajos) que fue el hombre más inteligente del siglo XX. Von Neumann, el genio que con su trabajo nos introdujo en el mundo de los ordenadores, los robots y la inteligencia artificial, nació en Budapest el día de los inocentes de 1903. Ya de niño demostró que iba a ser un fuera de serie: con seis años dividía mentalmente dos números de ocho cifras y bromeaba con su padre en griego clásico. A los ocho años sabía cálculo y recitaba una página de la guía de teléfonos de Budapest entera, con sus nombres, apellidos y números de teléfono. En una ocasión, al ver que su madre dejaba de coser y, abstraída, miraba al cielo, Neumann le preguntó: “Madre, ¿qué está calculando?”. 

Quizá lo que más llame la atención a quienes piensan que los científicos son unos seres aburridos sea la profunda devoción de Von Neumann a dar fantásticas fiestas, donde derrochaba encanto y era capaz de abrumar a sus interlocutores manteniendo una conversación en cuatro idiomas diferentes. Las fiestas que organizaba, según un amigo suyo, “eran fantásticas. Von Neumann era una persona tremendamente ingeniosa, lleno de vida, más gordo que yo. Sabía divertirse”. Eso sí, seguía la tradición del genio distraído. En cierta ocasión salió de su casa de Princeton porque tenía una cita en Nueva York. A mitad de camino se detuvo y llamó a su mujer: “Oye, ¿para qué tengo que ir yo a Nueva York?”

Quien quisiera conocerle mejor se enfrentaba ante un muro impenetrable. Adicto al trabajo, no podía decirse que fuera una persona sensible: sus sentimientos, si los tuvo, los ocultó bajo toneladas de hielo. En Princeton se decía que Neumann era un semidiós que había hecho un estudio detallado de los seres humanos y los imitaba a la perfección. Claro que su elección fue la de un ser humano rico, pues gracias a su genio amasó una considerable fortuna. A este semidiós le encantaba la ropa cara, los chistes verdes, los buenos vinos, los coches rápidos, la comida mexicana y las mujeres.

John Von Neumann
John Von Neumann

Lo que es menos conocido es que Von Neumann jugó un destacado papel en la política norteamericana cuando se le eligió como miembro de la Comisión para la Energía Atómica en los años 50. Se dice que pudo servir como modelo del doctor Strangelove, el genio loco interpretado por Peter Sellers en la película de Stanley Kubrick “¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú”. Von Neumann fue una de las cabezas pensantes que aclaró a los ciudadanos norteamericanos lo que eran tanto la bomba atómica como los rusos y se declaró un esforzado garante del conocido refrán ‘quien golpea primero, golpea dos veces’: para él lo mejor que podía hacer Estados Unidos era atacar primero a la Unión Soviética, lo que demuestra que a un intelecto brillante no tiene porqué acompañarle un corazón pacifista.

Zeldóvich, juerga y genio

Al otro lado del telón de acero las cosas no eran muy diferentes. Ahí tenían a Yákov Borísovich Zeldóvich, un científico corto de estatura y bastante vehemente.

Zeldovich nació en Minsk en 1914. La guerra civil rusa cerró las escuelas y los niños se quedaron sin instrucción. Preocupados por el futuro, sus padres le procuraron un profesor particular y al cumplir doce años decidió que de mayor sería científico. Aún más, quería ser químico.

A pesar de sus esfuerzos no pudo ingresar en la escuela secundaria ni en la universidad, pero sí consiguió ser contratado como ayudante de laboratorio en un centro de curioso nombre: Instituto de Tratamiento de Minerales Útiles. Cuando tenía 17 años le enviaron con un recado al Instituto Técnico Físico de Leningrado. Su brillantez innata y su locuacidad cautivó a los científicos del Instituto, que se maravillaron al ver cómo un joven imberbe era capaz de mantener una conversación erudita y profunda sobre química. Tan sorprendidos quedaron que le invitaron a volver. Para conseguir que trabajara en el Instituto de Leningrado tuvieron que recurrir a una trapacería: cambiaron a esta joven promesa científica por una bomba de vacío.

Zeldóvich hizo gala de una capacidad sin igual. Absorbía conocimientos como las esponjas absorben agua. En cinco años obtuvo el título equivalente a nuestro doctorado. Zeldóvich se especializó en el comportamiento de los gases, en particular la combustión, y esto le llevó derechito a ser captado para la construcción de la bomba atómica. Junto con el famoso Sajarov fue uno de los padres de la bomba de hidrógeno soviética. Su trabajo excepcional le llevó a recibir tres veces la Orden de Lenin (la condecoración civil más alta de la Unión Soviética) debido a que por tres veces fue nombrado Héroe del Trabajo Socialista, la máxima distinción que otorgaba por el Presidium del Sóviet Supremo por realizar progresos excepcionales en la cultura y economía del país. A estas medallas Zeldóvich les dio un buen uso: sólo se las ponía para poder beber tranquilamente en las tabernas de Moscú. De este modo la policía, famosa por su duro trato a los borrachos, le dejaba en paz.

De la bomba atómica saltó a la cosmología, campo en el que Zeldóvich pronto se convirtió en uno de sus más importantes pensadores; no en balde se le ha llamado el “Einstein de la cosmología”. Dos fuerzas irresistibles dirigían su vida: la física y divertirse hasta que su cuerpo no aguantara más. Y eso en Zeldóvich era decir mucho. Con 60 años era capaz de nadar dos horas, jugar al tenis, levantar pesas, danzar alrededor de una bailarina de striptease y levantarse todos los días a las 5 de la mañana para resolver problemas de cosmología en la pizarra que tenía colgada en el salón de su casa. Porque a las 6 llamaba por teléfono a sus estudiantes para ver si habían resuelto los problemas que les había planteado el día anterior.

Referencias:

Bhattacharya, A.(2022) The Man from the Future: The Visionary Life of John von Neumann. W. W. Norton & Company

Overbye, D. (1991) Lonely Hearts of the Cosmos: The Scientific Quest for the Secret of the Universe,HarperCollins

Miguel Ángel Sabadell

Miguel Ángel Sabadell

Me licencié en astrofísica pero ahora me dedico a contar cuentos. Eso sí, he sustituido los dragones y caballeros por microorganismos, estrellas y científicos de bata blanca.

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