Así viviremos en el cinturón de asteroides

Es posible que en un futuro no muy lejano estemos explotando los recursos naturales de los asteroides. Esto lo podremos realizar de dos formas: o instalando minas en el lugar donde se encuentran o llevarlos a donde hagan falta.

 

En nuestro Sistema Solar los asteroides se encuentran mayormente en un cinturón situado entre las órbitas de Marte y Júpiter, a una distancia entre 2 y 4 veces la distancia Tierra-Sol. Aunque hay otros de órbitas apepinadas que cruzan el camino de la Tierra: son los Near Earth Objects, Objetos Cercanos a la Tierra o NEOs. Es difícil estimar su número, pues además de los que regresan cada cierto tiempo se encuentran los que se acercan por primera vez al Sol. De los asteroides cuyo movimiento orbital les trae relativamente cerca de la Tierra se estima que existen unos 1 000, aunque sólo hemos descubierto una cuarta parte. Los que hemos encontrado tienen un tamaño entre 32 km a menos de 100 m (los dos mayores conocidos son el 1036 Ganímedes, de 32 km, y el 433 Eros, de 23). La razón de que no conozcamos asteroides de menor tamaño no es porque no existan sino porque son difíciles de encontrar.

De todos estos, los que nos interesan son los que reciben el nombre de EROs, Objetos Fácilmente Recuperables. Definidos como tales en 2013, en la actualidad este escogido subgrupo de NEOs lo componen poco más de una docena de asteroides. Se les define así porque son potencialmente explotables con nuestra tecnología actual. Dicho de otro modo, que si quisiéramos (y tuviéramos el dinero necesario) podríamos moverlos desde su órbita hasta otra más accesible y bajar su velocidad hasta una más aceptable de menos de 1 700 km/h. Un ejemplo es el asteroide 16 Psyche, con una masa de 17 trillones de kilos. ¿Por qué resulta tan interesante? Porque está compuesto esencialmente de hierro y níquel de forma que podría abastecer a nuestro planeta de estos elementos durante varios millones de años.

Claro que para asegurar un flujo continuo de materias primas lo más apropiado es instalar bases mineras en los lugares donde se encuentren esos asteroides. Hacerlo va a necesitar de toda nuestra capacidad de inventiva.

Los problemas de una base minera en el espacio

El mayor problema de ese tipo de instalaciones es el abastecimiento de agua y oxígeno. Algunos han propuesto la captura de otro tipo de objetos, los cometas. Sabemos que están compuestos principalmente por hielo, monóxido y dióxido de carbono congelados, metano y amoniaco, a lo que hay que añadir otros elemento volátiles como oxígeno, azufre y nitrógeno y sustancias como silicatos, hidrocarburos policíclicos aromáticos, carbono amorfo, hierro, magnesio, sodio y sulfatos metálicos como la pirita, luego también son buenos candidatos para minería. Por suerte la abundancia de hielo en los cometas asegura en gran medida la supervivencia de un asentamiento minero: de él se obtiene el agua para vivir y el oxígeno para respirar. Ahora bien, una base así tiene el importante hándicap de la obtención de energía. De hecho, el factor más restrictivo para el tamaño de una colonia en las regiones exteriores de cualquier sistema estelar es el acceso a una fuente continua y estable de energía. La única opción viable es que sea proporcionada por un reactor de fusión nuclear -suponiendo que logremos construirlo en los próximos 40 años-: un cometa de tamaño medio contiene del orden de 50 a 100 000 toneladas de deuterio, el mejor combustible para la fusión.

Asunto a parte es la vida en esos asentamientos. Los que allí estuvieran tendrían que saber un poco de todo: la aplicación práctica del viejo refrán de 'aprendiz en mucho maestro en nada', pues no podrían estar supeditados a la llegada de ayuda desde, posiblemente, la base de Marte. La película de Peter Hyams y protagonizada por Sean Conery, Atmósfera cero (1981) es la que mejor ha recreado cómo podría ser la vida en un entorno similar. Definida como un western espacial -podríamos decir que es un remake de ciencia-ficción de Solo ante el peligro- muestra la vida en una colonia minera en Io, la luna volcánica de Júpiter. El diseño de producción reflejó un ambiente oscuro, claustrofóbico y aislado, que es exactamente lo que uno se va a encontrar en aquellas latitudes. Eso sí, Hyams decidió dar un tono oscuro a un futuro industrial donde grandes corporaciones buscan el máximo beneficio a costa de sus obreros, que son prescindibles. Hay cosas que no cambian, ni siquiera en el espacio.

La vida en ese entorno, en el que la población no sería muy extensa, tendría un problema importante: la sensación de soledad que sin duda inundará al colono será el principal caballo de batalla en este tipo de explotaciones espaciales. Podemos imaginar un símil con una condición que existe ahora en la Tierra: la vida en el interior de Australia, el outback -un término vago para designar algo que está fuera (out) y atrás (back)-. En este caso la diferencia fundamental es la climática: del frío del espacio a los 40 grados a la sombra. Pero la sensación de soledad, de no tener otra cosa que hacer después de trabajar, será muy similar. Según confiesan quienes viven allí, como el electricista español Manuel De La Vara, lo más duro es “no tener a nadie, estar solo y no tener nada que hacer una vez terminas el trabajo”. Los riesgos psicológicos de vivir en un entorno tan extremo son enormes y por eso existen organizaciones como Frontier Services, ligada a la Iglesia presbiteriana, que lleva más de un siglo recorriendo el outback asistiendo a los que sucumben a la soledad y el aislamiento. Cómo resolver este problema en el espacio es harina de otro costal.

Claro que todo esto pasa por que nos podamos mover de forma habitual por nuestro espacio cercano, y eso depende de si somos capaces de encontrar el Santo Grial de la aventura espacial: un método de propulsión económicamente asequible. Debemos encontrar una alternativa viable a los combustibles líquidos actuales, o descubrir algo que sea más eficiente de lo que ya tenemos, pues resulta inviable viajar a las estrellas en un vehículo en el que el 98% su masa es el combustible...

Hay quien dice, y no le falta razón, que todo eso de colonizar el sistema solar es una perdida de tiempo y de dinero, y recuerdan las palabras que en 1960 dijo uno de los pioneros de la radioastronomía, Edward Purcell: “Toda esta historia de viajar por el universo enfundados en trajes espaciales debe volver a donde salió: las cajas de cereales”. Curiosamente, una de las defensas más apasionadas a favor de que debemos cabalgar entre las estrellas es la Jeffrey Sinclair, comandante de la estación Babylon 5 en la serie de ciencia-ficción homónima: "Pregunte a 10 científicos diferentes sobre el medio ambiente, el control de la población, la genética... y obtendrá 10 respuestas distintas. Pero hay algo en que todos los científicos del planeta coinciden, ya sea dentro de 100, 1000 o un millón de años. Con el tiempo el Sol de enfriará y se apagará y cuando eso ocurra no solo será nuestro fin, sino el de Marilyn Monroe, Lao-Tzu, Einstein, Nelson Mandela, Buddy Holly, Aristófanes..., y todo esto habrá sido inútil si no llegamos a las estrellas".

Referencias:

Lewis, J. S. (1997) Mining the sky, Basic Books

Sivolella, D. (2019) Space Mining and Manufacturing, Springer

Miguel Ángel Sabadell

Miguel Ángel Sabadell

Astrofísico y doctor en física teórica. Miembro del Comité Editorial de Muy Interesante, es autor de catorce libros, más de 300 artículos y creador de una treintena de proyectos de divulgación científica. Es colaborador habitual en prensa, radio y televisión, y consultor para exposiciones temporales y museos.

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