Así supimos que los continentes flotan

La tectónica de placas es la teoría central de la geología moderna, que dice que los continentes flotan en un mar de magma. Fue al alemán Alfred Wegener quien nos puso en este camino en la década de los felices 1920.

 

Cuando al explorador británico George Leigh Mallory le preguntaron: «¿Por qué asciende el monte Everest?» sucintamente contestó: «Porque está ahí». En 1924 intentó la ascensión por segunda vez. Durante el ataque final el geólogo de la expedición, Noel Odell, miró hacia arriba desde los 7 900 metros en donde se encontraba. A través de un claro entre las nubes pudo vislumbrar las borrosas siluetas de Mallory y Andrew Irvine encarando una pronunciada pendiente cerca de la cima. Pero las nubes rápidamente cerraron esa ventana; a Mallory y a Irvine nunca más se les volvió a ver.

Esta fugaz imagen de Mallory no fue lo único memorable que Odell vio en la expedición de 1924. Allá arriba también descubrió los fósiles de criaturas marinas con caparazón que habían quedado enterradas en un mar poco profundo hacía 250 millones de años. ¿Cómo es posible que el fondo de un mar pudiera convertirse en el techo del mundo?

El Everest no es el único lugar del Himalaya donde se pueden encontrar restos de arcaicos habitantes marinos. En los pueblos de la garganta del río Kali Gandaki, donde los granjeros recolectan fruta y grano a la sombra de los más de 8.100 metros del Dhaulagiri, los niños nepaleses venden por las calles a los visitantes salagramas, que no son otra cosa que ammonites.

Ese mismo año aparecía la traducción inglesa de una breve monografía de un meteorólogo berlinés, hijo de un predicador, llamado Alfred Wegener. Era la tercera edición de una idea que publicó en 1915 y provocó acaloradas discusiones durante el segundo cuarto del siglo XX. Su propuesta era simple y explicaba la formación de cordilleras y algo que tanto el filósofo Francis Bacon en 1620 como cualquier escolar que haya mirado un mapamundi se da cuenta: América del Sur y África parecen estar hechas la una para la otra. En definitiva, que los continentes no han estado siempre ahí sino que se desplazan por la corteza terrestre como icebergs a la deriva.

Casar continentes

Cien años después de Bacon, el gran explorador y naturalista Alexander von Humboldt explicaba con cierto detalle cómo el Nuevo y el Viejo Mundo se habían separado debido a los efectos de las aguas caídas durante el diluvio universal que, circulando de norte a sur, habían excavado el océano Atlántico. Pero no fue hasta 1858 cuando el americano residente en París Antonio Snider-Pellegrini reconstruía por primera vez el supercontinente que existió antes de la apertura del Atlántico. De este modo Snider explicaba la sorprendente similitud entre los fósiles encontrados en vetas de carbón en Europa y Norteamérica. La explicación era que un hecho catastrófico, quizá el diluvio universal, había provocado esta separación.

El gran defensor y publicista de esta visión del mundo, aunque menos catastrófica, fue Wegener. Defendía que toda la tierra emergida había estado unida en un «supercontinente», Pangea, que se había fragmentado y cuya dispersión dio lugar a la actual disposición de los continentes. Sus contemporáneos no le creyeron. Al pobre se le llamó de todo. Y no era para menos; estaba echando por tierra uno de los dogmas más sacrosantos de la geología, producto de años y años de cuidadosas investigaciones. Uno de los participantes del simposio de 1928 auspiciado por la Asociación Americana de Geólogos del Petróleo dijo: «Si aceptamos la hipótesis de Wegener ya podemos tirar a la basura todos los conocimientos que hemos estado enseñando durante los últimos 70 años y empezar de nuevo». Años más tarde, muerto Wegener entre los hielos de Groenlandia en 1930, se decía que no había ni que mencionar la absurda idea de Wegener a los estudiantes para no inducirlos a error. Durante 25 años los únicos defensores de la teoría de la ‘deriva continental’ fueron tres geólogos geniales: Arthur Holmes, sir Edward Bailey y el discípulo de Wegener, Alexander Du Toit. Hoy, sería totalmente imposible que ningún geofísico o geólogo obtuviera una plaza de profesor si no creyera la tectónica de placas, hija natural de la deriva continental de Wegener.

El nacimiento de una nueva geología

En 1967 Dan McKenzie y R. L. Parker publicaban en la prestigiosa Nature un artículo que ha devenido clásico. En un valeroso esfuerzo de síntesis, mostraron que los accidentes geofísicos se podían explicar gracias a la existencia de unas placas rígidas móviles y sísmicamente tranquilas que interactúan entre ellas sólo en sus bordes. Estos dos geólogos recogían la brillante sugerencia de Harry Hess, de la Universidad de Princeton, cuando en 1960 presentó su obra sobre la expansión de los fondos oceánicos: no son estáticos, como todo el mundo pensaba, sino móviles. El Atlántico, por ejemplo, aumenta su anchura 2,5 centímetros por año -o 25 kilómetros en un millón de años- y se va formando nuevo suelo en la dorsal que corre de norte a sur por el centro del océano. De este modo, la corteza oceánica es tanto más vieja cuanto más alejada está de la dorsal que la generó; una corteza que se destruye en las denominadas zonas de subducción de las fosas oceánicas, donde choca y se hunde debajo de la placa contigua. Así, hoy sabemos que en ningún océano del mundo hay sedimentos más antiguos que del Jurásico, hace poco más de 200 millones de años.

Entre 1967 y 1969 tres jóvenes geofísicos, los norteamericanos Jason Morgan, Dan McKenzie y el francés Xavier Le Pichon, formularon lo que pronto sería conocido como teoría de la tectónica de placas, un trabajo que provocó una explosión de nuevas investigaciones geológicas que confirmaron sus predicciones: había nacido la geología moderna.

En esencia  nos dijeron que la corteza de la Tierra es como un balón de fútbol. No es una única superficie sino que se encuentra dividida en placas. Pero a diferencia de lo que sucede en la pelota, estas placas son de diferentes dimensiones y se encuentran flotando en un mar de magma líquido, el manto, sobre el que se mueven y de igual forma que sucede con los barcos, las placas están más o menos hundidas en función del peso.

 

Referencias:

O'Hara, K. D.(2013) A Brief History of Geology, ‎Cambridge University Press

 

Miguel Ángel Sabadell

Miguel Ángel Sabadell

Me licencié en astrofísica pero ahora me dedico a contar cuentos. Eso sí, he sustituido los dragones y caballeros por microorganismos, estrellas y científicos de bata blanca.

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