Así se inventó la bombilla

La historia nos dice que el famosísimo inventor Thomas Alva Edison fue el inventor de la bombilla, cosa que no es cierto. Muchos la buscaron y bastantes la consiguieron, pero Edison fue quien convirtió ese invento en una máquina de hacer dinero.

Una de las experiencias más fascinantes que nuestra civilización tecnológica ha dejado atrás es la sensación de oscuridad. Cuando la humanidad vivía alrededor de un fuego, la sensación de abandono, de temor a lo que se mueve en la oscuridad, se encontraba en la parte más profunda de la cultura. Con la llegada del alumbrado de gas y, sobretodo, con el alumbrado eléctrico, los humanos perdimos el significado de la oscuridad. Sólo en contadas ocasiones nos damos cuenta del sentido del crepúsculo, del final del día.

Uno de los principales artífices de esta muerte fue el genial Thomas Alva Edison, un hombre colérico, ávido de dinero, dado a robar ideas y lamentable padre y marido. El alumbrado de gas no proporcionaba luz suficiente para acabar con la oscuridad y el peligro de incendios y explosiones siempre estaba presente. Los científicos sabían que al circular corriente eléctrica por un hilo conductor éste se calentaba. ¿Podría llevarse hasta la incandescencia y hacerlo brillar? Durante la primera mitad del siglo XIX una treintena de inventores lo intentaron y fracasaron.

Las bombillas llegaban a lucir, pero no durante el tiempo suficiente. Entre los que lo intentaron estaba el físico británico Joseph Swan, que construyó una hecha con filamentos de papel carbonizado en un bulbo de vidrio al vacío en 1860, pero al no poder hacer un buen vacío y la mala calidad del suministro eléctrico hacía que la bombilla tuviera una vida útil muy corta.  

Siguió trabajando en ello y el 18 de diciembre de 1878 enseñó su lámpara, que usaba una varilla de carbono muy delgada, en una reunión de la Sociedad Química de Newcastle. Swan siguió investigando para mejorar la bombilla y hacerla viable comercialmente y en 1880 su casa fue la primera del mundo iluminada con una bombilla. En 1881 instaló sus bombillas en el Teatro Savoy de Westminster, el primer edificio público en el mundo que se iluminó completamente con electricidad. De ahí a saltar a la calle solo había un paso: la primera calle iluminada con una bombilla incandescente fue Mosley Street en Newcastle Upon Tyne el 3 de febrero de 1879.

Pero la carrera no había terminado. El reto no estaba en inventar una bombilla, sino en desarrollar una comercialmente viable. Y es aquí donde apareció Thomas Alva Edison.

Edison trabaja y la Bolsa cae

En 1878 Edison tenía 31 años y estaba considerado como el mayor y más genial inventor de la época moderna. Cuando ese año anunció al mundo su intención de resolver el problema de la bombilla de incandescencia el mundo entero se alegró. Tanta fe tenían en él que las acciones de las empresas de alumbrado de gas bajaron en las bolsas de Nueva York y Londres.

No hay duda de que Edison era un genio, aunque el genio, como él decía, es un 1% de inspiración y un 99% de transpiración. Inventar exigía trabajar duro y firme. El desarrollo  de la bombilla eléctrica exigió mucho a Edison: había subestimado las dificultades. Durante un tiempo parecía que iba a fracasar. Empeñado en utilizar hilos de platino, le costó un año y 50 000 dólares darse cuenta de su error. Cientos de experimentos después, encontró un hilo que se ponía incandescente sin fundirse ni romperse.

Paradójicamente no se trataba de ningún metal, sino de un frágil filamento de algodón quemado, o lo que es lo mismo, un fino hilo de carbono, tal como hiciera Swan. El primer éxito lo tuvo el 22 de octubre de 1879: la bombilla lució durante 13 horas y media. Edison continuó mejorando este diseño y el 4 de noviembre de 1879 solicitó una patente para una lámpara eléctrica que utilizaba "un filamento o tira de carbono enrollado y conectado”. Aunque el texto describía varias formas de crear ese filamento, que incluía el uso de "hilo de algodón y lino, tablillas de madera, papeles enrollados de varias maneras", Edison descubrió más tarde que lo mejor era un filamento de bambú carbonizado: la bombilla llegaba a lucir durante más de 1 200 horas.

El júbilo en Menlo Park, el pequeño pueblecito californiano donde Edison había montado su ‘fábrica de inventos’, era indescriptible. El día de Nochevieja Edison soltó la traca final: la última noche del año de 1879 la calle principal de Menlo Park se iluminó con corriente eléctrica. Periodistas de todo el mundo se unieron a los habitantes de ese pueblecito y cantaron maravillas del más grande inventor de toda la historia.

Curiosamente, detrás de la invención de la bombilla encontramos otro descubrimiento de Edison muy poco conocido pero llamativo: siendo como era un hombre eminentemente práctico, realizó un descubrimiento teórico que, curiosamente, en un futuro iba a tener una gran implicación tecnológica.

El efecto Edison

Todo comenzó cuando Edison decidió mejorar la eficiencia de su bombilla. En particular, quería encontrar un filamento que durase más tiempo antes de romperse. Como era habitual en él, probó con todo aquello que se le ocurrió, lo que incluía una idea, aparentemente tonta, consistente en fijar un cable metálico en la bombilla donde había hecho el vacío. Ahora bien, este cable lo colocó cerca del filamento, pero sin llegar a tocarlo. 

Edison encendió la bombilla para ver si la presencia del cable metálico preservaba, de algún modo, el filamento, impidiendo su ruptura. No fue así, pero observó algo muy curioso: una débil corriente eléctrica fluyó del filamento al cable a través del vacío.

De todo el vasto conocimiento práctico que tenía Edison de la electricidad no había nada que pudiera explicar tan extraordinario descubrimiento. El genial inventor lo anotó en su cuaderno y en 1884 la mente empresarial de Edison le dijo que lo patentara. El fenómeno recibe el nombre de efecto Edison.

Por desgracia, el genio de Menlo Park se olvidó de este curioso fenómeno. Hoy sabemos que esa corriente es producto de un débil flujo de electrones entre el filamento de la bombilla y el de metal. Tiempo después, cuando supimos modificar y amplificar esta lluvia de electrones en el vacío y, de paso, controlar con mucha mayor precisión la conducta de la corriente eléctrica, el aparentemente inútil efecto Edison abrió la puerta al desarrollo de la primera válvula de vacío. Con ella, empezó la era de la electrónica.

Miguel Ángel Sabadell

Miguel Ángel Sabadell

Astrofísico y doctor en física teórica. Miembro del Comité Editorial de Muy Interesante, es autor de catorce libros, más de 300 artículos y creador de una treintena de proyectos de divulgación científica. Es colaborador habitual en prensa, radio y televisión, y consultor para exposiciones temporales y museos.

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