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Luces misteriosas en el cielo... y no son ovnis

En nuestra querida atmósfera suceden fenómenos extraños que desafían nuestro poder explicativo. Y no porque tengan un origen sobrenatural o extraterrestre; simplemente porque son tan raros que resulta difícil estudiarlos con detalle.

Luces en el cielo

El 28 de agosto de 1883, el astrónomo inglés William Noble observó algo realmente peculiar: un chorro de luz, típico de los faros de costa, pero dirigido al espacio. ¿Serían unos extraterrestres varados en nuestro planeta y pidiendo auxilio? Ciertamente no. Este fenómeno ha sido visto en diferentes ocasiones (en España pudo verse en Sevilla el 31 de mayo de 2022) y recibe el nombre de pilar o columna auroral. Lo que suele encontrarse debajo es una fuente, ya sea natural o artificial, cuya luz es reflejada por los pequeños cristales de hielo que se encuentran en esos momentos en suspensión en la atmósfera.

Claro que en ocasiones lo que sucede es bastante más extraño: el 17 de noviembre de 1882 una nube luminiscente con aspecto de torpedo cruzó los cielos del norte de Europa como si fuera un meteorito. Se cree que fueron ráfagas de viento solar que interaccionaron con la alta atmósfera, como lo que fotografió Alan W. Peterson en los cielos de Arizona en 1979 y publicadas en la revista científica Applied Optics.

Luces de auroras boreales

Luces fantasmales

Evidentemente, las noches nos proporcionan luces fantasmales, como la niebla luminosa que pudo verse en Italia y Alemania durante varios días en 1831. Enfrentados a este tipo de sucesos los científicos suelen acusar a nuestro Sol. En particular, a las fulguraciones a las que tan aficionada es la atmósfera solar: basta con una un poco más intensa que lance más cantidad de viento solar de lo normal al espacio. Claro que esto no es más que una hipótesis.

Tampoco resulta fácil de explicar los fogonazos de luz que vieron los astrónomos del Indian Astronomical Observatory la noche del 9 de junio de 1970: “De pronto todo el cielo se iluminó con una intensidad comparable a la que tiene la Vía Láctea durante los meses de verano”. Más espectacular fue, si cabe, el destello observado en Alaska dos años más tarde: “el cielo brilló como si fuera de día durante unos dos segundos... cambió del azul al naranja pasando por el verde y el blanco”, contaba la revista Sky & Telescope. Estas luces suelen explicarse como consecuencia del lanzamiento de satélites al espacio. Pero ¿cómo se llegaron a ver las luces de un lanzamiento desde Florida desde el océano Índico? No sabemos cómo, pero pasa: el 27 de noviembre de 1963, con el lanzamiento del Centaur 2, la tripulación del M. V. Wendover que viajaba desde Dakar (Senegal) a Ciudad del Cabo, vio una nube circular blanca que se fue haciendo cada vez más grande y luego formó círculos concéntricos de un brillo comparable al de la luna llena. Un fenómeno que también fue visto por otros barcos situados en el Atlántico norte, bien lejos de Cabo Cañaveral.

Luces fantasmales

Rayos y relámpagos

Las tormentas también son fuente de fenómenos luminosos extraños: rayos que corren paralelos a la superficie durante varios kilómetros, rayos-cohete, que salen disparados de la nube a la parte alta de la atmósfera, el relámpago-perla (que se observa partido en trocitos, como si fueran cuentas de un collar), rayos de colores o los más comunes rayos sin trueno, habituales en las bochornosas tardes de verano. El problema es que estos espectáculos pirotécnicos naturales que son los rayos pueden provocar grandes desgracias, como la sucedida en la localidad orensana de Allariz en el verano de 1902. Alrededor de las 10 y media de la calurosa mañana del 24 de junio, mientras se celebraba una misa funeral la iglesia románica de San Salvador de Piñeiro, una tormenta empezó a descargar con fuerza sobre el pueblo. En pocos minutos un rayo entró por la cruz de la iglesia y, según contaron los testigos “llegó a dar dos vueltas al templo, saliendo después por la ventana de la sacristía”. El balance final fue de 25 muertos y 108 heridos. Según los forenses, por culpa del rayo solo murieron 12 personas; el resto de muertos y heridos fue por aplastamiento y asfixia. Y los más sorprendente de todo: no murió ninguno de los seis sacerdotes que se encontraban concelebrando la eucaristía.

Mares fosforescentes

En el océano Índico, particularmente en las aguas del Golfo Pérsico, es frecuente que los barcos encuentren zonas de aguas luminosas, un fenómeno que ya fue descrito por Rudyard Kipling y que también aparece en la novela de Julio Verne 20.000 leguas de viaje submarino. Desde 1915, se han documentado 235 casos, concentrados mayoritariamente en el noroeste del Océano Índico y cerca de Java, aunque también se han visto en las costas de Somalia y Portugal. Muchas de esas observaciones se explican por la presencia de bacterias bioluminiscentes, como sucede en la bahía Mosquito de Puerto Rico. Pero ¿cómo explicar que se vean globos de luz que surgen de las aguas y explotan en la superficie, luces que giran alrededor de un punto, anillos de luz expandiéndose en una noche clara o bandas luminosas estacionarias sobre la superficie del mar? 

Lo narrado por el segundo oficial del WMS Olympic Challenger, Armin Roth, en la revista Marine Observer en 1954 escapa a cualquier explicación: “A un metro sobre la superficie del agua aparecieron de repente bandas de luz en movimiento rápido (similares a la niebla). Tenían una extensión de dos millas náuticas (3,7 km), estaban rotando en el sentido de las agujas del reloj y cruzaban el barco a intervalos regulares”. Si esto sucedía en el golfo de Omán el 5 de noviembre de 1953, el 24 de abril en el golfo de Siam la tripulación del MV Rafaela alucinaba con algo parecido: tres ruedas de luz que se intersectaban, una girando en el sentido de las agujas del reloj y dos en el contrario. Mientras los marineros se quedan entre asombrados y alelados observando estos fenómenos, los científicos los han ignorado.

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