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Nuestro lugar en el Cosmos

Desde la antigüedad los seres humanos hemos creído que ocupábamos un lugar muy especial en el universo. Tres grandes cambios, dos de ellos muy sonoros y el tercero más silencioso, han acabado con esa imagen, y nuestra forma de entender el mundo en que vivimos ha sido completamente modificada.

Nuestro lugar en el Cosmos (Miguel Angel Sabadell)
El mazazo inicial se produjo el 24 de mayo de 1543, cuando el primer ejemplar del libro Sobre las revoluciones de las órbitas celestes llegaba a una habitación en una torre almenada del castillo de Frauenburg, y entregado a las manos moribundas de su autor, Nicolás Copérnico. Sus ideas se extendieron como la pólvora por toda Europa, pero su hipótesis tenía fallos y no era capaz de predecir con exactitud la posición de los planetas en el cielo.

Primera revolución

Ese estado de cosas iba a cambiar. En los últimos años del siglo XVI un desconocido profesor de matemáticas escribía Mysterium Cosmographicum, una obra que el claustro de la Universidad de Tubinga intentó impedir su publicación. Un ejemplar fue enviado a Galileo, que seguramente ni lo leyó. Otro llegó a las manos del matemático imperial de Rodolfo II en Praga, Tycho Brahe. El texto llamó poderosamente su atención y en febrero de 1600 contrató al autor como su ayudante. Un hecho en apariencia irrelevante pero que cambiaría dramáticamente nuestra percepción del cosmos. Porque aquel matemático era Johannes Kepler. Tycho Brahe murió el 24 de octubre de 1601 y no llegó a conocer el gran triunfo de Kepler cuando descubrió que la órbita de Marte era una elipse centrada en el Sol. Este hecho significó el final del sueño de la perfección de los cielos. Hasta entonces todos los filósofos creían que las órbitas planetarias eran circunferencias, la curva perfecta.
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El golpe de gracia a la teoría geocéntrica se lo dio un discutidor profesional conocido en sus tiempos de estudiante en Pisa como “el pendenciero”: Galileo Galilei. Galileo ansiaba la fama científica, deseo que se vio colmado con la ayuda un nuevo instrumento ideado en Holanda, el telescopio, del cual oyó hablar en Venecia. Galileo se construyó uno y lo apuntó al cielo, descubriendo los cuatro satélites mayores de Júpiter, la naturaleza rocosa de la Luna y una multitud de estrellas nunca vistas antes en el cielo. El libro donde describió sus observaciones, El mensajero sideral, fue un best-seller que llegó incluso hasta China. Por su parte, la Iglesia puso el libro de Copérnico en el Índice de los Libros Prohibidos. Allí permaneció hasta 1831, justo el año en que un joven naturalista inglés comenzaba un viaje que originaría la segunda gran revolución de la historia de la ciencia.

Segunda revolución

Hay un barco que figurará por siempre en los anales de la ciencia: el HMS Beagle. Su primera misión era medir “con exactitud la coordenada longitud de numerosas islas oceánicas y continentes” en Sudamérica, pero al final se amplió hasta convertirse en un viaje de cinco años alrededor del mundo. A través de un amigo, Darwin se enteró de la oferta del capitán de “ceder parte de su propio camarote a un joven que se ofrezca voluntario para acompañarle, sin retribución alguna, como naturalista.
De regreso en Inglaterra, Darwin dedicó muchos años a estudiar estos cambios de especies para los que nadie había encontrado una razón convincente. Un día, mientras «buscaba algo de distracción leyendo la obra de Malthus sobre la población», dio con la respuesta. Este clérigo inglés defendía que la población siempre crece más deprisa que los recursos alimenticios, de forma que siempre habrá alguien que muera de hambre. ¡Ahí estaba la clave! Todos los animales engendran más descendencia de la que puede vivir con los alimentos disponibles. Por tanto, mueren aquellos que se adaptan peor al medio en el que viven. A este mecanismo Darwin lo bautizó con el nombre de selección natural.

En 1959 estalló la bomba. Darwin terminó Sobre el origen de las especies a través de la selección natural, o la preservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida. La primera edición se agotó al día siguiente de aparecer. El libro desató una fuerte polémica y fue objeto de duros ataques e insultos hacia su autor. El ser humano dejó de ser el centro de la creación y eso, claro está, a algunos no les gustó. Y sigue sin gustar.
El gran hallazgo de Darwin y Wallace fue descubrir el mecanismo por el cual las especies cambian: la selección natural. Las especies que mejor se adaptan al medio son las que sobreviven, pero ¿cómo se heredan esas características? Esta cojera que se curaría en 1866, cuando apareció un artículo en una oscura publicación, Transacciones de la Sociedad de Historia Natural de Brünn, escrito por un no menos oscuro sacerdote de un monasterio agustino –del cual llegaría a ser abad– en la entonces ciudad austríaca de Brünn –hoy Brno, en Chequia–: Gregor Johann Mendel. Durante ocho años se dedicó a cultivar guisantes y a autopolinizarlos con sumo cuidado de modo que fue capaz de enunciar las leyes de la herencia. La idea esencial era que las unidades de la herencia, lo que hoy llamamos genes, se transmiten sin cambio, de generación en generación, y en cada una de ellas se redistribuyen determinadas combinaciones de estas unidades. La puerta a la revolución biotecnológica actual quedaba abierta.
Shapley y Curtis

La revolución silenciosa

Y la tercera gran revolución, sucedida a principios de este siglo, fue el descubrimiento de nuestro lugar en el cosmos. Hasta los años 20 se creía que el sol estaba en el centro de la galaxia. Harlow Shapley cambió eso. Descubrió que no ocupábamos un lugar privilegiado en el centro de la Galaxia, sino que estábamos confortablemente instalados a las afueras de ella. Curiosamente, Shapley no admitía que hubiera más galaxias como la nuestra en el universo. Todo se reducía a una inmensa galaxia. Otro astrónomo, Herber Curtis defendía la existencia de otras galaxias y se enfrentó a Shapley en una famosa discusión pública conocida como el Gran Debate.
Al final hemos descubierto nuestro lugar en el cosmos: vivimos en un planeta cualquiera que gira alrededor de una estrella cualquiera situada en los arrabales de la Vía Láctea. Una galaxia que no es más que una de los miles de millones que pueblan el universo. Nuestro lugar en el universo es insignificante.

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