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El incomparable Isaac Newton

Poseedor del título “el mejor físico de la historia”, la vida de Isaac Newton no fue un camino de rosas y su carácter huraño y pendenciero le hizo granjearse no pocos enemigos. Pero, claro está, poco le importaba.

El incomparable Isaac Newton (Miguel Angel Sabadell)
Debió ocurrir en algún momento de 1346. A Europa llegaban narraciones de sucesos trágicos y extraños muy lejos, en el Este. Incluso hoy, en esta época marcada por la rapidez con la que se propaga la información, cualquier calamidad en China se ve como algo infinitamente remoto. Así que para las gentes del siglo XIV lugares como Catay pertenecían a la tierra del nunca jamás. Oír hablar de ellos era algo más que extraordinario, era impensable. A finales de ese año, en todos los puertos de Europa se sabía que una horrenda plaga devastaba ciudades, regiones, reinos enteros. «Todo muere, hasta el año mismo», escribió un comentarista egipcio. Era la Muerte Negra, la peste, que arrasaría Europa los años siguientes y sería recurrente hasta el siglo XVII.
Uno de estos rebrotes de peste apareció a mediados del verano de 1665. La peste asolaba Londres con tal fuerza que en poco tiempo habían muerto uno de cada diez londinenses. Ese mismo otoño, la universidad de Cambridge, temerosa de que allí sucediese lo mismo, cerraba sus puertas y enviaba a sus estudiantes a casa. Entre ellos se encontraba un joven de carácter taciturno e introvertido: Isaac Newton.
Isaac Newton

Cachorro de león

- Es tan pequeño que cabría en una botella de cuarto.
- Tiene razón, señora -contestó el ama-. Ha nacido prematuramente y aunque no pretendo alarmarla, es posible que no viva mucho tiempo.
- Ya lo sé, ya lo sé -la joven mujer miró dulcemente a su recién nacido- Es tan pequeñito… Él es lo único que me queda de mi marido y voy a perderle -añadió entre sollozos-.
Newton nació el día de Navidad de 1642, el mismo año en que moría Galileo. Nadie esperaba que sobreviviera, pero lo hizo. Su madre, la joven viuda de un pequeño terrateniente analfabeto, agobiada por el peso de una granja que administrar, no tardó mucho en casarse. Su nuevo marido, el reverendo Barnabus Smith, no soportaba a su hijastro, un niño hosco y colérico.
- Lo voy a enviar con la madre de su padre.
- Pero…
- No hay peros que valga. Que se vaya con su abuela.
Y allí creció, a sólo dos kilómetros y medio de la casa que le vio nacer, lejos de su cariñosa madre y de su odioso padrastro.
- ¡Un día os voy a quemar la casa con vosotros dentro! -les espetó un día.
Malhumorado y pendenciero, a los veinte años escribió una lista con sus pecados juveniles donde, entre otras, admitía «desear la muerte a algunos y confiar en que se produjese». Por el contrario, cuando los ojos de Newton se posaban en la naturaleza, todo cambiaba. Reflexivo y brillante como pocos, de niño era conocido por saber decir la hora mirando al Sol y por su sempiterno despiste, producto de la fascinación que el mundo le provocaba. Un día, le encargaron ir a buscar al ganado que pastaba en el campo:
- ¿Alguien sabe si ha vuelto Isaac? Hace una hora que le mandé por las vacas.
- Pues no, aún no ha regresado.
-  Vete a buscarle, que seguro se ha quedado embobado con algo.
Después de caminar un rato, el criado descubrió a lo lejos al joven Newton, parado sobre un pequeño puente de madera y mirando atentamente el fluir del agua bajo sus pies.
- Pero… ¡Isaac! ¿Qué demonios haces ahí? Tu madre se va a enfadar. Todavía no ha olvidado el día que te mandó por los caballos y volviste montado en uno y con las bridas del otro, sin darte cuenta que se te había escapado -el criado suspiró-. Te espera una buena. ¡Señor! ¡Qué despistado eres! ¡Así no vas a ser nadie en la vida!
En la escuela, Newton raramente estudiaba y siempre llegaba tarde, pero cuando se acercaba el final del curso se esforzaba y superaba a sus compañeros en los exámenes. No es de extrañar que no fuera un chico muy popular entre sus compañeros. Una vez terminada su instrucción decidió marchar a Cambridge. Una decisión aplaudida por todos: hasta los mismos sirvientes pensaban que no servía para nada excepto para la universidad.

Un estudiante solitario

Allí, junto al río Cam, Newton llevó una vida solitaria que únicamente llenaba con libros. «Platón es mi amigo, Aristóteles es mi amigo, pero mi mejor amigo es la verdad», decía. En todos sus años de estudiante únicamente trabó relación con una persona. Fue uno de sus compañeros, un tal John Wickins, que viéndole caminar solo y abatido por los jardines de la ciudad se compadeció del sino de tan pobre hombre y se acercó a él.
Newton se arrojaba en pos de investigaciones de lo más variadas, desde las lenguas universales al móvil perpetuo, y siempre lo hacía con una intensidad extraordinaria. Tan absorto estaba con sus estudios, que solía olvidarse de comer y dormir:
- ¿Qué me pasa? -pensó en cierta ocasión- ¿Estaré enfermo? Estos cálculos los hacían anteayer con muchísima más rapidez que hoy.
Entonces se dio cuenta que no había pegado ojo durante días.
- ¡Maldita sea! Tendré que dormir. ¡Vaya pérdida de tiempo!
Trabajador compulsivo, nunca se tomó tiempo para ninguna diversión, como montar a caballo, o simplemente tomar el aire. «Las horas no dedicadas a pensar -decía- son una pérdida de tiempo».
Durante esos tiempos de estudiante leyó las obras del filósofo francés René Descartes, que achacaba los movimientos de los planetas del Sistema Solar a ciertos torbellinos de una materia sutil que llenaba el espacio. Newton, que disfrutaba con la polémica, se vio en la obligación de arremeter contra esa idea. Para ello tuvo que inventarse una nueva rama de la matemática, hoy imprescindible, conocida como el cálculo infinitesimal. En definitiva, las curvas que se trazan en un papel se pueden analizar como el resultado de un punto en movimiento, la punta del bolígrafo que las dibuja.
Isaac Newton

De Cambridge al cielo

Newton terminó esta labor justo cuando recibió el título de licenciado, en abril de 1665. Si hubiera publicado sus resultados se le habría conocido como el matemático más brillante de Europa, además de ser el estudiante más capaz de la historia. Pero no lo hizo. Tenía un miedo indecible a la fama: «No veo qué hay de deseable en la estima pública -escribió-. Quizá aumentaría mis relaciones, que es lo que principalmente deseo reducir». Y es que Newton no era lo que podríamos llamar un animal social. Odiaba que perturbaran su tranquilidad. Sus pocos intentos por ser social tenían pésimos resultados. En cierta ocasión decidió invitar a unos conocidos y, tras recibirlos, Newton fue a su habitación en busca de una botella de vino.
- ¿Hace cuánto se ha marchado?
- Por lo menos una hora
- Será mejor que vayamos a buscarle.
Tras recorrer las empedradas calles que les separaban de la habitación de Newton, llamaron a su puerta:
- Isaac, ¿estás ahí? -con cuidado, abrieron la puerta- ¿Isaac? ¡Isaac!
Y allí estaba, sentado ante su siempre alborotada mesa y totalmente enfrascado en sus papeles, con la botella de vino en el suelo.
Fue justo al recibir su título de licenciado cuando la Universidad de Cambridge cerraba sus puertas por miedo a algo mucho más tangible: la peste. De regreso a su casa, Newton se dedicó a la única actividad que le satisfacía: pensar. Los dieciocho meses que pasó allí fueron los más fecundos de su vida. No es para menos. Durante ese tiempo concibió todas las ideas que años después lanzaría al mundo. El resto de su vida lo pasaría desarrollándolas.

El desaliñado profesor

A los veintiséis años fue nombrado profesor de la cátedra lucasiana de matemáticas del Trinity College, una plaza que había dejado vacante el sagaz matemático Isaac Barrow -el profesor favorito de Newton- para poder estudiar teología (y que siete años después moriría de una sobredosis de opio. De este modo el peculiar Newton pasó a formar parte de la fauna y flora de la muy antigua y muy ilustre comunidad universitaria de Cambridge. Una comunidad que, dicho sea de paso, no tenía mucho de lo que podríamos decir “normal”. La población de profesores se repartía entre los que, en palabras de un satírico escritor, «pasaban su vida en una supina y regular carrera de comer, beber, dormir, y engañar a los jóvenes» y los excéntricos, como el director del Trinity, un hombre introvertido que tenía por animales de compañía a enormes arañas.
Newton no es que encajara en aquel ambiente; simplemente, se le veía por allí. Y eso sólo ocurría en raras ocasiones, pues solía trabajar hasta altas horas de la mañana, se olvidaba de comer y cuando aparecía por el comedor de la universidad sus compañeros criticaban su ropa sucia, sus zapatos sin limpiar, sus medias arrugadas, su peluca torcida y desaliñada y su pelo mal peinado. Pero el mayor defecto de Newton lo arrastraba desde joven: no sabía encajar las críticas, lo que le valió la antipatía de muchos.
Fue en su pequeña y austera habitación llena de libros y hojas manuscritas donde Newton puso los fundamentos de la mecánica, la óptica, el cálculo, la geometría y llevó a cabo cientos de experimentos alquímicos que, a la larga, influyeron negativamente en su salud. Muy de vez en cuando convocaba conferencias para explicar sus investigaciones a profesores y estudiantes, pero en más de una ocasión tuvo que volverse a su habitación porque nadie había aparecido.
Referencias:
Hall, A. R. (2010) Isaac Newton, adventurer in thought, Cambridge University Press

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