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La mayor hazaña de la NASA

Todos conocemos la famosa catástrofe del Apolo 13 camino de la Luna: el tanque de oxígeno número 2 estalló, dejando de suministrar la energía necesaria para mantener la nave. Pero no sólo fue una lucha de tres hombres; la verdadera batalla se libró a 260 000 km de distancia, en Houston.

La mayor hazaña de la NASA (Miguel Angel Sabadell)
Son las 9:08 de la noche, hora de Houston, Texas. Han pasado 2 días, 7 horas y 54 minutos desde el lanzamiento de la misión Apolo 13, el 11 de abril de 1970 a las 13:13 horas. El habitual programa de TV, enviado a la Tierra desde el módulo de mando Odisea, ha terminado. Las cadenas de televisión no han emitido ni un solo segundo. Han pasado ocho meses desde el Apolo 11 y visitar nuestro satélite ya no es noticia.
Fred Haise se dispone a cerrar la portezuela de acceso al módulo lunar, Aquarius, con el que bajarán a la superficie dentro de dos días. Ahora deben fotografiar el cometa Bennett, en estos momentos acercándose al Sol desde las profundidades del espacio. Pero antes, desde el control de la misión quieren que Jack Swigert remueva los tanques que contienen el hidrógeno y el oxígeno líquidos. A gravedad cero, estos fluidos superenfriados suelen disponerse en capas, como las finas lonchas de jamón y queso de un sándwich. Esto dificulta la lectura exacta de las cantidades existentes, por lo que deben agitarse de vez en cuando como en una coctelera.
Poco después un fuerte golpe sacude la nave. Jim Lovell, el comandante de la misión, cree que es Fred jugueteando con la válvula de la cabina de represurización. Al abrirla produce un golpe como ése, y Haise suele divertirse asustando a sus compañeros haciéndola sonar. Lovell dice: “Fred, ¿sabes qué ha sido eso?” Haise está sorprendido; él no ha tocado la ruidosa válvula. De pronto, la alarma principal suena.
Tripulación del Apolo 13

Tripulación del Apolo 13

El accidente

En el asiento izquierdo del Odisea, Jack ve, asustado, que se ha encendido la luz roja rotulada MAIN BUS B UNDERVOLT. Algo impide que llegue energía al módulo de control. Esto es muy grave. Swigert llama a Lovell y éste a Haise: él es el experto en la parte eléctrica de la nave. “Ok, Houston, tenemos un problema”, dice Lovell
  • “Aquí Houston. Repita, por favor”
  • “Houston, tenemos un problema. Tenemos un MAIN BUS B UNDERVOLT”
  • “Roger, MAIN BUS B UNDERVOLT -una pausa- Ok, espere, 13; lo estamos comprobando”
Haise ha regresado rápidamente a su sitio en el asiento derecho del Odisea. La electricidad necesaria para mantener la nave proviene de la energía liberada al mezclar el hidrógeno y el oxígeno. De esta reacción química, que abastece de agua la nave -esencial para los astronautas y aún más para la refrigeración de los circuitos-, se obtiene como subproducto electricidad. La corriente, creada en tres depósitos llamados células de combustible, circula hasta dos uniones (BUS) llamados A y B, y de allí se distribuye a la nave. El fallo del Bus B indica que la célula 3 ha muerto. Las normas de la misión especifican claramente que sin las tres células funcionando no se alunizaría. La misión ha terminado. No se posarán en la Luna.

Los problemas crecen

Mientras Haise intenta desviar toda la corriente del Bus B al Bus A otra luz roja se enciende. La célula 1 también ha dejado de funcionar. Sólo la 2 produce electricidad. Mientras tanto Lovell y Swigert tratan de enderezar la nave en vano. No deja de cabecear y de girar desde la explosión. Lovell, además, comprueba que el tanque 2 de oxígeno está vacío y el 1 está a un tercio y sigue bajando. El problema se hace más grave a medida que pasan los segundos. Jamás ninguno había visto tantos fallos simultáneos juntos. Incluso el ordenador fallaba. Ni en el diabólico simulador, durante los cientos de ensayos realizados, se habían enfrentado a algo así.
Lanzamiento del Apolo 13

En Houston, nadie en el control de la misión podía creer lo que ocurría.
  • “Me parece que estamos perdiendo un gas” -dijo Lovell al mirar por la ventanilla-.
Estaban perdiendo oxígeno. El tanque de oxígeno número 2 había estallado. Todos los fallos eran causados por esta pérdida. Las células de combustible se habían parado, dejando de suministrar la energía necesaria para mantener la nave, y sin electricidad, todos los sistemas empezaron a fallar. Lovell y su tripulación no sabían qué ocurría en el Odisea. No sabían si el tanque había estallado o si habían chocado contra un micrometeorito. Eso poco importaba: lo importante es que el Odisea se estaba muriendo y sólo era cuestión de tiempo que el último tanque de oxígeno se vaciara. Ya no era la pérdida de la Luna lo que podía preocuparles. A casi 300 000 kilómetros de la Tierra, debían luchar por su vida.

Bañados en orina

“13, tenemos mucha, mucha gente trabajando en esto. Os informaremos en cuanto tengamos algo, y seréis los primeros en saberlo”. Desde Houston intentaban darles ánimos. El Apolo 13 estaba a 260 000 km de distancia y se alejaba más cada segundo que pasaba. No podía utilizarse el motor principal porque podía estar dañado o podía explotar: nadie sabía en qué condiciones se encontraba. El único motor utilizable era el del Aquarius, diseñado para aterrizar en la Luna, pero no para guiar una nave. Lo único que podía hacerse era seguir una trayectoria de retorno libre: dar la vuelta a la Luna, encender los motores del Aquarius en el momento oportuno y ganar la velocidad suficiente para alcanzar la Tierra.
Otro problema añadido era que el Odisea pronto se convertiría en un frío ataúd. Tenían que salir de él y pasar al módulo lunar. Para ahorrar la necesaria electricidad debían apagar todos aquellos sistemas que no fueran imprescindibles para mantener la nave en funcionamiento. Esto significaba apagar el Odisea y algunos soportes vitales como la calefacción o el ‘retrete’. Los astronautas deberían combatir el frío y guardar su orina en los bolsillos interiores de los trajes, lo que suponía estar literalmente bañados en ella. Esto produjo complicaciones. Jack Swigert tenía sus pies semicongelados. Jim y Fred, por lo menos, vestían parte del calzado que iban a utilizar en la Luna. Pero Fred Haise, debido a la orina, cogió una infección.
Apolo 13

La vuelta a casa, un trabajo en equipo

Mientras tanto, en Houston todo el mundo trabajaba frenéticamente. Desde el momento del accidente nadie había descansado. Todo el personal técnico de la NASA debía diseñar una nueva misión en un tiempo récord. El trabajo de varios meses tenía hacerse en menos de tres días, con una nave mortalmente herida y a miles de kilómetros de distancia. ¿Resistiría el motor del módulo lunar el tiempo necesario para impulsarles en una órbita con dirección a casa? ¿Podrían corregir la trayectoria para entrar en la atmósfera terrestre con el ángulo correcto? ¿Funcionaría el Odisea después de estar apagado durante cuatro días y sometido al intenso frío del espacio? ¿Estarían dañados los escudos térmicos que deberían protegerles en la reentrada?

El momento crítico de la reentrada

A las 9 de la mañana del viernes 17 de Abril, Haise y Swigert se enfrentan en el interior del Odisea al momento de la verdad. A menos de dos horas y media de entrar en la atmósfera terrestre, era hora de que el módulo de mando volviera a la vida. Sabían que los sistemas habían permanecido expuestos a temperaturas increíblemente bajas y nadie sabía si el sistema de navegación era capaz de volver a funcionar. Según los manuales técnicos, no lo haría. El siguiente paso para poder entrar en la atmósfera era desprenderse del módulo lunar, su bote salvavidas durante la travesía. “Adiós, Aquarius; te damos las gracias” fueron las palabras que se escucharon desde Houston.
A las 11:43, a siete minutos de la reentrada, se les informa que el sistema de guiado del Odisea funciona perfectamente. En el control de misión no queda más que esperar. Esperar que la explosión no hubiese dañado el escudo térmico, que se liberaran los paracaídas y que éstos no estuvieran rasgados. Durante la reentrada se perdería la comunicación durante unos minutos.
  • “Odisea, Houston. Estamos esperando”
Tras angustiosos momentos de espera, por fin la voz de Swigert: “Ok, Joe”. El escudo térmico había resistido, pero ¿y los paracaídas? Todo el mundo contenía el aliento ante el televisor. ¡Por fin! Allí estaba: un pequeño cono oscuro colgando de tres hermosos paracaídas anaranjados.
Apolo 13 y la Luna

En Houston la fiesta estalló: gritos, abrazos, lloros. Los aplausos atronaron en la sala de control. Todos se estrechaban la mano y encendían puros.
  • Señores -dijo Jim Lovell- prepárense para un aterrizaje duro.
Segundos después el Odisea caía sobre un océano Pacífico en calma. Estados Unidos tenía nuevos héroes, y a su presidente, Richard Nixon, le gustaban los héroes.
Mucho se ha hablado de héroes solitarios como Charles Lindbergh, el primer hombre que cruzó solo el Atlántico en avión, pero el tremendo esfuerzo realizado por cientos de pequeños e insignificantes técnicos, hombres y mujeres, queda lastimosamente relegado al olvido. Cuatro días sin dormir intentando hacer flotar una barca llena de agujeros. Nadie recordará a quien solucionó el problema del dióxido de carbono, ni al grupo que proyectó el módulo lunar, que cumplió a la perfección misiones para las que no estaba diseñado. No hay una cara a la que asociar el triunfo. Traer de vuelta a la Tierra el Apolo 13 fue un triunfo de la técnica y de la ciencia, y el mayor momento de gloria para la NASA.

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