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El mago que detuvo una revolución

Robert Houdin fue el mago más famoso del mundo de mediados del siglo XIX, y fue el primero en incorporar los avances científicos a sus espectáculos. Gracias a ello y a s u buen hacer mágico fue capaz de detener una revolución en Argelia.

El mago que detuvo una revolución (Miguel Angel Sabadell)
Para muchas personas la magia no es nada más –y nada menos– que habilidad y rapidez de reflejos. Sin embargo, el arte de la ilusión es en un 95% psicología aplicada. La técnica básica consiste en desviar la atención del observador de modo que no perciba el movimiento tramposo. En ilusionismo se la conoce con el nombre de misdirection. Sin ella y sin la presentación, sin la atmósfera mágica, el juego no tiene sentido. Aunque a veces la suerte tiene una importancia vital y ante todos sucede el milagro.
Eso le ocurrió al gran mago francés del siglo XIX y protagonista de nuestra historia, Jean-Eugène Robert-Houdin (el famoso mago Houdini derivó su nombre artístico de él). Había sido invitado a actuar ante el Papa y entre los invitados había un obispo que estaba muy orgulloso de su reloj, según él único en el mundo. Robert-Houdin era relojero y siempre que visitaba una nueva ciudad recorría todas sus relojerías. En una de ellas un joven noble italiano acababa de vender un reloj que era idéntico al del obispo. Sin pensárselo dos veces, Houdin lo compró.
Jean-Eugène Robert-Houdin

Jean-Eugène Robert-Houdin

El efecto del reloj destruido y recompuesto

El día de la función todo estaba preparado. Antes de empezar, Houdin deslizó el reloj que había comprado en el bolsillo del Papa. Después de unos juegos, pidió prestado el reloj al obispo, tras hacerle decir repetidas veces que era único en el mundo. Y, ante el asombro de todos, lo destrozó. Mediante un pase mágico lo hizo desaparecer y dijo: "Por favor Su Santidad. ¿Quiere hacer el favor de mirar en su bolsillo?" Atónito, su mano cogió el reloj único del obispo, intacto. La audiencia, asombrada, no pudo por más que maravillarse. Así era Houdin.
Curiosamente, la ciencia y la tecnología estaban permanentemente presentes en su espectáculo. Fue uno de los primeros magos en usar el electromagnetismo cuando aún no era conocido por el público. En su efecto El cofre pesado y ligero, invitaba a un espectador a levantar una pequeña caja de madera donde decía tener guardado su dinero. El espectador lo hacía con facilidad. Pero a una orden del mago la caja se volvía extremadamente pesada para que no pudiera ser robada, y el pobre voluntario, por mucho empeño que pusiera, no la podía mover. Como podemos imaginar, todo el efecto residía en una plancha de metal escondida dentro del cofre y un electroimán bajo el escenario. La fama de Houdin por toda Europa era inmensa. Y eso iba a tener consecuencias imprevisibles.

Magia y revolución

En 1856 una serie de revueltas en Argelia estaban poniendo en jaque al gobierno francés: un grupo de morabitos -nombre que se usa en el Magreb para definir a una persona considerada especialmente pía a la que se atribuye cierta santidad- habían sublevado al pueblo musulmán, sobre todo en Cabilia, una región montañosa del norte. El conflicto era peligroso pues los morabitos habían convencido a sus compatriotas de que poseían poderes sobrenaturales y, por tanto, la victoria estaba asegurada. Haciendo gala de una gran imaginación, el gobierno francés envió al mago Robert Houdin para desacreditarlos. Él era su último recurso.
Su misión comenzó con un espectáculo informal en el Teatro Bab Azoun de Argelia, donde daba funciones dos veces por semana. Allí repitió el truco del electroimán pero en lugar de hacerlo como un divertimento, lo presentó como puro poder paranormal. En una de sus actuaciones ante una de las tribus invitadas al espectáculo pidió que subiera el hombre más fuerte de los presentes. “¿Eres fuerte?”, le preguntó a un árabe. “Sí”, contestó. “Pues voy a robarte tu fuerza y te volverás como un niño”. Houdin le retó a levantar la caja y el árabe lo hizo sin problemas. “¿Esto es todo?” preguntó el árabe. “¡Espera!” respondió Houdin. Hizo unos pases mágicos y le dijo: “¡Venga! Ahora eres más débil que una mujer. Intenta levantarla”. Con el electroimán encendido, el fornido árabe no pudo alzarla ni un centímetro. Exhausto y enrojecido, volvió a intentarlo pero a una señal del francés una descarga eléctrica recorrió su cuerpo, envuelto en fuertes espasmos. “¡‘Allah, ‘Allah!” gritó lleno de miedo y salió corriendo del teatro.

La bala atrapada

François-Édouard de Neveu, jefe de la oficina política en Argel, le pidió que desacreditara otro de los trucos morabitos, el clásico de la bala atrapada. Los rebeldes lo usaban para demostrar que las armas de fuego no les hacían daño. Houdin así lo hizo. Un día, en la casa de Bou-Allem, jefe de una tribu del interior del país, un morabito le retó a probar su invulnerabilidad. Houdin le dijo que era gracias a cierto talismán que se había dejado en Argel, pero si le dejaba rezar 6 horas lo haría sin él. Quedaron a la mañana siguiente.
Casa de Houdin

Casa de Houdin

El morabito sacó dos pistolas y pidió disparar primero. Houdin protestó, pero accedió. El musulmán cargó las pistolas con pólvora, sacó un puñado de balas y pidió que escogiese dos. El morabito, que había vigilado cuidadosamente cómo el mago cargaba las armas, estaba seguro de la muerte de Houdin. Apuntó escrupulosamente y disparó. Con una sonrisa el francés mostró la bala atrapada entre los dientes. Houdin tomó entonces su pistola y dijo: "Tú no puedes hacerme daño, pero mi habilidad es más peligrosa que la tuya; ¡mira!". Disparó contra una pared. La cal saltó y en el lugar del impacto una gota de sangre resbaló hacia el suelo. Los musulmanes, convencidos de que Houdin era más poderoso que los morabitos, abandonaron las armas y la revuelta se terminó.

¿Milagro?

No, ilusionismo. Y como todo, en ilusionismo la solución siempre es increíblemente sencilla. Houdin había preparado unas balas falsas hechas de cera y frotadas en grafito. En su interior hueco había depositado una gota de sangre extraída de su pulgar. Mediante un pase cambió las balas verdaderas por las falsas. Al introducir la bala dirigida a él la rompió con la baqueta y en el disparo sólo se oyó el estallido de la pólvora. La otra bala la introdujo con cuidado para no romperla y, al impactar en la pared liberó la sangre que contenía.
Referencias:
Robert-Houdin, J-E. (2006) Comment on devient sorcier. Une vie d'artiste. L'art de gagner à tous les jeux. Magie de physique amusante. Le prieuré, éditions Omnibus

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