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La triste historia del descubrimiento de Neptuno

El descubrimiento del planeta Neptuno es una muestra palmaria y patente de la dimensión humana de la ciencia, con sus momentos gloriosos, sus momentos míseros y sus despropósitos.

La triste historia del descubrimiento de Neptuno (Miguel Angel Sabadell)
Neptuno se descubrió oficialmente en la noche del 23 al 24 de septiembre de 1846. Sin embargo, los astrónomos sospechaban desde bastante antes de su existencia porque Urano, el planeta que se encuentra justa antes que él, sufría unas incomprensibles desviaciones en su órbita cuya explicación más razonable era que se debían a un planeta situado detrás que tirase gravitacionalmente de él.
En 1843 un joven y brillante matemático, John Couch Adams -que acababa de cumplir 22 años- decidió como meta de su vida encontrar el desconocido planeta. Adams usó todos sus conocimientos de matemáticas para, mediante las leyes de la mecánica celeste, calcular las posiciones probables del planeta en cuestión. Para sus cálculos necesitaba ciertos datos observacionales y se los pidió al director del observatorio de Cambridge. Éste remitió su ruego a Sir George Airy, Astrónomo Real y un hombre, todo hay que decirlo, bastante egoísta y mezquino.
John Couch Adams

John Couch Adams

Mala suerte

Airy contestó que debía ser Adams quien le informara personalmente y éste intentó hacerlo. La primera vez que fue a verlo, Airy estaba en Francia. La segunda vez le dejó el recado a su esposa, que estaba a pocos días de dar a luz y la pobre mujer se olvidó. Al rato Adams volvió a pasar por la casa de Airy, pero esta vez el mayordomo le dijo que estaba cenando y que no se le podía molestar. El pobre Adams, airado, se fue.
A pesar de todo Airy tenía los cálculos de Adams, y no le gustaron. Primero, porque Adams, hijo de un campesino, carecía de posición social; y segundo, porque creía que eso de predecir matemáticamente y luego comprobar la predicción no era de recibo: las cosas había que hacerlas al revés. Con todo, pasó las predicciones de Adams a un astrónomo aficionado que no pudo buscarlo porque estaba en cama con un tobillo torcido. Mientras tanto, Neptuno se paseaba por el cielo casi en la misma posición que había calculado Adams.

Francia entra en el juego

Dos años después, en 1845, el francés Jean Joseph Leverrier presentaba en la Academia de Ciencias francesa unos cálculos donde demostraba que las perturbaciones que se observaban en la órbita de Urano podían ser debidas a un planeta todavía no descubierto. Además decía dónde podía encontrarse en el cielo: sus cálculos eran prácticamente idénticos a los de Adams. Y lo mismo que sucedió en Inglaterra, ningún astrónomo francés buscó el planeta.
Cuando Airy se enteró de los cálculos de Leverrier se puso muy nervioso. Con mala idea comentó a diversos astrónomos ingleses las ideas el francés, pero no mencionó para nada a Adams. Por supuesto, Airy no dijo nada a Adams de lo que se estaba cociendo en Francia.
George Biddell Airy

George Biddell Airy

Incitado por un colega, Airy pidió a un conocido astrónomo inglés James Challis que empezara a buscar el posible planeta. Pero Challis, en lugar de apuntar donde decían Adams y Leverrier, se dedicó a buscarlo por el cielo como quien busca una aguja en un pajar. Mientras, Adams había afinado sus cálculos y se los había enviado nuevamente a Airy que, evidentemente, los mandó al cubo de la basura. Adams, al no recibir respuesta, decidió presentar sus resultados en una reunión de la Asociación Británica para el Progreso de la Ciencia, pero cuando llegó la sesión dedicada a la astronomía había terminado. No pudo convencer a nadie de que buscaran el planeta donde él decía.

Ni Francia ni Inglaterra, Alemania

Lo mismo le sucedía a Leverrier en Francia: nadie le hacía caso. Entonces decidió enviar sus cálculos al ayudante del director del observatorio de Berlín, Johann Galle. El 23 de septiembre de 1846, el mismo día que recibió la carta de Leverrier, Galle y un estudiante que trabajaba en el observatorio, Heinrich d'Arrest, apuntaron al lugar que decía el francés y en menos de una hora habían encontrado el planeta a menos de un grado de la posición predicha por Leverrier. Eran poco más de la medianoche.
Neptuno

NeptunoNASA

Johann Galle propuso que el nuevo planeta se llamase Jano, mientras que Leverrier propuso el nombre del Neptuno, que fue al final el que se impuso. Mientras, en Inglaterra Airy no ocultó su antipatía por Adams cuando escribió a Leverrier diciéndole: «Ha de ser usted reconocido, más allá de toda duda, como quien predijo la posición el planeta». De este modo Airy, que conocía perfectamente el trabajo de Adams y que sabía que era anterior al del astrónomo francés, suprimía de un plumazo cualquier aspiración de gloria del pobre matemático inglés. Sin embargo, otro astrónomo muy famoso, John Herschel, escribió un artículo aupando a Adams como verdadero descubridor. Y como siempre suele suceder en estas cosas, esta discusión acabó por convertirse en una cuestión patriótica. Los agrios enfrentamientos entre franceses e ingleses no salpicaron a los dos descubridores, Leverrier y Adams, que se conocieron en una reunión organizada por Herschel y se hicieron amigos.
Así que, ¿quién fue el descubridor de Neptuno? Pues ninguno de los protagonistas de esta historia. ¿Y eso? Porque el 28 de diciembre de 1612, 234 años antes, Galileo lo había observado mientras observaba Júpiter y sus lunas. Galileo lo confundió con una estrella y un mes más tarde se dio cuenta de que esa estrella se había movido. Como no se le ocurrió que podía tratarse de un planeta que no podía verse a simple vista, no se creyó sus propias observaciones y creyó que se había equivocado.
Referencias:
Chapman, A. (1988). Private research and public duty: George Biddell Airy and the search for Neptune, Journal for the History of Astronomy. 19 (2): 121–139. doi:10.1177/002182868801900204
Rawlins, Dennis (1992). The Neptune Conspiracy, The International Journal of Scientific History. 2 (3): 115–142
Sheehan, W.; Thurber, S. (2007). John Couch Adams's Asperger syndrome and the British non-discovery of Neptune. Notes and Records of the Royal Society. 61 (3): 285–299

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