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El cáncer, la guerra química y el origen de la quimioterapia

La lucha contra el cáncer tiene su gran arma en la búsqueda de sustancias capaces de destruir, o al menos retrasar, el avance de los tumores. Una búsqueda que comenzó a finales del siglo XIX y tuvo su gran éxito gracias a la II Guerra Mundial.

El cáncer, la guerra química y el origen de la quimioterapia (Miguel Angel Sabadell)
Paul Ehrlich era un joven médico que se había doctorado en la universidad de Estrasburgo con el tema de la tinción de células con colorantes a finales del siglo XIX. Al regresar de Egipto, donde había marchado para curar una tuberculosis que había contraído al investigar con este germen, empezó a trabajar con Emil von Behring, el descubridor de los anticuerpos. De esta asociación salió la teoría que explica el mecanismo de funcionamiento de estas sustancias presentes en el cuerpo humano y que nos defienden de las enfermedades. Y no sólo eso. En 1892 obtuvieron una antitoxina contra la difteria. Esto es, un suero con anticuerpos que neutralizaban la toxina de la difteria.

En busca del medicamento perfecto

El gobierno alemán, impresionado, creó un instituto para el desarrollo de nuevos sueros y puso a Ehrlich al mando. Sin embargo, su meta no era elaborar tratamientos con suero sino encontrar sustancias químicas que ayudaran al cuerpo a combatir las enfermedades. Apoyado por un ejército de ayudantes se dedicó a experimentar, año tras año y sin descanso, en busca de una bala mágica que destruyera el germen sin dañar el cuerpo. En el instituto probaron sustancia tras sustancia sin ningún éxito. Cuando llegaron a la 606, el arsenobenceno, tenían alguna esperanza de que sirviera para algo. Desgraciadamente, el encargado de estudiar sus posibles efectos en los animales informó que no servía para nada. En 1908 Ehrlich recibía el premio Nobel por su contribución a la sueroterapia. Si hubieran esperado un par de años más, el comité Nobel se lo hubiera dado por algo muchísimo más importante.
Paul Ehrlich y Sahachiro Hata

Paul Ehrlich y Sahachiro Hata

Dos años después de recibir el premio un becario postdoctoral japonés, Sahachiro Hata, acababa de llegar al laboratorio. Con el fin de familiarizarse con las técnicas de investigación del instituto se dedicó a repetir ensayos ya realizados en el laboratorio. Cual no sería su sorpresa cuando descubrió que la desechada sustancia 606 mataba la espiroqueta causante de la sífilis. Ehrlich, tras comprobar minuciosamente los resultados obtenidos por Hata, la patentó y la introdujo en el mercado. 
El compuesto 606 pasó a llamarse Salvarsan y fue la primera gran victoria de la llamada quimioterapia. Así, el 9 de marzo de 1911 la revista The New England Journal of Medicine publicaba un artículo sobre del empleo de Salvarsán en un paciente con pénfigo crónico, una enfermedad autoinmune que ataca las células de la piel provocando ampollas y úlceras cutáneas. Una semana después, un capitán médico, Harold Jones, dio a conocer la administración de Salvarsan a veinte soldados diagnosticados de sífilis en el Walter Reed General Hospital. En la comunicación se daban los nombres de los soldados, algo impensable hoy día, pero que no estaba mal considerado hace un siglo.

El efecto Krumbhaar

El gas mostaza fue uno de los agentes químicos contra los que tuvieron que luchar los soldados de ambos bandos durante la I Guerra Mundial, la Gran Guerra. Curiosamente su nombre induce a error pues el gas mostaza es, en realidad, un líquido. Se le llamaba gas porque se usaba utilizando explosivos que lo vaporizaban y dispersaban para poder afectar a una mayor cantidad de terreno. Recibe ese nombre por su fuerte olor a mostaza o ajo quemado. Exponerte al gas mostaza supone quemaduras químicas en la piel, ojos y el interior de los pulmones, lo que lleva a la muerte si no se saca al afectado de la zona donde está el gas.
En la noche del 12 de julio de 1917 los alemanes bombardearon con obuses de gas mostaza a las tropas británicas acantonadas cerca de Ypres, en Bélgica. La nube de gas se dispersó tan rápidamente que muchos soldados murieron mientras dormían. El balance fue más de 2000 soldados heridos o muertos por los efectos del gas.
Al finalizar la guerra los patólogos Edward Bell Krumbhaar y su mujer Helen Dixon Krumbhaar estudiaron a los supervivientes y descubrieron algo extraño: en muchos de ellos había desaparecido su médula ósea, ese tejido esponjoso que se encuentra en el interior de algunos de nuestros huesos y que entre sus funciones esta la creación de los glóbulos rojos y blancos y las plaquetas. Al carecer de médula ósea los supervivientes tenían anemia constante y un simple catarro podía ser mortal. El único tratamiento era era recibir donaciones periódicas de sangre compatible. A este síntoma sus descubridores lo llamaron efecto Krumbhaar, pero no despertó ningún interés más allá de afianzar la convicción de que era mejor mantener fuera del frente a los agentes químicos. Así, durante la II Guerra Mundial el temor era tan grande que, a pesar de la crudeza de los combates y de las duras derrotas, nadie se atrevió a utilizarlo, aunque todos lo tuvieron cerca del frente por si el enemigo lo utilizaba primero. Sin embargo, fue una exposición casual de las tropas al gas mostaza quien marcó un punto decisivo en la lucha contra el cáncer.

Un accidente químico

Todo sucedió cuando el 2 de diciembre de 1943 los bombarderos alemanes atacaron a varios buques estadounidenses amarrados en un puerto cerca de Bari. La desgracia se cebó con aquella ciudad del sur de Italia porque uno de los buques americanos llevaba un cargamento secreto de gas mostaza. El venenoso líquido se esparció por el agua a la vez que muchos marineros, temiendo por su vida, se lanzaron a ella. Lo peor fue que la nube tóxica llegó al puerto de Bari, afectando a su población. Fue un desastre que supuso la muerte de más de un millar de civiles, además de la vergüenza de los países aliados por transportar un agente químico que supuestamente no deberían utilizar.
Soldados quimioterapia

Soldados

Temiendo que otros países, al final, decidiera usar agentes químicos en la guerra, la Office of Scientific Research and Development -creada para coordinar toda investigación científica militar durante la II Guerra Mundial- encargó a Louis Goodman y Alfred Gilman, que estudiaran el gas mostaza. Y redescubrieron el efecto Krumbhaar. Pero no se quedaron ahí, pues pensaron que podría ser un posible tratamiento para algunas leucemias que se caracterizan por una sobreproducción de glóbulos blancos. Debido a la alta toxicidad del gas mostaza, que contiene azufre, probaron en pacientes leucémicos mostazas nitrogenadas, donde la posición del azufre es ocupada por el nitrógeno. El primer paciente tratado con estas mostazas nitrogenadas presentó espectaculares avances en 48 horas y al décimo día había desaparecido totalmente la masa del linfoma.
Muchas variantes de las mostazas nitrogenadas y de azufre que se habían desarrollado como armas químicas se probaron como sustancias anticancerígenas, y aunque ninguna curó ningún tipo de cáncer humano, sus efectos retardando el tumor ofrecieron una nueva arma en la lucha contra el cáncer: la quimioterapia.
Referencias:
Jones, H.W. (1911) Report of a series of cases of syphilis treated by Ehrlich’ arsenobenzol at Walter Reed General Hospital. District of Columbia. Boston Med Surg J 164: 381-3
Christakis, P. (2011) The birth of chemotherapy at Yale. Bicentennial lecture series: Surgery Grand Round, The Yale Journal of Biology and Medicine. 84 (2): 169–72

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