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¿Quiénes eran los celtas? Lee en exclusiva un capítulo del libro 'Celtas. Guerreros, artistas y druidas'

Con motivo de la publicación del libro 'Celtas. Guerreros, artistas y druidas', recientemente publicado por la editorial Pinolia y coordinado por Gonzalo Ruiz Zapatero, te descubrimos en exclusiva uno de sus capítulos.

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Vercingétorix arroja sus armas a los pies de Julio César (1899), por Lionel Royer, representa la rendición de líder galo tras la batalla de Alesia (52 a. C.).

Los celtas eran pueblos que habitaban el Occidente de Europa en la Antigüedad, desde Irlanda y Galicia hasta la lejana Galacia, en la actual Turquía, y desde Escocia hasta el norte de Italia y gran parte de la península ibérica. Por ello son una de las raíces étnicas y culturales de Europa, cuyas tradiciones han conservado ritos y leyendas e incluso topónimos como el de Céltigos de algunos lugares de Galicia.
Los celtas son tan populares que se utilizan como marketing de muy diversos productos, como tabaco, leche, clubes deportivos y grupos musicales. Este interés arranca de la «celtomanía» romántica de los siglos xviii y xix. Sin embargo, «celta» es un concepto complejo, pues incluye lengua, cultura material —como viviendas, trajes, instrumentos y armas—, economía y sociedad, estructura política, religión y arte, reflejado en su iconografía y en su imaginativa literatura. Estos elementos ofrecen diferencias regionales y cambios a lo largo del tiempo en un largo proceso de etnogénesis, por lo que su estudio exige aunar datos arqueológicos, lingüísticos y antropológicos.

Los celtas son tan populares que se utilizan como marketing de muy diversos productos

Un problema complejo

Nuestro conocimiento de los celtas arranca de los historiadores griegos y romanos, cuya visión ha perdurado hasta el siglo XX. Otra vía es la lengua y la literatura celtas, estudiadas desde el siglo xviii al haberse conservado en Irlanda y en otras zonas de Europa Occidental, conocimiento que completan la toponimia y los hallazgos epigráficos. Sin embargo, la arqueología en el siglo XIX identificó como celtas las culturas centroeuropeas de Hallstatt y de La Tène por la semejanza de las necrópolis de Europa Central con las del Valle del Po, atribuidas a las invasiones celtas narradas por los autores clásicos, lo que llevó a considerar que los celtas procedían de Europa Central. Este hecho creó confusión, pues los celtas de Hispania, documentados por la lingüística y los autores griegos y romanos, son de cultura distinta de las de Hallstatt y La Tène, lo que exigía explicar su origen de otra manera. Ello se ha logrado en estos años con la genética y el ADN, que han aclarado el origen y antigüedad de los celtas y su relación con otros pueblos indoeuropeos.
Griegos y romanos denominaban Keltoi, Celtae o Galatae a pueblos bárbaros que habitaban en el Occidente de Europa y que, en su expansión durante los siglos V al III a. C., invadieron Italia y Grecia y llegaron a Turquía. Los focenses fueron los primeros griegos en contacto con ellos en Hispania, pues ya aparecen noticias del siglo vi a. C. en la Ora maritima de Avieno (I, 185 s., 485 s.) y en el siglo v a. C. Herodoto (II, 33; IV,49), el «padre de la Historia», señala que vivían donde nace el Danubio y más allá de las Columnas de Heracles. También ofrecen noticias de ellos Éforo, Jenofonte, Platón, Aristóteles, Polibio, Posidonios, César, Estrabón, Diodoro de Sicilia, Tito Livio, Trogo Pompeio, Plinio el Viejo, Tácito, Avieno y otros autores.
La visión greco-romana de pueblo bárbaro pasó a los humanistas del Renacimiento y de la Ilustración y a los estudios del Romanticismo. En 1582, George Buchanan defendía, en su Rerum Scoticarum Historia, que Britones y Escotos descendían de los Galos y en 1707, Eduard Lhuyd, en su Archaeologia Britannica, consideró a los celtas descendientes de Jafet, un hijo de Noé, por lo que habrían sido los primeros pobladores de Europa y los constructores de los megalitos. El creciente interés que suscitaban dio lugar a una «celtomanía» popular y atractiva, cultivada por visiones románticas y nacionalistas en Irlanda, Escocia, Bretaña y Galicia, en parte aún vigentes, con reacciones contrarias que llegaron a negar la existencia de los celtas, un pueblo tan real como los griegos, romanos o germanos, como confirman los recientes estudios arqueológicos, lingüísticos y genéticos.

La visión greco-romana de pueblo bárbaro pasó a los humanistas del Renacimiento y de la Ilustración y a los estudios del Romanticismo

«Celta» es un concepto étnico, como lo entendían griegos y romanos, buenos conocedores de pueblos, que los identificaban por su lengua, su cultura y sus costumbres. Este hecho exige comprender que una etnia es un sistema social conformado por la cultura material y la tecnología, la lengua, las características genéticas y las formas de vida, la organización social y la religión, conjunto de elementos que diferencian unos pueblos de otros. Los celtas conformaron su personalidad en un largo proceso de evolución en las extensas zonas que habitaron. Su lengua, costumbres e ideas tenían un origen común, que los diferenciaba de otros pueblos, pero con variaciones de unos lugares a otros, ya que ningún pueblo es homogéneo, cerrado y estable, como creían los nacionalistas del siglo xix por razones políticas.
Aunque los arqueólogos desde el siglo XIX pensaban que los celtas procedían de Europa Central, ya vivían en Irlanda y en la península ibérica en la Edad del Bronce, por lo que su origen remonta a la Cultura Campaniforme del III milenio a. C. La clave es conocer el proceso formativo de los celtas para saber cuándo se separaron del tronco indoeuropeo, información que han aclarado recientes estudios genéticos y lingüísticos. Es un problema complejo, pues frente a las antiguas ideas de «invasión» intervienen factores demográficos, sociales e ideológicos.

Dos grandes familias

En Europa, la expansión de los pueblos indoeuropeos ha conformado su historia hasta la actualidad. Los análisis de ADN indican que los pastores guerreros indoeuropeos de la Cultura de Yamna o de los kurganes —desarrollada en las estepas de Ucrania a partir del 4500 a. C.—, portaban los haplogrupos R1a y R1b del cromosoma Y, que constituyen la base genética de la población europea. El haplogrupo R1a, extendido por Europa Oriental, corresponde a los pueblos balto-eslavos y daco-tracios, mientras que el R1b se extendió por Europa Nórdica a través de la Cultura de la Cerámica de Cuerdas, y de ella pasó a la Cultura Campaniforme de Europa Occidental.
Hacia el 2500 a. C. la Cultura Campaniforme se había extendido desde Europa Central hasta el Atlántico y la península ibérica. Estas gentes pueden ser consideradas «proto-celtas», pues de ellas proceden los pueblos celtas del i milenio a. C., con su cultura, lengua y mitología, en un proceso formativo similar al de griegos, germanos, latinos y otros pueblos indoeuropeos. Por sus características, se suelen diferenciar dos grandes familias: los celtas continentales y los celtas atlánticos, que incluyen todos los pueblos celtas citados por los historiadores griegos y romanos. Eran pueblos guerreros, dirigidos por reyes y jefes carismáticos, como evidencia su armamento, sus ajuares de banquete y sus cantos épicos, con héroes como el irlandés Cuchulain, comparable al griego Aquiles.

Celtas Continentales

Los celtas continentales, extendidos desde Francia hasta Bohemia, desarrollan durante la Edad del Bronce, en el II milenio a. C., la Cultura de los Túmulos, por enterrarse en cámaras cubiertas por estructuras tumulares. Le sucede la Cultura de los Campos de Urnas (1300-800 a. C.) —en la que se generaliza el rito de cremación del cadáver—, que se extendió desde Hungría y los Balcanes hasta el sur de Francia y el norte de Italia, donde fue el origen de los leponcios y ligures, y llegó al noreste de la península ibérica, gentes de las que proceden los celtíberos.
Hacia 800 a. C., influjos traco-escitas de las estepas y la adopción del hierro caracterizan la Cultura de Hallstatt (800-450 a. C.). Esta se extendió desde Bohemia hasta el este de Francia, con jefes aristocráticos ecuestres que en el siglo vi a. C. —por influjos del Mediterráneo—, dan lugar a pequeños reinos, cuyos reyes se enterraban en grandes túmulos, hasta que tuvo lugar una crisis generalizada en la que caen las monarquías de Grecia, Roma, Etruria y Tartessos, que desapareció de la Historia.
De esta crisis surge la Cultura de La Tène (450-50 a. C.), caracterizada por su estructura clientelar guerrera y el uso generalizado del hierro en armas e instrumentos, semejantes a los utilizados hasta la mecanización del campo, con amplio desarrollo del artesanado en carpintería, cerámica, cueros, bronce, vidrio, etc. La Tène representa la última fase de la cultura celta que corresponde a los galos históricos hasta desaparecer con la romanización. A fines del siglo V a. C., la presión demográfica propició importantes movimientos migratorios, conocidos como «invasiones celtas», que saquearon Roma el 387 a. C. y Grecia el 279 a. C., tras lo que se asentaron en la Galacia y en el norte de Italia, que pasó a ser la Galia Cisalpia, con tumbas y ajuares semejantes a los de Europa Central.
En el siglo II a. C. decrecen las migraciones y se desarrollan la población, la agricultura, el artesanado y el comercio con el Mediterráneo. Este desarrollo facilitó la aparición de núcleos urbanos, denominados oppida, desde los Cárpatos hasta el Atlántico. Eran poblaciones fortificadas de hasta 600 ha, de urbanismo irregular con casas con sus huertos, que constituían el centro económico, comercial, administrativo y de producción artesanal de cada tribu, con su propia moneda y sus santuarios y dioses. Estos son los celtas conocidos por el sabio Poseidonios (c. 135 a. C.- 51 a. C.) y Julio César en su Guerra de las Galias (58-51 a. C.), tras la que los celtas continentales desaparecen absorbidos por la romanización.

En el siglo II a. C. decrecen las migraciones y se desarrollan la población, la agricultura, el artesanado y el comercio con el Mediterráneo

Celtas Atlánticos

Frente a los celtas continentales, los celtas atlánticos incluyen a los goidélicos de Irlanda y a los britones en Gran Bretaña, que pasaron a Bretaña a la caída del Imperio romano, cuyas lenguas aún perduran. Con ellos se podrían relacionar los «proto-celtas» de la península ibérica de época campaniforme, probablemente relacionados con los Lusitanos, aunque estos parecen derivar de una arcaica rama celto-itálica cuya llegada es todavía difícil explicar.
Los celtas atlánticos eran de cultura predominantemente pastoril y desarrollaron contactos marítimos hasta el I milenio a. C., con intercambios de objetos de oro y bronce, que en ocasiones depositaban ritualmente. Su carácter guerrero lo evidencian armas de bronce y objetos de banquete para pactos de hospitalidad que facilitaban las relaciones en aquella sociedad. Los textos irlandeses narran cómo formaban pequeños reinos dedicados a la ganadería y a raziar a sus vecinos. Irlanda, cristianizada en el siglo v por san Patricio, desarrolló un rico arte derivado del de La Tène y una imaginativa literatura épica y mítica, hasta que la isla fue conquistada por los vikingos a partir del siglo IX d. C. También tenían grandes santuarios astronómicos en las islas británicas desde época megalítica, como el de Stonehenge, que servían para fijar el calendario y que evidencian los conocimientos astronómicos de los druidas celtas, admirados por los historiadores griegos y romanos, y una imaginativa literatura de la que proceden los libros de caballería.

Los Celtas y Roma

Los celtas fueron el mayor enemigo de Roma en toda su historia y el único pueblo que llegó a conquistarla en el 387 a. C. Pero tras la conquista de Hispania y del norte de Italia, seguida de la de las Galias por César, los celtas continentales se romanizan y desaparecen de la historia. Tras la conquista de Inglaterra por Claudio el 43 d. C., la cultura celta solo se mantuvo en Escocia e Irlanda hasta la llegada de los vikingos en el siglo IX d. C.
Los celtas han dejado fama de terribles guerreros, pero también un atractivo arte, de gran personalidad por su belleza abstracta, como atraen su religión y la sabiduría de los druidas. Su literatura, creada y transmitida oralmente por sus bardos, ha dado origen a todas las literaturas de Europa Occidental, incluidas las españolas, del mismo modo que mitos y ritos celtas se han conservado en el folklore y en leyendas de Irlanda, Escocia, Gales, Bretaña, pero también de muchas regiones de Francia y España, desde Galicia a las tierras de la antigua Celtiberia, por lo que los celtas, a veces considerados un pueblo bárbaro y mal conocido, constituyen una de las principales raíces étnicas y culturales de Europa.

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