VOLKER STEGER PDF Imprimir E-mail

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Espía a las moscas y cucarachas en sus momentos íntimos, las hace pasar hambre y sed, las anestesia con éter, las congela, las aplasta contra el parabrisas del coche... Cualquiera diría que Volker Steger detesta a los bichos, pero no es así. Este fotógrafo alemán se dedica a captar en el microscopio el mundo privado de los insectos y ácaros, unos seres fascinantes muy útiles para la investigación forense y otros campos de la ciencia. El resultado de su trabajo puede verse en el libro Buzz. The intimate bond between humans and insects (“Zumbido. El vínculo íntimo entre humanos e insectos”).

–¿Por qué decidió dedicarse a los insectos?
–Son seres horribles y fabulosos que nos rodean por todas partes e influyen en nuestra vida de mil formas. ¡Ellos rigen el planeta! Y me gusta su diseño modular. Todos los insectos derivan de un modelo básico. La asombrosa diversidad de los bichos modernos es el resultado de la modificación de ese primer prototipo a lo largo de millones de años.

–¿Cómo funciona el microscopio electrónico de barrido (SEM) con el que hace las fotos?
–Es un artefacto muy grande con una cámara de vacío donde se coloca el objeto a fotografiar, un haz de electrones y un ordenador. El haz barre la superficie del objeto y el ordenador lo convierte en una imagen en blanco y negro.

–¿De dónde saca las muestras?
–Hay bichos por todos lados pero no los que yo necesito. La mayoría los he cazado sobre el parabrisas de mi coche en movimiento; otros los he obtenido de una empresa farmacéutica, una compañía de pesticidas, un zoológico, la universidad, un circo de pulgas, la policía de Baviera, un perro muerto o la pierna en estado de descomposición de un diabético. No es fácil coger un insecto aplastado contra el parabrisas sin desmembrar su cadáver. Lo mejor es pegar en el cristal una lámina transparente de plástico adhesivo. ¡Y no conducir a más de 70 km/h para que las moscas no se destrocen!

–¿Cómo prepara los insectos para las fotos?
–Tienen que estar muertos y secos, porque si no el agua se evaporaría en la cámara de vacío e interrumpiría el flujo del haz de electrones. Matarlos no es fácil porque se trata de cogerlos in fraganti, cuando están comiendo, apareándose o lo que sea. A algunos los congelo en nitrógeno líquido o dentro de la nevera mientras comen y luego los seco con alcohol. Una vez muertos y secos, los cubro con una capa de un metal conductor, normalmente platino; para ello uso una pistola que dispara capas finísimas de átomos del metal. Los cuerpos de los insectos tienen que ser conductores para que el haz de electrones pueda escanear su superficie sin que condensen la electricidad.

–Las imágenes del microscopio son en blanco y negro, pero luego usted las colorea...
–Sí, trato de escoger tonos tierra, más o menos naturales pero que no sean muy realistas. El observador debe poder darse cuenta de que los colores son falsos, pero sin llegar al “estilo Disney”. Me encantaría que los editores de mis libros y de las revistas donde publico anunciaran que las fotos son coloreadas, pero casi nunca lo hacen. Se trata de que los lectores miren las imágenes como lo haría un ilustrador en vez de considerarlas representaciones de la verdad.

–¿Qué tal se llevó con sus “modelos”? ¿No le picó ninguno?
–Las polillas se cebaron con mi sofá y las cucarachas me parecieron repulsivas el día en que abrí la nevera y vi cientos de ellas en un recipiente transparente. Tampoco me gustan las larvas de gusanos en los ojos de los animales muertos ni en las piernas de los vivos

–En su libro hay un capítulo sobre insectos como fuente de alimento. ¿Se comió alguno?
–Sí, me comí todas las creaciones de nuestro chef insectívoro. Los bichos son crujientes y casi no saben a nada, o, como dirían en Estados Unidos, saben a pollo.

–¿Para el capítulo de los insectos en las ciencias forenses, tuvo que trabajar con cadáveres?
–No. Lo que hicimos fue crear nuestros propios “casos criminales” enterrando animales muertos que nos regalaron los veterinarios locales. Así pude capturar bichos que se nutren de cadáveres.

–¿Descubrió algo interesante que no supiera sobre los insectos?
–Muchas cosas. Me sorprendió saber que hay científicos investigando para crear drogas antibacterianas a partir de insectos.

–¿Cómo y por qué se convirtió en fotógrafo de ciencia?
–Me enamoré de los microscopios cuando estaba en quinto de primaria. Después de graduarme, empecé a trabajar como aprendiz de un fotógrafo de 83 años que había estado en la Bauhaus; yo me dedicaba a ampliar sus fotos (casi todas tomadas entre 1920 y 1940) en el laboratorio. Eso me dejaba tiempo para pensar y para hacer más cosas y decidí aprender otras técnicas de fotografía aparte de las que aplicaba en el microscopio. Quería ser un fotógrafo capaz de usar estilos distintos para artículos y reportajes de diversos temas. Luego estuve haciendo prácticas con un experto en microfotografía, estudié biología e inglés en la universidad y trabajé como editor de fotografía en una revista de divulgación científica. Desde 1995 soy fotógrafo independiente.

–¿Cuáles son las imágenes más tópicas en la fotografía científica?
 –Los científicos con gafas mirando geles fluorescentes para ilustrar genética; una hormiga con algún dispositivo, para nanotecnología; la aguja penetrando en la célula, para manipulación genética; batallones de espermatozoides que se dirigen hacia un óvulo, para toda clase de cosas; científicos vestidos con trajes aislantes y con un microchip en la mano, para ilustrar alta tecnología; los retratos de Einstein para física y de Freud para psicología; la explosión del Challenger para representar los fallos tecnológicos; la huella en la luna como símbolo de la carrera espacial; un laboratorio desordenado como símbolo de ingenio... En el fondo, necesitamos esos clichés, el periodismo se apoya firmemente en ellos.

–¿Qué problemas suele encontrar a la hora de trabajar con científicos?
–Por un lado, ocurre que los laboratorios son cada vez más parecidos entre sí: un experto y una pantalla de ordenador. Pero para mí lo peor es que muy pocos científicos poseen una mente visual. Casi todos piensan que los fotógrafos sólo quieren hacer fotos y que no están interesados en sus investigaciones; creen que la fotografía sólo sirve como documentación y que las “fotos bonitas” no son necesarias. Por otra parte, la mayoría son amables y están dispuestos a cooperar, una vez que se rompe el hielo. Tomar un café juntos y ver algunas polaroids ayuda mucho. Es muy importante que el fotógrafo esté realmente interesado en el tema.

–¿Hay algo que aún no haya logrado fotografiar?
–¡Sí! Quiero sacar un arco iris de noche, producido por la luz de la luna. Quizá alguien haya hecho ya esa foto, pero yo no la he visto.

Angela Posada-Swafford