Pocos grupos de alimentos
ofrecen una diversidad
tan amplia como
la fruta. En todos y con
todos los sentidos. Por ejemplo,
los artistas saben que no existe
rincón de la paleta ni número de
Pantone que no podamos encontrar
en los frutos de un árbol. Es
la variedad puesta al servicio de
la universalidad de la tentación.
Para gustos se pintan colores. Los
bodegones de frutas nos ofrecen
formas redondeadas y coloridos
brillantes, seductores reflejos,
tersuras reconocidas. Nos invitan
a comer con los ojos, y no seré yo
quien diga que ese asequible placer
es algo desdeñable.
El encuentro cuerpo a cuerpo
con las frutas reales nos abre
además otro inmenso y complejo
campo sensorial, como es el del
olfato. Dentro de un tipo de fruta
determinada, los aromas dependen
de variables como el grado de
maduración, el momento de recolección
o la historia de ese fruto
antes de llegar al mercado. En un
ejemplar de pera o manzana pueden
encontrarse de 15 a 20 compuestos
volátiles diferentes, ésteres
en su mayoría, que son los responsables
principales de su aroma y
de su sabor. Los ésteres son líquidos
incoloros, con olor agradable
e insolubles en agua, pero que se
disuelven con facilidad en alcohol
y otros disolventes orgánicos.
Los alumnos que hayan
te nido la fortuna de pasar por un
laboratorio de química saben por
experiencia que el acetaldehido
(etanal) huele a manzana, aunque
el principal ingrediente aromático
de las manzanas sea el butanoato
de metilo. Por cierto, si este se olfatea en estado puro quizás nos
recuerde más a la piña, en la cual
realmente predomina el acetato de
etilo. Un galimatías que plantea un
reto a olfatos químicos. Por su parte,
el acetato de pentilo se asocia a
las peras y el butanoato de etilo a
los plátanos, el butanoato de pentilo
a los albaricoques y el acetato
de octilo a las naranjas. En las uvas
es muy frecuente el 2-feniletanol,
y el característico olor de la variedad
moscatel se debe a compuestos
como linalol, citronelol y geraniol,
que son alcoholes. Pero todos
los demás citados son ésteres.
Tras el olfato, la fruta nos
invita a la experiencia táctil, objeto
de bíblica prohibición: “ni lo toquéis
siquiera, no vayáis a morir”
(Génesis 3,3). Al tomar la fruta en
la mano comenzamos a tener pistas
sobre su interior. Así, cuando
podemos, seleccionamos las naranjas
más densas, porque sabemos
que estarán más jugosas. La
piel de la fruta presenta a su vez
una gama amplísima de sensaciones
táctiles, desde la aspereza del
kiwi a la suavidad del melocotón
o la rugosidad de la naranja. El
grado de dureza nos corrobora
también el nivel de maduración.
La entrada en boca supone
la culminación del proceso
sensorial. Al morder la fruta se
expresarán sensaciones para el
gusto, el olfato, el tacto e incluso
el oído. Primero comprobaremos
características mecánicas, como
la dureza, la deformabilidad o el
grado de adherencia. Luego, ya en
la boca, observaremos si es granulosa,
untuosa, jugosa, crujiente o si
tenemos sensación de chasquido.
La textura de la fruta depende del
tamaño de sus células y de su contenido
en pectinas; la protopectina
forma una especie de malla con el
agua, lo que confiere firmeza, pero
con la maduración se transforma
en pectina soluble, y la malla se
rompe. Cuanto más pectina soluble
tiene, más blanda es la fruta.
La expresión de sabores,
olores y texturas se completa en la
boca. Además de proporcionar
una experiencia sensorial plena,
las frutas juegan un importante
papel en nutrición, ya que aportan
agua, azúcares, fibra, vitaminas
y minerales. ¡Salud!
Anécdotas con mucho jugo
● La naranja navel, o
de ombligo, es una mutación
originada en un
monasterio de Brasil en
1820. Esa mutación se
caracteriza por la aparición
(monstruosa) de
una segunda naranja en
la base de la original.
● El color rosado de
la pulpa de sandía se
debe a la presencia del
pigmento licopeno, una
sustancia con capacidad
antioxidante que
también existe en los
tomates.
● La fructosa, el más
dulce de los azúcares,
es un monosacárido
de absorción
lenta. Como todos los
carbohidratos aporta
4 calorías por gramo.
● Las ciruelas y las
peras contienen cantidades
relativamente
altas de sorbitol, un alcohol
emparentado con
los azúcares que posee
efectos laxantes.
● El kiwi es originario
de las laderas del Himalaya.
En Nueva Zelanda
fue introducido en
1906, y en España se
cultiva desde los años
70 del siglo pasado. Es
la fruta más rica en vitamina
C.
● Las frutas preferidas
por los españoles para
postre son las manzanas,
los plátanos y las
peras, en ese orden. En
consumo, la naranja es
la primera, seguida de
manzanas, plátanos y
melones.
● Las frutas más ricas
en vitaminas son las
que han recibido más
sol en el árbol. Suelen
también ser las más coloreadas.
● Las brevas se pueden
encontrar en el
mercado español entre
los meses de junio
y julio. Los higos, fruto
del mismo árbol, vendrán
desde agosto a
octubre.
● En las cerezas destaca
su contenido en
antocianos, unos polifenoles
relacionados
con el color que también
se encuentran en
las uvas tintas, que son
antioxidantes.
● Si la granada no se
recolecta antes de que
madure completamente,
el fruto revienta en
el árbol y se esparcen
sus granos.
● Las peras y las manzanas
sin pelar son
las frutas más ricas en
fibra, importante para
mejorar el tránsito intestinal.
● Los taninos, sustancias
ásperas al
paladar, tienen propiedades
astringentes
y antiinflamatorias, por
lo que resultan eficaces
en el tratamiento de la
diarrea.
● Las propiedades
dietéticas que se atribuyen
a las manzanas
se deben en gran medida
a los flavonoides y
la quercitina, de acción
antioxidante.
● Los españoles llevaron
muchas frutas
al Nuevo Continente,
como las uvas, manzanas,
plátanos, melones,
albaricoques, cerezas,
higos, naranjas y limones.
● El contenido en vitamina
B6 de las uvas
sólo se ve superado por
el de algunas frutas tropicales,
como el aguacate,
la chirimoya, la
guayaba y el mango.
● La fruta preferida
por las mujeres es la
piña. También es la más
consumida en España
entre las originarias de
América.
● El aceleramiento o
retraso de la maduración
se puede controlar
manipulando los niveles
de etileno, oxígeno
y dióxido de carbono a
los que está sometida
la fruta, así como la
temperatura.
● La cereza dulce lleva
el nombre científico de
Prunus avium. Este hace
referencia a las aves,
que al comerla llevan
las semillas a distancia,
favoreciendo su propagación.