MARK DIPPE


Con su último trabajo, Mark Dippe jugó a cambiar la historia. Gracias a su ordenador y a su imaginación, nos convenció a todos de que el torpe protagonista de la película Forrest Gump, el actor estadounidense Tom Hanks, charlaba amigablemente con John Lennon, daba la mano a J. F. Kennedy y recibía un presidencial y cálido saludo de Richard Nixon. Como si realmente aquellos personajes ya fallecidos o jubilados estuviesen en el plató en el mismo momento en que el director, Robert Zemeckis, gritaba el consabido "¡Acción!". Por suerte o por desgracia, sabemos que todo esto no es más que un genial truco digital nacido de la mente de Dippe. No en vano, este joven nervioso, coletudo y apasionado de la cibernética trabaja para una de las empresas de efectos especiales más importantes de Hollywood, Industrial Light and Magic (ILM).

-He de confesarle que viendo a Forrest Gump codearse con Kennedy o John Lennon uno puede llegar a asustarse. Las nuevas tecnologías digitales son capaces de casi todo, incluso de cambiar la historia como en un relato orwelliano...
-Es una cuestión que todos nos planteamos. Y, en el fondo, Forrest Gump permite poner de manifiesto un peligro muy real. Mucha gente llega a tener miedo a la tecnología digital. Dicen: "¿Quién me asegura a mí que cuando sale Bill Clinton por la televisión es realmente él y no se trata de un truco de ordenador?". Esta película es un ejemplo de cómo se puede simular que la gente haga cosas que no ha hecho. En cualquier caso, debo decir que la amenaza no es tan grave. Al mismo tiempo que la informática permite modificar imágenes de una manera casi indetectable, el público puede aprender que lo que está viendo no es más que un truco. Algo parecido sucede con las revistas. La gente ya sabe dar el verdadero valor a las fotografías y extraer de ellas lo que son hechos y lo que es el punto de vista del fotógrafo. Además, la tecnología digital es más un arma democratizadora que represora.

-¿Ah, sí?
-Sí. Hoy por hoy, para hacer cine tienes que ser un privilegiado. Hace falta pagar un equipo carísimo y contratar a cientos de empleados. Con la tecnología digital es posible reducir este proceso y hacer que una sola persona manipule la cámara, cree los actores, haga el maquillaje, incluso en su propia casa. Nacerá una nueva generación de directores de películas digitales. Y lo mismo ocurrirá con otras áreas de la ciencia y el arte y la economía.
Sin quererlo, Dippe se ha enfrascado en un monólogo de alto contenido ideológico. No puede disimular su condición de gurú de la cibercultura, así que postula el uso inteligente y comprometido de la tecnología digital, la informática "con actitud". Hay que recordarle el motivo de la entrevista: es una de las estrellas anónimas del firmamento de Hollywood.

-Su empresa se ha convertido en una referencia inexcusable en la historia del cine...
-Eso creo... Y el culpable de todo es George Lucas, que fundó ILM en los años setenta para la primera entrega de La guerra de las galaxias. Su intención era crear las imágenes más increíbles jamás filmadas.

-Y usted entró en ILM para aportar sus conocimientos en efectos digitales. O sea, donde antes había maquetas y miniaturas, usted puso imágenes sintéticas creadas por ordenador.
-Sí. Mi primer trabajo serio fue el pseudópodo marino de la película Abyss, de James Cameron. Aquel fue el primer largometraje de la historia donde actúa un personaje creado exclusivamente por tecnología digital; es decir, que existe sólo en el ordenador. Sin embargo, el acontecimiento que nos hizo famosos en el mundo entero fue el rodaje de Terminator 2, donde convertimos al protagonista, Robert Patrick, en un cyborg de metal líquido. Para ello hicimos que Patrick se vistiera sólo con un tanga y pintamos todo su cuerpo con rayas negras. Así le filmamos durante cuatro horas andando, corriendo, saltando y haciendo todo tipo de movimientos para registrar en un ordenador la disposición de esas líneas en cada momento. Fue un poco embarazoso para él hacer todas esas cosas en calzoncillos delante del nutrido equipo técnico. Pero era muy importante saber cómo se comportaba cada poro de su cuerpo para poder reproducirlo en una imagen líquida.


Hablar con Mark Dippe es recrear un catálogo de éxitos que pasarán a la historia del celuloide. Y de cada uno tiene una anécdota, un suceso curioso, un secreto que cuenta siempre con el mismo entusiasmo. Así ocurre cuando se pone a recordar el rodaje de Parque Jurásico.

-Hasta entonces siempre habíamos utilizado la imaginación. Pero a los dinosaurios no nos los podíamos inventar: teníamos que ser científicamente rigurosos con su forma, su tamaño, sus movimientos... Nuestra principal dificultad fue fabricar el Tyrannosaurus rex, que no se parece a ningún animal conocido: es como un pollo de seis toneladas con dientes muy grandes. Cuando nos propusieron la historia entrevistamos a docenas de paleontólogos. Ninguno de ellos estaba de acuerdo con los demás sobre cómo debíamos hacer moverse al monstruo. Por eso presentamos una teoría basada simplemente en la estética. La realizamos sin fijarnos en los datos científicos, sólo inventamos un animal que visualmente fuera eficaz. Por supuesto, los científicos dijeron que eso era una barbaridad, pero, cuando les presentamos el animal ya creado, se miraron y asintieron con la cabeza: "Bien, chicos, es posible que hayáis tenido una buena idea".

-¿Cree entonces que su tecnología puede ser un soporte utilizado por los científicos para la investigación?
-Seguro. La informática les permitió ver en acción a un dinosaurio por primera vez. Enseguida empezaron a hacer sugerencias: "¿Por qué no pones las patas un poco más cerca, por qué no subes la cabeza...?". La mejor manera de comprobar una teoría es ver su forma plástica.

-¿Y qué sorpresa anda preparando ahora?
-Quiero crear un actor digital completo. Es decir, que el personaje más famoso de la película, la persona en la que más te fijas, con la que más te identificas y que más te hace reír o llorar, sea creado por ordenador. También trabajo en un gran complejo de imaginería que pueda compendiar el aspecto más futurista de la cibercultura; una gran ciberciudad llena de imágenes para ser lanzada a través de la red.

-¿Qué pensarán los actores de su trabajo?
-Yo creo que no deben tener miedo, porque el ordenador nunca podrá suplir al ser humano. El actor digital no es más que una representación física en la pantalla, pero detrás de ella hay siempre un gesto humano.

-¿Existen límites para esta tecnología?
-Ahora estamos creando actores digitales, pero a lo mejor dentro de 20 años el cine usará la biotecnología para producir criaturas fantásticas de carne y hueso. Con la ayuda de la ingeniería genética, los dientes, músculos, pieles y sangre de esos seres imaginarios serán auténticos.

-¿Su trabajo es arte o es ciencia?
-Yo me considero un artista. La única razón por la que trabajo es porque me gusta crear una imagen, contar una historia. Lo importante de esta tecnología, llámela arte, ciencia o como sea, es que te permite liberar tu creatividad y plasmarla cuándo y como quieras. De algún modo, ciencia y arte se funden.

-Usted es un seguidor de la cibercultura. ¿Cree que realmente se convertirá en una nueva forma de vida o, por el contrario, quedará como una simple moda pasajera?
-Creo que la cibercultura es un paso muy importante en la evolución de la conciencia de la gente. Me imagino que será superada por otras manifestaciones, no sé cuáles, pero no importa. Para mí el mundo es indescriptiblemente infinito y rico. No hay razón para reemplazarlo, no hay razón para pensar que no podemos hacer un trabajo mejor con él. Al ser formas de extender nuestros sentidos, la realidad virtual y la simulación, son un complemento del cerebro humano. Por eso, la simple acción de navegar por Internet, por ejemplo, no es suficiente. Me gustaría estar físicamente en esa red, formar parte de ella. Pienso que la cibercultura no es más que un paso hacia nuestra integración con la realidad. Pero no es el definitivo.

Puede que aún no estemos preparados para entender el mensaje cibernáutico de Dippe. Así que, de momento, podemos conformarnos con ir al cine, disfrutar de sus asombrosos efectos digitales y quedarnos en la sala hasta el final de los títulos de crédito para ver su nombre, cuando ya se han ido casi todos y sólo se quedan los cinéfilos, los despistados y los dormidos.

Jorge Alcalde

Esta entrevista fue publicada en abril de1995, en el número 167 de MUY Interesante

 


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