Así serán los delitos del futuro

En una sociedad hiperconectada, los cibercriminales podrían tener como objetivo desde nuestros coches y hogares hasta ciudades enteras.

Es un lunes cualquiera de 2020. Susana toma el tren rumbo a su empresa, donde lleva trabajando tres meses como subdirectora de una compañía de asesoría. Siempre llega a primera hora. Pero al pasar su tarjeta de acceso, la puerta sigue cerrada; algo raro ocurre. Llama al vigilante, que trata de desbloquearla con la suya, sin éxito. Afortunadamente, hay cerradura y abren con la llave. En su despacho, Susana enciende el ordenador y la pantalla solo deja cuatro espacios para introducir una contraseña numérica que nunca ha tecleado. Cuando recurre a su móvil para llamar a los informáticos, el teléfono se apaga. Nuestra protagonista estaba segura de que tenía batería de sobra. Busca el cargador y lo enchufa a la corriente: el aparato cobra vida como recién salido de fábrica, listo para configurarse. Extrañada, saca su ordenador portátil, donde guarda una copia de seguridad de los datos almacenados en su smartphone. Pero el laptop se apaga y le pide también que introduzca una clave. 

 

SEGURO QUE TE INTERESA...

 

De golpe acude a su pensamiento la posibilidad de que los contactos, las fotos de sus hijos, todo, se haya esfumado. Con un nudo en el estómago, empieza a sospechar de que ha sido objeto de un ciberataque. En ese momento, suena el teléfono del despacho: su marido está alarmado, después de intentar infructuosamente extraer dinero del cajero automático. El banco acaba de llamarle: no tienen efectivo en la cuenta diaria por culpa de una serie de gastos altísimos efectuados el fin de semana. Susana revuelve en su bolso. Todos los documentos están en orden, no le falta ninguna tarjeta de crédito. Siempre había sido muy cuidadosa con las contraseñas y, desde luego, nunca se le ocurriría proporcionar sus datos a correos electrónicos de origen extraño, que arrojaba rutinariamente a la papelera. ¿Cómo ha podido ocurrir?

 

Hackers "buenos" alertan sobre los nuevos delitos

Marc Goodman, fundador del instituto Future Crimes y exasesor del FBI y la Interpol, ofrece la explicación de nuestro caso hipotético en su revelador libro Los delitos del futuro (Ed. Ariel): se debe a un fallo o puerta falsa en la pegatina que contiene un circuito electrónico llamado identificación por radiofrecuencia (RFID). Está diseñado para ser leído por un escáner a cien metros de distancia. Susana la lleva en su coche para pagar automáticamente el peaje, en la llave electrónica de la habitación del hotel, en el pase de metro... y en sus tarjetas de crédito. Ella no podía sospechar que aquel hombre atractivo llamado Francis Brown, con cierto aire a lo John Cusack –el mismo que solía encontrar a veces en el tren, con quien hasta medio coqueteaba– llevaba un escáner oculto en su mochila para leer el contenido de sus tarjetas, mientras le ofrecía un café en un vaso de plástico y le daba conversación.

Brown existe de verdad: es un hacker dedicado a buenos fines, directivo de la compañía Bishop Fox de Arizona. Ha inventado un lector RFID capaz de extraer a distancia información incluso desde las billeteras o los bolsos. Su trabajo consiste en presentarnos cómo pueden operar los cacos de un futuro que ya está aquí. Quiere evitar que estos malhechores de alta tecnología nos birlen la cartera sin meter sus manos en nuestro bolsillo, y por eso denuncia en sus conferencias las vulnerabilidades de la tecnología RFID, patentada en 1983 por Charles Walton, fundador de Proximity Devices, en California.

Las pegatinas que la incorporan, se nos dice ahora, convertirán cualquier objeto en algo inteligente y propiciarán en cinco años el llamado internet de las cosas. Hay otras plataformas disponibles, como la comunicación de campo cerrado (NFC), que ya se usan para pagos con móviles a través de Android. Van a hacer posible el mundo interconectado, pero distan de ser perfectas y, sobre todo, seguras.

¿Y qué es exactamente el internet de las cosas? Mira a tu alrededor. Los clientes de los restaurantes, los viajeros de aeropuertos o estaciones de metro, la gente que cruza los pasos de cebra sin mirar, los nuevos turistas chinos que visitan las pirámides de Egipto..., todos tienen la vista fija en las pantallitas de sus móviles o sus tabletas, para regocijo de los gigantes tecnológicos, que disfrutan de las cuentas de resultados más abultadas de la moderna economía. En 2016, las cosas somos nosotros. Las personas que te rodean han perdido una parte importante de su privacidad; ni siquiera puede decirse que la hayan malvendido. Todos sus mensajes, fotos y contactos, su localización, los amigos con los que almuerzan, las voces que se graban cuando llaman a una compañía para cualquier gestión, sus correos electrónicos, sus datos fiscales y personales, sus domicilios, sus gustos, sus costumbres o sus comidas favoritas han pasado del ámbito íntimo a almacenarse en interminables filas de servidores. Todo está en la nube, en las tripas de instalaciones de acero y hormigón, en pasillos de discos duros refrigerados y activos durante las veinticuatro horas del día. “La privacidad realmente ya no existe, a menos que te vayas a vivir en lo más profundo del bosque, sin internet”, dice Jayne A. Hitchcock, escritora y experta en temas de ciberseguridad.

50.000 millones de objetos conectados

Hitchcock nos adelanta la próxima publicación de su libro Cyberbullying & The Wild, Wild Web: When Anger & Revenge Get Out of Control. “Cualquiera que crea que tiene derecho a la privacidad, se equivoca. A la gente que viene a mis conferencias les suelo explicar que cuando publican algo en internet se va a quedar allí para siempre. Pero es muy difícil que piensen de esta forma, pues creen que si sufren un calentón y luego lo borran, se ha esfumado”. Las cosas somos nosotros... hoy. Pero en cinco años todo lo que tenga un chip estará enganchado a la Red, como nos avisa Goodman. Si en 1950 un ordenador ocupaba una habitación entera, en 2014 el número de smartphones –en realidad pequeños ordenadores de bolsillo– superó al de personas –más de 7.300 millones– que se conectaron a internet. A ello hay que añadir las consolas de videojuegos, codificadores, televisores inteligentes y otros tantos dispositivos. En cinco años, a esta lista habrá que sumar los frigoríficos, cafeteras, lavadoras, termostatos, bombillas, altavoces, sistemas de seguridad y monitores para bebés, coches, cascos, batidoras, juguetes y hasta cubos de basura. Ese mundo estará hecho de 50.000 millones de objetos que se comunicarán entre sí.

Informáticamente hablando, nos hemos bajado los pantalones y descorrido la cortina de la ducha.

Las bondades y promesas parecen infinitas... Nuestro coche siempre online elegirá la ruta con menos tráfico, se comunicará con nuestra casa para regular la temperatura cuando lleguemos y activará el hornorrobot para tener la cena lista nada más traspasar la puerta. Pagaremos el seguro solo por el tiempo exacto que conduzcamos, y en función de cómo lo hagamos. El frigorífico nos avisará de la comida que falta, y hará un pedido para asegurarnos de que nunca nos quedaremos sin leche. Hasta el cubo de basura llevará un chip para saber cuánta materia orgánica hay; será más listo que el ordenador de la cápsula del Apolo XI que llevó a Armstrong a la Luna...

La otra cara de la moneda es mucho menos gratificante. Informáticamente hablando, nos hemos bajado los pantalones y descorrido la cortina de la ducha. Nuestros datos constituyen un filón gigantesco para las compañías que dominan el mercado online, pero también son oro puro para la ciberdelincuencia, una mina de jugosas ganancias ilegales. Un estudio de la compañía de consultoría Juniper Research, en el Reino Unido, estima que el cibercrimen acarreará pérdidas de ¡un billón de euros! en 2019. “Las inversiones mundiales en seguridad informática apenas superan los 72.000 millones de dólares, cuando los delincuentes se llevan hasta diez veces esa cantidad”, advierte Alberto Hernández Moreno, director de Operaciones del Instituto Nacional de Ciberseguridad (INCIBE), en León.

El panorama actual ya es amplísimo: correos electrónicos con virus troyanos para destruir tus datos; falsas puertas a la web del banco para vaciar tus cuentas corrientes; robo de identidad para usarte como tapadera y cometer otros delitos... Y, por supuesto, las distintas estafas en vigor, desde la clásica de pagar por algo y no recibirlo hasta los timos de corte romántico –hacer caso de una novia inexistente y atractiva que desea casarse contigo y te pide dinero por adelantado para el viaje desde Rusia–, pasando por las farmacias online que venden medicamentos falsificados que pueden llegar a matarte. Sin olvidar los casos de acoso escolar y chantaje a los adolescentes que cuelgan fotos y vídeos comprometedores de contenido sexual.

Si subes algo a la Red, se quedará allí para siempre

Un campo especialmente delicado es el de la salud. Los dispositivos médicos implantables (DMI) con wifi empiezan a ser cosa común. Tenemos bombas para insulina, neuroestimuladores, implantes cocleares o desfibriladores conectados que permiten a los médicos monitorizar a sus pacientes en tiempo real. Esto ahorra costes, visitas innecesarias y salva vidas ante una emergencia inesperada. Sin embargo, los DMI online son vulnerables. Investigadores de las universidades de Massachusetts y Washington lo han comprobado en ensayos, y el conocido hacker Barnaby Jack logró en 2012 manipular con su portátil un desfibrilador implantable a quince metros de distancia para que soltase una descarga eléctrica capaz de matar una persona.

¿Se han producido ya este tipo de crímenes? Aún no. Pero como suele suceder, la ficción anticipa lo que podría ser real dentro de poco. En la serie Homeland, el terrorista Abu Nazir intenta matar al vicepresidente de Estados Unidos vía internet, manipulando su marcapasos. No es casualidad que los médicos que atienden a Dick Cheney, el anterior vicepresidente norteamericano, decidieran eliminar el wifi de su propio dispositivo. Todos estos casos sugieren que la Web puede convertirse en un mar donde resulta muy fácil naufragar. La primera de las soluciones, quedarse en la orilla sin dejar que el agua te toque los pies, supone desconectarse del mundo: escribir cartas para comunicarse, tirar los móviles a la basura y desempolvar la máquina de escribir. Pero todo el mundo está nadando y disfrutando en ese ciberocéano. “Si vas a hacer algo delicado, la desconexión es una buena opción, pero poco realista”, opina Hernández. Y añade: “¿Quién se resiste a la posibilidad de manejar un coche desde su tableta o comprobar su estado por internet?”.

¿Qué hacer entonces? La mejor arma para sumergirse en esta mar de prodigios y posibilidades criminales es, aparte del bañador y un salvavidas, el sentido común. No hay que dejarlo en la playa. Hernández cree que la educación ciudadana –en la que está comprometido el INCIBE– es la mejor arma. “En un mismo día del año pasado recibimos 1.200 notificaciones de ciudadanos víctimas de estafas”, afirma este experto. Y aunque parezca un obviedad, no está de más recordar su consejo: no compartas fotos o datos con desconocidos.

Etiquetas: futurointernettecnología

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