Él y el sexo



Una de las tres cosas que un hombre se llevaría a una isla desierta con toda seguridad es... su pene. Éste también encabeza la lista de las principales partes que salvaría de su anatomía. La prueba podemos encontrarla en un partido de fútbol: en el lanzamiento de una falta en las proximidades del área, los jugadores que forman la barrera llevan instintivamente sus manos hacia la zona genital. El futbolista prefiere que le partan la cara antes de exponer sus genitales a un balonazo. Parafraseando a Francisco de Quevedo, podríamos empezar describiendo al macho de nuestra especie diciendo: "Érase un hombre a un pene pegado, érase un pene superlativo..." Superlativo, adjetivo clave en la sexualidad masculina. La capacidad de aumentar de tamaño durante la excitación sexual ha convertido el miembro eréctil en un símbolo universal de potencia y virilidad hasta el extremo de que "los hombres están dispuestos a pagar lo que sea para aumentar de estatura en sentido fálico", asegura el etólogo británico Desmond Morris en su libro Masculino y Femenino.

Un objeto de culto que marca la personalidad

Para la mayoría de los hombres, el pene se erige como la pieza más preciada y venerada de su cuerpo. "La personalidad, el comportamiento y las decisiones masculinas vienen en gran medida mediadas por la idea que cada hombre posee de su pene", asegura el doctor Dudley Seth Danoff, urólogo de la Facultad Clínica de la Universidad de California en Los Ángeles, EE UU, y autor del libro Superpotency. En nuestra sociedad falocrática, el pene grande e infatigable es símbolo de poder y dominio, mientras que cualquier alteración en su funcionamiento o discreción en la talla constituyen una fuente de frustraciones e inseguridades que desemboca en serios trastornos psicológicos. Los sexólogos aseguran que los varones concentran la mayor parte de su potencial erótico en el miembro viril, que queda resumido en tres acontecimientos sexuales: excitación, erección y eyaculación. Por otro lado, durante siglos se han abonado numerosos mitos que apuntalaban la idea de que el hombre es el sexo fuerte: los hombres siempre deben desear las relaciones sexuales, incitarlas y estar preparados para superarlas; el "verdadero hombre" nunca pierde la erección; el hombre siempre debe llevar a su pareja al orgasmo o, preferiblemente, a múltiples éxtasis; la relación erótica siempre implica una penetración seguida del orgasmo; el hombre debe dominar a su compañera en la cama; todo contacto físico con el sexo opuesto debe conducir al coito...

Condicionantes sociales e instintos básicos

Salvando estas falacias, hombres y mujeres viven las relaciones amorosas de forma muy diferente. Como afirma el psicólogo John Cray en su libro Los hombres son de Marte y las mujeres de Venus, cada sexo, independientemente de su inclinación sexual, piensa, siente, percibe, reacciona, responde, ama, necesita y valora de manera totalmente dispar. Indudablemente, la sexualidad de estos marcianos telúricos está coartada por factores culturales que, dicho sea de paso, pasan por el tamiz de los cánones religiosos y morales vigentes. Ahora bien, no hay que olvidar que por debajo del influjo del entorno hierve una herencia evolutiva en la que los instintos de supervivencia y procreación juegan un papel nada desdeñable. Sin ir más lejos, el biólogo evolucionista George C. Williams, profesor emérito en la Suny Stony Brook, en Nueva York, defiende que la selección natural posee una enorme influencia en las decisiones del individuo en lo que respecta a su actitud reproductiva. En esta dirección apunta un experimento publicado el pasado mes de mayo en la revista Biology Letters por el psicólogo evolucionista Martin Daly, de la McMaster University, en Ontario, que demuestra cómo las mujeres atractivas hacen que los hombres sean menos racionales. No es la primera vez que los científicos indagan en un fenómeno económico conocido como descuentos futuros: la gente normalmente elige una pequeña cantidad de dinero que puede obtener inmediatamente frente a grandes sumas que podrán cosechar en el futuro. En consonancia con los postulados de Williams, Daly cree que el valor que la gente otorga a los recursos presentes y futuros está influenciado por la selección natural y su efecto inmediato, la adaptación. Para comprobar hasta qué punto resulta posible manipular en la gente los descuentos futuros, Daly y su esposa Margo Wilson seleccionaron a 200 estudiantes de psicología, hombres y mujeres, para determinar si existe un nexo entre el atractivo físico y sexual con estas decisiones de recompensa. La pareja ofreció a los voluntarios la oportunidad de elegir entre recibir un cheque de unos 20 ó 30 euros en el momento o esperar a recibir uno mayor de hasta 75 euros en las próximas semanas. Como era de esperar, la tendencia fue a quedarse con la pequeña suma de dinero.

Cómo una chica guapa les hace cambiar de opinión

A renglón seguido, volvieron a repetir el experimento, pero en esta ocasión se enseñaron a los participantes fotografías de personas del sexo opuesto -normales y muy atractivas- y de varios modelos de coches de alta gama. El resultado fue esclarecedor: los hombres que habían visto las imágenes de mujeres bellas y seductoras optaban sin dudarlo por la recompensa inmediata, desechando la oportunidad de ganar más dinero dentro de algún tiempo. Estamos ante una decisión que contrasta con la racionalidad femenina, inmutable incluso después de haberse deleitado con los retratos masculinos. Volviendo a los hombres, éstos no modificaban su primera elección cuando las fotos de las chicas no entraban dentro de la categoría de "sexualmente deseables". Curiosamente, las imágenes de los lujosos coches, por el contrario, no afectaron a los descuentos futuros en ninguno de los sexos. En opinión de los expertos, la teoría evolutiva de Darwin explicaría está conducta masculina, que estaría relacionada con las oportunidades reproductivas del macho. En efecto, ante la posibilidad de conseguir una pareja atractiva ellos se decantan por la recompensa inmediata, de modo que asumen un riesgo mayor que si la oportunidad fuese de un rango medio. No hay que olvidar que numerosos estudios apuntan que ambos sexos relacionan el atractivo facial con la salud y la capacidad reproductora.

La mujer se desenvuelve con más cautelaÉl y el sexo

Por el contrario, la actitud cautelosa mostrada por las mujeres en este curioso experimento refleja la gran inversión que para ellas supone la maternidad. Wilson y Daly concluyen que la visión de una belleza femenina activa en el cerebro del varón las mismas áreas neurológicas que guardan relación con las oportunidades sexuales y las recompensas. Y es que a los hombres, más que a las mujeres, el sexo les entra por los ojos, les pasa por el nervio óptico y les llega al cerebro que es, dicho sea de paso, el órganos sexual más importante. Hacemos el amor con los sesos. Gracias a las nuevas técnicas de neuroimagen, que permiten estudiar el cerebro en plena acción, los científicos investigan las áreas cerebrales que responden a los estímulos eróticos y sí son las mismas en hombres y mujeres. En 1999, el equipo liderado por el investigador francés Serge Stoléru, del INSERM, descubrió que los estímulos visuales desempeñan un papel mayor de lo que se pensaba en la sexualidad humana. El doctor Stoléru seleccionó ocho jóvenes de entre 21 y 25 años de edad, y les invitó a contemplar secuencias de un documental del Amazonas, de una comedia y de una película con sexo explícito mientras eran sometidos a una tomografía de emisión de positrones (PET). Únicamente la visión de las escenas eróticas activó en el cerebro de los voluntarios cinco regiones específicas: la corteza temporal inferior, que evalúa y analiza los estímulos visuales; la corteza orbitofrontal derecha, que gestiona los fenómenos emocionales y motivacionales; la corteza cingulada anterior, que gobierna la preparación física y psicológica para la actividad sexual; la ínsula derecha, que participa en la percepción subjetiva de las modificaciones fisiológicas de la excitación -erección del pene, aceleración del pulso-; y el núcleo caudalado anterior, que probablemente vigila si la excitación erótica es seguida por el acto sexual. El año pasado, el doctor Stoléru volvió a repetir la experiencia, pero en esta ocasión mostró una película erótica a un grupo de pacientes afectados por un bajo impulso erótico -un tipo de disfunción sexual- y a otro normal. Los PETs cerebrales mostraron que el cerebro de los primeros presentaba una actividad sanguínea anormalmente alta en la corteza orbitofrontal media, que ha sido involucrada en la inhibición de la conducta motivacional. Por el contrario, esta región se apagó en el grupo de control al visualizar los mismos estímulos eróticos. Nuevas investigaciones indican que existen otras partes del casquete pensante que participan activamente en la reacción sexual masculina. Sin ir más lejos, el hipotálamo tiene mucho que decir en la respuesta erótica del hombre. Por ejemplo, dentro de esta estructura del tamaño de un dedal, la llamada área preóptica medial o APOM parece que ejerce una intervención destacada en la libido: la estimulación eléctrica o química del APOM provoca erecciones espontáneas en el ratón. Los científicos también sospechan que otro grupo de neuronas hipotalámicas, que conforman el denominado núcleo paraventricular (NPV), está comprometido con la función sexual masculina. Durante la excitación erótica, el NPV libera oxitocina, una hormona que estimula la secreción de leche en las lactantes y que podría activar las vías nerviosas excitadoras que van desde el centro generador de erecciones ubicado en la médula espinal hasta el miembro viril. En palabras de Irwin Goldstein, director del Instituto de Medicina Sexual en la Escuela Médica de la Universidad de Boston, "la exploración de los mecanismos cerebrales y medulares que controlan la erección y otras funciones eróticas permitirá el desarrollo de nuevas terapias para los millones de hombres que padecen impotencia y otras disfunciones sexuales." Sin ir más lejos, los neurólogos investigan cómo ciertos antidepresivos, como el Prozac y la clomipramina, que aumentan la concentración de serotonina -un neurotransmisor- en el cerebro, se muestran eficaces para combatir la eyaculación precoz, trastorno que afecta al 75 por 100 de los españoles en algún momento de su vida.

Los sesos marcan diferencia entre sexos

Por otro lado, los modernos escáneres confirman que los sesos de hombres y mujeres albergan diferencias que, sin duda alguna, afectan a su conducta en la alcoba. Recientemente, el neurorradiólogo Michael Forsting y sus colegas de la Universidad de Essen, en Alemania, han detectado una de las posibles disimilitudes. El equipo germano convenció a varios hombres y mujeres para que se tumbaran en un escáner y contemplaran material pornográfico. Las imágenes cerebrales revelaron que en ambos sexos se activaban los lóbulos temporales, estructuras relacionadas con la memoria y la percepción, pero sólo las féminas emplearon curiosamente sus lóbulos frontales. Éstos tienen que ver con la planificación y las emociones. "No sabemos por qué existen estas diferencias, pero ahí están", dice Forsting. En otro estudio publicado el pasado mes de mayo en la revista Nature Neuroscience, la zona del cerebro explorada fue la amígdala. El autor de la investigación, el doctor Stephan Hamann, de la Universidad de Emory, en Atlanta, asegura que los estímulos visuales de contenido sexual ponen a cien la amígdala masculina, una estructura del sistema límbico que controla emociones  como la agresión, el miedo y la rabia. Los escáneres por resonancia magnética (IRM) indicaron que la amígdala femenina, así como el hipotálamo, permanecía casi en silencio a pesar de la excitación que les causaba la visión del material erótico. Como advierte el doctor Hamann, la amígdala de los primates establece una enmarañada conexión con el sistema visual. Es posible, como propone este investigador, que la potente respuesta erótica masculina a los estímulos visuales encierre un origen cultural: el hecho de que la mayor parte de los contenidos eróticos y pornográficos estén dirigidos al hombre ha servido de acicate para que éste luego los busque. Pero la evolución también ha jugado su baza. Algunos antropólogos proponen que esta conducta visual del hombre, capaz de excitarse con la mera visión de un discreto escote, surgió como una adaptación evolutiva en nuestros ancestros para detectar a las mujeres más jóvenes y sanas capaces de sacar adelante la prole. Los retratos del cerebro en los momentos libidinosos también están sacando a la luz las diferencias anatómicas y funcionales entre los sesos del hombre y de la mujer. Hasta ayer, se pensaba que la sexualización del cerebro, que nos hace sentirnos hombres o mujeres, ocurría en el embrión debido a la exposición a las hormonas sexuales. De hecho, recientemente los genetistas han hallado el interruptor que permite que el embrión aún asexuado de los mamíferos se convierta en un macho. Hablamos del gen Sry, que se encuentra en el cromosoma Y masculino. Su activación estimula el desarrollo de los testículos, que pronto comienzan a producir testosterona. La exposición del embrión a esta hormona sería lo que configuraría la anatomía cerebral y la conducta masculinas, según el dogma hasta ahora vigente.

Genes y hormonas dictan la identidad sexual

Pero las últimas pesquisas ponen en tela de juicio que las diferencias de sexo a nivel cerebral se deban exclusivamente al influjo hormonal. Los científicos han determinado que la sexualización de nuestro cerebro comienza antes de la aparición de la primera gota de testosterona en el embrión. ¿Pero quién la orquesta? Los genes. El doctor Eric Vilain, genetista de la Universidad de California en Los Ángeles, ha echado mano de las llamadas microceldillas de ADN para estudiar la actividad genética en los cerebros de embriones de ratones macho y hembra. De los 12.000 genes activos que ha cazado en sus cabezas, 54 mostraban una actividad diferente en ambos sexos mucho antes de que empezaran a desarrollarse los órganos genitales. El doctor Vilain cuenta en la revista Molecular Brain Research que 8 genes de los cazados trabajaban con más ahínco en los cerebros masculinos y que 36 hacían lo propio en los femeninos. "Aún es pronto para aventurar cuál es el cometido de estos genes en la identidad sexual", confiesa Vilain. Lo que sí tienen claro los científicos es que otros genes tienen el encargo de dar forma al pene humano. Si lo comparamos con el de otros primates, el miembro viril del hombre posee una corona del glande -el engrosamiento que se aprecia en la base de éste- más pronunciada que la que poseen otros primates. Algunos antropólogos sostienen que se trata de una adquisición evolutiva para extraer de la vagina de su compañera los restos seminales de un posible rival. Los machos de numerosas especies animales poseen en sus penes barbas, ganchos, peines y otros ingenios que retiran el semen de un competidor para luego depositar el suyo y asegurarse así que será el padre de la prole. Esta estrategia reproductora se conoce como competición espermática. Para comprobar si el pene del hombre opera del mismo modo, los psicólogos Gordon G. Gallup y Rebecca L. Burch, de la Universidad Estatal de Nueva York en Albany y Oswedo, respectivamente, han simulado el acto sexual con falos, vaginas y semen artificiales. Resultado: la corona del glande con la colaboración del frenillo retiran el semen de pega previamente depositado en la vagina de goma.

Un curioso sistema para barrer los espermatozoides

Además, Gallup y Burch han constatado que la eficacia de barrido es mayor cuanto más hondo penetra el pene en la vagina durante el coito. Este detalle habría supuesto una ventaja para los poseedores de penes más largos, ya que por un lado pueden depositar el semen en las partes más inaccesibles de la vagina, cerca del orificio cervical, y por otro limpiar un mayor tramo vaginal de espermatozoides competidores. El tamaño, pues, sí importa. En otra línea paralela de investigación, la pareja de psicólogos ha comprobado que los hombres manejan su pene de forma diferente cuando tiene la sospecha de que su pareja les ha traicionado. Con la colaboración de estudiantes anónimos, Gallup y Burch han sido capaces de determinar que los voluntarios hacen el amor vigorosamente, penetrando con mayor rapidez y con más fuerza, cuando son informados de una posible infidelidad de su compañera o si pasan mucho tiempo sin verla. Cómo son.

Él y el sexoEnrique M. Coperías
Él y el sexo

Etiquetas: cienciasaludsexualidad

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