Viaje a la náusea



El mundo se mueve y nosotros con él. Sin embargo, si el primero acelera a un ritmo desorbitado para el cuerpo humano, como sucede cuando viajamos en coche o nos subimos a una noria, y el organismo decide no acompasar su marcha, éste actúa por sí mismo sin compensación alguna con el exterior y surge un trastorno denominado cinetosis, que en su raíz etimológica griega significa mareo por movimiento. Esto es algo que puede ocurrir tanto cuando nos subimos a un barco, por su balanceo impenitente, como a una montaña rusa o a un simple columpio. Y aunque los expertos opinan que si hoy alguien se marea es porque quiere, dados los fármacos que apaciguan por completo la sensación de inestabilidad que aparece con el movimiento, el hecho es que seis millones de españoles se marean cuando viajan.

Hay quien decide no viajar para no sufrir cinetosis

Este dato se recrudece si se tiene en cuenta que el 14% de ellos llega a modificar notablemente sus vacaciones debido a tal problema. Este verano, sin ir más lejos, serán muchos los que habrán dejado o dejarán de subirse a un avión por no someterse a los efectos del traqueteo de un mal vuelo o los que han decidido no embarcarse en un crucero por temor al malestar que produce el vaivén del barco; incluso habrá quien haya determinado no viajar en absoluto con tal de evitar el mareo. Y por si fuera poco, para los más propensos a padecerlo, la estación cálida prepara otras sorpresas: la sobreexposición al sol, las intoxicaciones alimentarias, mucho más frecuentes en verano, los golpes de calor repentinos o la penetración del cloro de las piscinas en los oídos, son factores que pueden desembocar también en una desagradable sensación de mareo. A ese 14% de la población española para la que viajar se convierte en un obstáculo insalvable, la historia suma célebres personajes, cuyos destinos los llevaron por los caminos del mar, el caballo, el espacio, incluso el camello. Ilustres viajeros como Cristóbal Colón, Cicerón, Julio César, el almirante Nelson, el astronauta soviético Gherman, Lawrence de Arabia o el duque de Medina Sidonia dejaron testimonios escritos -y gráficos- de su predisposición al vómito y las náuseas. A través del recorrido de estos viajeros ilustres para los que supuso un duro trago llevar a término sus periplos se podría trazar una historia del mareo paralela a la del nacimiento de los diversos medios de locomoción.

Las mujeres, los ancianos y los niños, más propensos

¿Cómo nos marea nuestro cuerpo?
El cerebro registra el movimiento a través de tres sistemas: el somatosensorial, formado por músculos y tendones, que aporta datos sobre la posición del cuerpo; el visual, sobre todo el periférico; y el vestibular, alojado en el oído interno. Este último informa sobre la posición de la cabeza y el movimiento con respecto al eje gravitatorio. Y lo hace a través de sus canales semicirculares, que responden a la aceleración angular de la cabeza; y los órganos otolíticos, encargados de registrar los movimientos verticales y horizontales. Si alguna de estas informaciones es contradictoria, el cuerpo lo manifiesta con los síntomas típicos del mareo, náuseas, vómitos, sensación de vértigo...Viaje  a la náuseaPero aunque los sufridores del mareo más populares sean varones, los datos del primer estudio sociológico sobre el mareo cinético elaborado en España -que corrió a cargo del laboratorio Uriach, "patrón" de la popular y quincuagenaria Biodramina- muestran a las claras que son ellas quienes sufren los traslados con mayor severidad -un 19% frente al 8% registrado entre los hombres-, amén de los ancianos, con quienes hay que tener sumo cuidado, ya que pueden padecer este trastorno incluso al salir de la bañera, y los niños de entre 2 y 12 años, a los que la cinetosis afecta en el 20% de los casos. A partir de esta edad la sensibilidad al movimiento se va reduciendo progresivamente, aunque no serán pocos los que tendrán que aprender a convivir con ello el resto de su vida.

¿Pero a qué se enfrentan exactamente las personas que se marean? En realidad, el mareo cinético no es una enfermedad en sentido estricto, sino un "padecimiento funcional" de tipo fisiológico caracterizado por la pérdida del sentido del equilibrio, que reside y es controlado por la cavidad del oído interno conocida como laberinto. El doctor Javier Gavilán, jefe del Servicio de Otorrinolaringología del madrileño hospital de La Paz, explica que "el sistema que se activa es el llamado aparato vestibular, encargado de transmitir vía nervio octavo o vestibular al sistema nervioso central la sensación de estabilidad respecto a los tres planos del espacio, la aceleración en el plano horizontal, vertical y en el angular".

El equilibrio pone a prueba todos los sentidos

Pero no lo hace solo, para lograrlo se ayuda de otros centros sensoriales: la percepción visual, los receptores cutáneos de la presión y los músculos, con preeminencia de los alojados en el cuello, y las articulaciones. Todos ellos trabajan de manera conjunta y ordenada para que el cerebro descodifique una simple y a la par compleja información: equilibrio respecto al entorno. "Cuando todos los sistemas de aviso no están de acuerdo, el cerebro se siente engañado y pone en marcha mecanismos inadecuados de reacción ante la estimulación excesiva que está recibiendo", matiza el neurólogo del Hospital Clínico de Santiago de Compostela, el doctor Manuel Arias. Es en este instante cuando el sistema nervioso descifra la información contradictoria activando el centro del vómito, sito en el tronco del encéfalo, y se presentan las náuseas, previa sudoración, sialorrea o segregación excesiva de saliva, palidez y aturdimiento. Este conflicto neurovegetativo emerge, por poner un ejemplo, cuando el pasajero decide leer en la parte trasera de un automóvil. El oído interno y los receptores de la piel detectan movimiento, pero no los ojos, centrados con exclusividad en las páginas del libro. El resultado ya se sabe. Los expertos insisten, sin embargo, en que existe un componente personal de "sensibilidad exagerada" hacia el movimiento que incide en este trastorno. Si la lectura no es buena aliada, tampoco lo son las comidas copiosas, ricas en grasas o en productos que empeoran la circulación, como la sal, la nicotina o el alcohol, ni mucho menos los bruscos cambios de postura; en el interior de un habitáculo se debe evitar siempre mirar hacia atrás. A estas recomendaciones debe acompañarse la correcta elección del emplazamiento según sea el medio de transporte. Es conveniente sentarse en la parte delantera en coches, trenes y autocares, y a la altura de las alas en los aviones, donde la aceleración vertical es menor. También se pone énfasis en la necesidad de fijar la vista en un punto de referencia lejano, con un ángulo aproximado de 45 grados sobre la línea del horizonte y mantener bien ventilado, y sin olores ni humos, el habitáculo interno del vehículo.

¿Qué medicamentos se deben tomar?

Muchas compañías de transporte han llegado a adoptar medidas rigurosas, como la tecnología basculante que utilizan las líneas ferroviarias para amortiguar los vaivenes que sufre el cuerpo humano en las curvas. Estos adelantos a su vez incrementan el bienestar y la comodidad del pasajero.

La vía terapéutica se presenta, de la mano del dimenhidrinato, comercializado como Biodramina o Contramareo, y la tietilperazina, de la marca Torecan, como la más recurrente y efectiva para frenar la respuesta química que proporciona el sistema nervioso a la descoordinación de los núcleos sensoriales. Existen asimismo medicamentos derivados de otros principios activos como la meclozina, que puede encontrarse en chicles, caramelos, jarabes o comprimidos (Dramine), y la escopolamina, de la firma Vorigeno. Todos ellos se han hecho un hueco en bolsos y botiquines, pues administrados siempre con carácter profiláctico, esto es, con una anticipación al viaje de entre 15 minutos y una hora, logran deprimir la actividad del laberinto, extendiendo el efecto sedante con consecuencias como la somnolencia. Por eso, ¡abstenerse los conductores!

Por último, y junto a las anteriores cautelas, cada vez son más exitosas las medidas preventivas que intentan mitigar la ansiedad y el estrés que confluyen antes y durante muchas situaciones de cinetosis. Existen terapias alternativas como la práctica del yoga, la reflexoterapia, la acupresión, la ingesta de emetrol y jengibre o el uso de pulseras presoras en la parte interna de la muñeca. Pero las evidencias de que éstas funcionen realmente están aún por confirmar.

Un asunto de altos vuelos
La cinetosis no es la única problemática que se presenta en un desplazamiento. Los aviones son el centro de actuación de una serie de dolencias que, a mayor trayectoria, truecan de mera sintomatología a cuadros clínicos de gravedad. Es el caso de la trombosis venosa profunda o "síndrome de la clase turista", que según un reciente estudio científico neocelandés, afecta ya a uno de cada cien pasajeros de vuelos internacionales, sobre todo en trayectos de diez o más horas. Se manifiesta en la formación de importantes coágulos de sangre en una vena profunda ubicada en las extremidades inferiores. El remedio: estirar las piernas, levantarse y caminar en la aeronave. También la aerofobia o miedo a volar se "ceba" con unos cuatro millones de españoles, a los que pensar en montar en un avión provoca efectos emocionales y fisiológicos, a veces de gran consideración. Pero el problema más conocido es el jet-lag o disritmia circadiana, una alteración en el ritmo biológico de los seres humanos que se traduce en un desfase del huso horario, con cambios en la alimentación y la vigilia, así como en anomalías en la secreción de hormonas como los cortisoles.


Érika Montañés
 






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