Te quedarás boquiabierto

destacado-bostezosAtención, este artículo puede provocar más de un bostezo. Y no por su falta de interés -eso esperamos-, sino porque trata de una de las conductas más contagiosas que existen. La ciencia aún intenta explicar tan enigmático comportamiento.

La mandíbula se tensa, la boca se abre e inspira una gran cantidad de aire. Luego sigue una rápida espiración, acompañada por una sensación de bienestar. Basta con leer esta descripción para sentir ganas de bostezar, un gesto tan cotidiano como incomprendido por la ciencia. Comer, hablar, mirar... muchas de las acciones que se hacen a diario tienen una función obvia. No es el caso.

"Ver un perro o un caballo bostezando me hace sentir que todos los animales están construidos con la misma estructura". Así expresaba Charles Darwin en sus notas de 1838 la universalidad del ademán. Causado por el cansancio, el aburrimiento o la digestión, aparece prácticamente en todos los vertebrados, lo cual sugiere un origen muy antiguo; probablemente se remonta al ancestro común de todos estos seres vivos. La supervivencia del bostezo, prácticamente inmutable durante millones de años, indica que debe tener una función evolutiva fundamental. De hecho, los fetos humanos de 15 semanas ya lo experimentan. ¿Sirve para ?enfriar el cerebro?? ¿Para despertar la atención? ¿O más bien está relacionado con la excitación sexual? Hasta ahora no se han encontrado respuestas definitivas.

El patriarca de los médicos, el griego Hipócrates, fue el primero en escribir algo al respecto. Según su hipótesis, se trata de un sistema para expulsar el "mal aire" de los pulmones o para regar el cerebro. Su Tratado de los vientos intentaba demostrar que el origen de todas las enfermedades era el aire, por lo que consideraba este acto como una mala señal, un presagio de fiebre. Luego se sucedieron otras teorías, pero quedó relegado como un tema menor en la medicina. Sólo apareció un nuevo punto de vista a mediados del siglo XIX, cuando los neurólogos franceses Jean-Martin Charcot y Georges Gilles de la Tourette se pusieron a estudiar casos de mujeres en los cuales el bostezo compulsivo acompañaba la entonces llamada "histeria". Los trabajos de Charcot inauguraron un enfoque muy fructífero en este campo: el de las neurociencias.

Los pacientes de Parkison apenas lo experimentan

Abrir la boca involuntariamente desencadena un verdadero torbellino de señales bioquímicas en el cerebro. La dopamina, la oxitocina, la acetilcolina, la serotonina o la hipocretina son algunas de las sustancias que intervienen en el complejo e incomprendido proceso neuronal que se activa cuando bostezamos. La dopamina, en concreto, parece jugar un papel crucial. Efectivamente, esta sustancia escasea en el cerebro de los enfermos de Parkinson, que también presentan una casi total desaparición de ese comportamiento. Algunos fármacos que alivian el mareo en los viajes inhibiendo la acetilcolina también reducen de forma notable su frecuencia. Finalmente, los científicos han detectado la aparición de hormonas sexuales y sustancias opioides durante el proceso. Las primeras podrían estar relacionadas con las erecciones que a veces se producen entre los hombres, mientras que las segundas atenuarían nuestra capacidad de reaccionar, convirtiendo el bostezo en algo imposible de parar.

¿Pero acaso toda esta maquinaria cerebral se activa para disparar una simple señal de aburrimiento? Conducir, leer, esperar, viajar en transporte público... las actividades monótonas y repetitivas son las situaciones en las que nos asaltan con mayor frecuencia. Otras ocasiones que favorecen esta manifestación no parecen más complejas: los momentos antes de acostarse y los que siguen al despertar, la sobremesa de una comida abundante, las horas de ayuno o el mareo en los viajes. Ninguno de estos escenarios parece justificar la complejidad cerebral y la permanencia milenaria del bostezo.

Hay un conjunto de circunstancias que no se caracterizan por hastío, cansancio o plenitud gástrica y que también lo provocan: los atletas antes de las competiciones, los paracaidistas en los momentos previos a su primer salto, los estudiantes cuando se tienen que enfrentar a un examen, los músicos que se preparan para dar un concierto... Parece que la maquinaria cerebral que desencadena el bostezo se activa antes de un acontecimiento importante, en concomitancia con un estado de alerta y vigilancia. Estas mismas circunstancias se dan en el mundo animal. En muchas especies, bostezar precede al apareamiento. Los peces luchadores siameses machos lo experimentan antes de atacar a un rival. En los zoos, es muy común ver leones o simios abriendo la boca cuando queda menos de una hora para comer. Asimismo, los depredadores suelen hacerlo antes de ir de caza y las hienas mientras rodean una carroña.

No es cierto que sirva para oxigenar el cerebro

Tales observaciones han proporcionado los indicios para desarrollar la teoría más difundida en la actualidad. El viejo argumento -que todavía sigue circulando- según el cual serviría para "oxigenar el cerebro" ha quedado totalmente desacreditado. En los años ochenta, Robert R. Provine, psicólogo de la Universidad de Maryland (EE UU), se tomó la molestia de ponerlo a prueba. Pidió a un conjunto de estudiantes que pensaran en el acto que pretendía estudiar mientras inhalaban aire con distintas concentraciones de CO2. De promedio, los voluntarios reaccionaban bostezando unas 24 veces por hora, al margen de la concentración de dióxido de carbono. Por tanto, el experimento excluyó el aporte de oxígeno como explicación al comportamiento. Un colega de Provine, Ronald Baenninger, de la Universidad Temple, en Filadelfia (EE UU), decidió atacar el problema de frente. Proporcionó a varias personas un equipo portátil pidiéndoles que apretaran un botón del aparato cada vez que les acometía un bostezo. Después de recoger datos durante dos semanas, Baenninger averiguó que la mayor frecuencia se registraba unos 15 minutos antes de alguna actividad que requería especial atención o entrega.

El cuerpo se resiste así a desconectarse del entorno

El experimento confirmaba que debe ser un sistema para incrementar la alerta en los animales. Esto parece obvio para los actos sexuales o la caza, pero su manifestación durante los momentos de cansancio o aburrimiento también se podrían explicar como un intento del cuerpo de resistirse a caer en un estado de desconexión con el entorno.

Sin embargo, esta teoría no explica el fenómeno más sugerente: el bostezo "contagioso", que sólo experimentan humanos y ciertos primates. Asimismo, por mucho que unos padres expresen así su cansancio, nunca serán emulados por el bebé que los mantiene despiertos con su llanto. Un experimento realizado en 2003 por los psicólogos James Anderson y Pauline Meno, de la Universidad de Stirling, en el Reino Unido, demostró que esta conducta no surge antes de los 5 o 6 años.

Otra investigación realizada en 2007 por un equipo que coordinaba el psicólogo Atsushi Senju, de la Universidad de Londres, reveló que los niños autistas tampoco se infectan. La total desaparición del fenómeno en individuos con una escasa empatía lo vincularía, pues, con la capacidad de conectar con el prójimo. Dicha empatía tiene una función evolutiva fundamental. Por ejemplo, cuando una paloma siente que se acerca un peatón, levanta el vuelo y toda la bandada la sigue inmediatamente, aunque la mayoría de los ejemplares ignore la causa de la alarma.

Bostezar en grupo puede ser una ventaja evolutiva

En 2005, un grupo de neurocientíficos alemanes y suecos, coordinados por Riita Hari, de la Universidad Tecnológica de Helsinki, en Finlandia, descubrió que durante el "bostezo contagioso" se activa el surco temporal superior del cerebro, la misma estructura que funciona en la percepción del movimiento de ojos y boca. Como demuestra el uso de los emoticones en correos electrónicos y en los sms, tales ademanes son el vehículo principal para percibir las emociones de nuestros semejantes. Así pues, esta pulsión colectiva podría haberse consolidado a lo largo de la evolución como una herramienta para "propagar" el estado de vigilancia en un grupo. Aún se desconoce si es así, pero lo que nadie puede negar es la fuerza irrefrenable que nos empuja al bostezo. ¿Acaso no ha abierto la boca más de lo normal mientras leía este artículo?

Michele Catanzaro

Etiquetas: cerebroneurociencia

Continúa leyendo

COMENTARIOS