Mentes maravillosas: Susana y los ninis

punset-interiorartculo¿Les parece normal que una gallega sea directora del laboratorio de neurociencia visual que lleva su nombre en el Instituto Neurológico Barrow, en Phoenix, Arizona? Es cierto que cerca de allí conocí también, hace muchos años, a uno de los más grandes neurólogos de nuestro tiempo, Antonio Damasio, de origen portugués e inventor de la frase (no "pienso, luego existo" -esa la inventó Descartes-, sino absolutamente todo lo contrario): "Existo, luego pienso".


Martínez-Conde, ése es el nombre del laboratorio estadounidense que citaba al comienzo, se ha especializado en detectar las huellas neurobiológicas que siguen, de manera inconsciente, los magos. A Susana no le extraña nada, por supuesto, que la magia haya precedido a la ciencia. Se conoce a todos los ilusionistas que en el mundo han sido; sin percatarse, como los demás mortales, de los trucos y trampas realizadas por éstos, a pesar de conocer al detalle los reflejos neurales en que se basan, sin ellos saberlo.

Susana me ha enseñado una de las tres o cuatro cosas que les voy a intentar transmitir a mis nietas cuando me pidan -antes de que se descohesionen mis átomos- que no me lleve a la tumba lo más importante de todas las tonterías que he aprendido en más de setenta años. Susana rebosa ciencia y magia por todas partes; su nivel de fluctuaciones asimétricas es netamente inferior al promedio y tal vez por ello -o a pesar de ello- puede transmitirte verdades como un templo sin darse ninguna importancia.

Una de estas cuatro verdades se la pude extraer porque, cuando nos conocimos, yo estaba por azar profundizando en saber por qué los jóvenes ninis -que ni estudian ni trabajan- son como son y no de otra manera. Me había dicho a mí mismo "Eduardo, no es posible que, con todo lo que nos está sugiriendo hoy la irrupción de la ciencia en la cultura popular, seas incapaz de ofrecer a los ninis algo que les sirva; en lugar del insulto o el desprecio. Algo tiene que haber, fundado científicamente, a lo que puedan agarrarse para mejorar o explicar su situación".

Pues bien; ese algo me lo dio Susana Martínez- Conde y me gustaría pasarlo tal cual a mis nietas y a los ninis. La frontera entre la ceguera y la visión cuando alguien mira un objeto estacionario la perfila el movimiento, la acción intensa de meandros oculares inconscientes, el impacto de lo que llaman microsacadas que se correlacionan con estructuras de actividad neural. Al contrario de nosotros, las ranas no perciben una mosca solitaria pegada a la pared, a menos que se mueva. Lo mismo puede ocurrirles a algunos ninis a fuerza de ni moverse ni estudiar ni trabajar. Si no hay acción, si no se produce movimiento -aunque sea minúsculo o micro, me enseñó Susana-, el cerebro se encoge, el hipocampo disminuye, el cuerpo se reduce.

Gracias, Susana, por hacerme ver -justo cuando estaba pensando en reducir mis niveles de actividad- que "quieto parao" es la receta ideal para no ver a los parados, de la misma manera que la rana no ve a la mosca en la pared; que tampoco puedo ver a los que se mueven sin poner en marcha millones de minúsculos meandros oculares, todos al mismo tiempo; que el número de neuronas se estanca con la falta de actividad; que me habían engañado cuando intentaban convencerme de que la soledad y el aislamiento son la situación ideal para innovar pensando. Por el contrario, cuando un cerebro se relaciona con otro, nace lo que los neurólogos llaman la inteligencia social, siendo, precisamente, las interrelaciones establecidas entre los dos cerebros el soporte que sustenta la complejidad necesaria para que se produzca la innovación. Que sin estudiar ni trabajar el universo sería más pequeño y la vida no habría aparecido.

Eduardo Punset

Etiquetas: cerebroneurociencia

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