Mejor que bien

 

 

Si alguien nos dijera que en el año 2010 los ciudadanos del planeta van a gastarse 40.000 millones de euros en comprar medicinas que no curan nada, puede que pensemos que nuestro interlocutor se ha vuelto loco. Pero si nuestro interlocutor esgrime nada más y nada menos que el último informe sobre tendencias del mercado farmacéutico presentado por Deutsche Bank hace pocos meses, empezaremos a pensar que el que se ha vuelto loco es el mundo.

 

Ni una cosa, ni otra. Ésta no es más que la evidencia de una nueva tendencia que empieza a convertirse en fenómeno estelar dentro del mercado de los medicamentos: el auge de las llamadas "píldoras del estilo de vida", de los productos médicos diseñados para combatir condiciones, molestias o características funcionales que, en sí mismas, no suponen ninguna amenaza para la salud de paciente, pero que repercuten en su sensación de calidad de vida. 

 

La calvicie, la impotencia, las bolsas de los ojos, el jet lag, la resaca o el mal humor no pueden considerarse enfermedades, no son graves, no producen bajas laborales ni amenazan la vida de nadie pero se han convertido en una mina de nuevas píldoras, cremas, tratamientos y terapias a ellas dedicadas.

 

En principio no parece nada raro que una persona desee estar mejor que bien, que quiera deshacerse de esas pequeñas imperfecciones físicas, fisiológicas o anímicas que le incomodan. Queremos borrar el acné del rostro, superar nuestra timidez, mejorar nuestro rendimiento sexual o disimular la falta de pelo. El problema surge cuando, según ha advertido el experto en Bioética Carl Elliott, "se empieza a medicalizar la conducta social", es decir, cuando deseos y necesidades que siempre han pertenecido al entorno de la socialización del individuo -como su capacidad de relacionarse con otros, su éxito laboral o sus relaciones amorosas- pasan a ser resueltas en la farmacia de guardia.

 

¿Hay algo de malo en eso? Para el director del servicio de Farmacología Clínica de la Clínica Universitaria de Navarra, Jesús Honorato, "el auge de estos fármacos es un reflejo del hedonismo imperante en la sociedad que vivimos y de nuestra buena disponibilidad económica. Todo ello conduce a un culto exagerado al medicamento, sobre el que se depositan responsabilidades que uno no es capaz de asumir".

 

Pero hay otras causas que pueden explicar el auge de este tipo de fármacos. Según Naciones Unidas, en España el 22 por 100 de la población tiene más de 60 años y el porcentaje se duplicará para 2050. Es evidente que los signos propios del paso de los años no siempre son asumidos con resignación natural por quienes los experimentan y que las empresas farmacéuticas cuentan con un caldo de cultivo ideal para fomentar la tentación de combatirlos.

 

Algunos expertos consideran que, lejos de ser perjudicial, esta tendencia es un ejemplo de la madurez de las sociedades. Es el caso de Rafael García, director general de la Asociación para el Autocuidado de la Salud, quien ha declarado que "los ciudadanos quieren ser gestores de su bienestar y ello obliga a que la farmacia deje de ser un centro únicamente de dispensación de medicamentos prescritos ".

 

El problema reside en determinar si el auge de estas terapias tiene como causa una auténtica demanda de autogestión de la calidad de vida o responde a la simple presión del marketing farmacéutico. Hay que tener en cuenta que el mercado del medicamento cuenta con pocas vías de crecimiento rápido. La mayor parte de los tratamientos para enfermedades graves está sometida a las restricciones de las políticas de gestión sanitaria de cada país y su rentabilidad depende de la financiación del sistema sanitario público. En España, por ejemplo, fármacos antiobesidad como el Xenical no están entre los sufragados por la Seguridad Social pero sí lo están en el Reino Unido. Las terapias del estilo de vida ofrecen una interesante extensión del mercado.

 

Muchas de estas "píldoras del bienestar" presentan, en efecto, resultados eficaces a ciertos niveles de uso. Por ejemplo, hay moléculas que detienen la caída del cabello o que ayudan a perder peso. El problema es la presentación en exceso atractiva de sus propiedades. Un ejemplo clásico es el de un nuevo tranquilizante que empezó a comercializar la empresa Sandoz a finales de los sesenta. En su campaña publicitaria, se aseguraba que el medicamento ayudaría "al recién llegado que no puede hacer amigos, al ejecutivo que no puede resignarse a jubilarse, a la suegra que no aguanta a su nuera". Las autoridades sanitarias retiraron el anuncio porque consideraron que se estaba ofreciendo una alternativa química ilegítima a problemas sociales. Evidentemente las situaciones descritas en el anuncio producen ansiedad y la ansiedad se puede tratar con tranquilizantes. ¿Pero es ético unir el uso de tranquilizantes a la resolución de conflictos individuales, al éxito en sociedad?

 

Los nuevos productos del estilo de vida convierten al farmacéutico en una especie de asesor personal. No sólo puede orientar sobre aspectos de cosmética y belleza, sobre prevención de arrugas o eliminación del mal aliento sino que, llevada la tendencia a sus últimos extremos, podría servir de consejero ante la próxima entrevista de trabajo o de aliviador de la conciencia del jefe que acaba de despedir a diez empleados.

 

"Lo que está claro- dice el doctor Honorato- es que médico y farmacéutico tienen hoy mucho trabajo por delante para no permitir que la incultura sanitaria lleve a mucha gente a tomar sustancias que no son eficaces y, por tanto, son peligrosas".

 

Frente a este empeño, sigue presentándose la presión del mercado. Se estima que el mercado de tratamientos contra la impotencia, el tabaquismo y las arrugas crecerá entre un 10 y un 30 por 100  antes de 2010. Les siguen los anticonceptivos, los antidepresivos y las terapias contra la alopecia.

 

Muchos de estos fármacos están avalados por estudios que confirman su eficacia en determinados casos, como el uso de sildenafilo contra la disfunción eréctil. Pero algunos especialistas temen que el exceso de frivolidad a la hora de presentar sus resultados publicitariamente produzca un efecto indeseado: el usuario puede perder confianza en el médico o el farmacéutico que los prescriben.

 

Lo que no deja lugar a dudas es que consumiremos cada vez más medicamentos para gente sana.

El aumento de la longevidad, la pérdida de comunicación interpersonal, el sedentarismo y la necesidad de mantener una imagen cuidada y juvenil ayudan a la tendencia. Como recuerda Jesús Honorato, "algunas condiciones como el sobrepeso pueden tratarse mejorando los hábitos higiénico-dietéticos" y no es necesario acudir a píldoras milagrosas. En otros casos, como las nuevas moléculas para potenciar la memoria, de lo que se trata es de mejorar aún más funciones que no están deterioradas. ¿Se ha borrado definitivamente la frontera entre salud y enfermedad?

CUANDO LA MALA SALUD VENDE

Estados Unidos es el único país industrializado en el que se permite la publicidad directa al consumidor de fármacos que requieren receta. En la Unión Europea la legislación limita este tipo de anuncios a revistas para profesionales de la salud. Pero los Ministerios de Sanidad de algunos países, entre ellos España, han empezado a plantear la posibilidad de aliviar estas restricciones. El tipo de publicidad que se hace de los medicamentos es vital para analizar el funcionamiento del sistema sanitario. En EE UU, por ejemplo, se da la circunstancia de que los fármacos con receta más vendidos son, precisamente, los más anunciados. En teoría, la prescripción de un medicamento debería depender sólo de la decisión del médico basada en la evidencia. Pero el mercado publicitario es muy suculento e influyente. Por ejemplo, en EE UU, los laboratorios Merck invirtieron más en promocionar un antiinflamatorio que lo que gasta Pepsi en publicidad.

 

 

Jorge Alcalde

Etiquetas: psicología

Continúa leyendo

COMENTARIOS