LUC MONTAGNIER


Es domingo. A veinte minutos de París y de su laboratorio, Luc Montagnier esboza una sonrisa sobre el césped que acaba de cortar. Hemos tenido suerte, pues es raro encontrar en su pedazo de oasis a un hombre cuya agenda está más apretada que la de un ministro. Un remolino de aire templado  hace que se agiten los árboles centinelas, mientras que el descubridor del virus del sida evoca sus comienzos.

-¿Recuerda su llegada al Instituto Pasteur?
-Por supuesto. Jamás se me olvidará la emoción que sentí al conocer el pequeño edificio donde murió Pasteur y su modesta habitación. En el Instituto, el culto a Pasteur es algo exagerado, cercano a la beatería... Y no es extraño, porque el personaje fue, sin duda, fascinante. Admiro su sentido práctico de las cosas, por ejemplo. Nunca perdía de vista las aplicaciones potenciales de sus investigaciones. Y, además, era muy valiente. No creo que los científicos de hoy en día seamos tan audaces como él.

-Como científico, ¿qué es lo que más le fascina del mundo natural?
-Lo viviente. La excepcional continuidad del mundo animado, con sus mecanismos más minúsculos, las moléculas, sus instrumentos en la escala de las cadenas de átomos. Pero también los objetos más complejos, los órganos más perfectos. La belleza de la ciencia reside en conocer qué ley preside esta organización de la materia.

-Y es precisamente en ese punto, en los límites de lo vivo y lo inanimado, donde se encuentran sus compañeros de viaje, los virus...
-Los virus son el mejor campo en el que hoy se puede trabajar. Es posible reproducir o acelerar su evolución en probetas para observar en pocas horas qué mutaciones pueden sobrevenir, cómo se adaptan al medio. Y lo que es mejor: esto se aplica también a los medicamentos para, quizás, producir mañana en laboratorio productos que no existen en la naturaleza y que nuestra mente se habría negado a concebir.

-En esta pequeña habitación es donde usted pasa la mayor parte de sus horas en casa. ¿A qué las dedica?
-Me gustaría dormir un poco más, porque estoy falto de sueño desde hace años, pero he de reconocer que cada vez que cierro los ojos suelen asaltarme las pesadillas, así que paso el menor tiempo posible en su compañía. No tengo más remedio que pensar, preparar las cuestiones a las que someteré a mis colaboradores en el Departamento de Virología y preguntarme si habría que atreverse con otras pistas todavía más audaces.
Pero, sin duda, es aquí donde se fraguó su libro (Des virus et des hommes. Editorial Odile Jacob. París, 1994). En él, Luc Montagnier revela algunos fragmentos de su vida. Recorre sin tapujos su infancia, el  accidente que le deja algunas secuelas y la desaparición de ese abuelo vencido por el cáncer, que le confirmará en su vocación médica.
Con la lectura descubriremos a un adolescente que devora a Julio Verne y mordisquea todas las experiencias divertidas que pasan por sus manos, a espaldas de su padre, un perito mercantil aficionado al bricolaje y enamorado del progreso. Al  final de la Segunda Guerra Mundial, la familia Montagnier se instala en una pequeña cueva-laboratorio, ya que su hogar ha sido bombardeado, y allí, el joven Luc encuentra lo necesario para fomentar su pasión por la ciencia: pilas eléctricas de sodio, laboratorio de mezclas químicas explosivas... A los 23 años, ya es ayudante de biología molecular en la Fundación Curie de París.

-¿Cuándo comenzó a investigar sobre el sida?
-En 1982, la enfermedad empezó a atraer mi atención de investigador. Comencé a pensar que el agente responsable podría ser un virus y el azar me ayudó. Fue Paul Prunet, director científico del Instituto Pasteur Producción, quien condujo mis primeros pasos en este campo. Queríamos saber si en la sangre del laboratorio que se empleaba para la investigación de ciertos cánceres se hallaba el retrovirus que podría causar el sida. Era una excelente cuestión que supuso el origen de mi equipo de trabajo con Cherman y Barré-Sinoussi.

-La historia del descubrimiento del virus quedará manchada por una polémica científica ocasionada por una contaminación de los cultivos virales de Robert Gallo, su competidor estadounidense. El virus que su equipo había puesto en conocimiento de la comunidad científica, según las reglas de la investigación internacional, fue bautizado por Gallo con otro nombre y hecho suyo. Hoy día, la polémica está cerrada en beneficio exclusivo de los franceses, pero ¿cree que realmente robó Gallo su virus?
-No tengo razón para dudar de que la tesis presentada por Gallo atribuyendo el caso a una involuntaria contaminación de laboratorio sea cierta. Pero en este punto he de decir que si la Administración francesa se hubiera convencido más rápidamente del trabajo de nuestro equipo, se habrían podido ganar meses en la puesta a punto de pruebas de diagnóstico y habríamos saldado la polémica mucho mejor.

-¿En qué estado se encuentra hoy la investigación? ¿Sigue siendo concebible una vacuna contra el sida?
-Sí. Aunque es una tarea difícil, sin duda. Por ejemplo, la pista más avanzada, la de los anticuerpos neutralizantes, parece destinada al fracaso, pues los anticuerpos sólo reconocen una parte extremadamente variable del virus. Otra estrategia más prometedora, pero también más compleja, consiste en poner en juego anticuerpos que se encarguen de las partes conservadas del virus. O incluso en provocar la inmunidad de las células contra el virus antes de su intrusión. Pero esta opción plantea el problema ético de cómo deben probarse las supuestas vacunas.  Aun así, la esperanza podría venir por vías más originales, por una experiencia sobre el terreno.

-¿Sobre el terreno quiere decir, por ejemplo, en África?
-Contamos mucho con ese continente. Allí la incidencia de la enfermedad es altísima y en algunos países  el porcentaje de individuos infectados puede ascender al 10 por 100. Las probabilidades de que un habitante se tope con el virus son inmensas. Sin embargo, se ha constatado que un determinado número de ciudadanos jamás se infecta.  Posiblemente gocen de una resistencia inmunitaria natural. Hay que estudiarlo porque los casos de inmunidad espontánea contra el sida abren una nueva vía a la esperanza .

-Con respecto a la vacuna parcial o total, los investigadores prueban todas las salidas terapéuticas posibles, como las asociaciones entre diversos antivirales que actúan sobre diferentes etapas de la reproducción del virus.
-Sí. A mi juicio, es necesario realizar un enfoque terapéutico global. Tenemos que asociar antioxidantes y antibióticos, restaurar la inmunidad celular que permite la supervivencia a largo plazo, etc. Todo ello con la idea de frenar la evolución hacia la enfermedad, por supuesto. Cuando se conozcan bien los distintos medios de lucha, podremos utilizar masivamente estos medicamentos.

-Y en el campo del  tratamiento de enfermos ya infectados, ¿qué nuevas tendencias han surgido?
-El nuevo objetivo, que se plantea con unas cuantas semanas de tratamiento de choque, es hacer salir los virus presentes en las células en estado latente, después arrinconarlos mediante un tratamiento antiviral y así luchar contra la infección. Éste es el tipo de estrategia que deseo que se estudie en los centros de investigación clínica englobados en mi fundación.

-Permítame que le pregunte sobre un aspecto desagradable de su trabajo. Es usted un investigador cubierto de honores, acostumbrado a las batallas científicas en torno a los temas más discutidos. Sin embargo, no es por ello inmune al azote de la enfermedad, y algunos amigos suyos han muerto a causa de ella...
-Rabio a diario por ello. Es el aspecto más duro de mi carrera, aunque también una fuente formidable de motivaciones.

-Una vez más, la muerte reaviva en usted la vocación de médico, como cuando murió su abuelo...
-Sí, tratar directamente con el problema es un estímulo para el trabajo. He pensado, incluso, en traer  seropositivos a mi laboratorio para que conozcan a  los investigadores de cerca, pero no sé cómo hacerlo. Pero para mí, está claro, la motivación está ahí, en la urgencia para que mañana esos mismos portadores que hoy conocemos puedan contar en pasado: "Yo tuve el sida". Hay que levantar la nariz de la mesa, pensar en los enfermos... Recuerdo todos los nombres de los primeros pacientes. No es fácil codearse con la muerte, pero hay que hacerlo.

-Desde hace más de un año, usted ha trasladado su campo de batalla también a los despachos para hacer vivir su fundación con el apoyo financiero de la Unesco...
-Los frutos de este trabajo de pasillos han madurado. Ya hemos comenzado a levantar tres centros de investigación clínica. Existe el del hospital Saint Joseph de París, otro en Abidján (Costa de Marfil) y otro más en Estados Unidos, en San Diego.

-Aunque intuyo que no será suficiente para un médico enemigo del tiempo... Tres millones de enfermos y diecisiete millones de seropositivos en el mundo es bastante para buscar a cada instante el último aliento de energía.
-Es cierto,  he sacrificado muchas cosas en esta lucha, pero ¿podía hacer otra cosa? Hay tanto que probar...
Para dar salida a su incontrolable necesidad de trabajo, Montagnier organiza reuniones entre físicos y biólogos, y acude a tantos congresos internacionales como puede. Para colmo, los domingos, el ojeador del virus dedica algunas horas de libertad a prologar una biografía de Pasteur en el centenario de su muerte. "Pasteur vivía separado de la sociedad, detestaba la vida mundana. Sin embargo, siempre pensaba en las aplicaciones industriales y sociales de sus trabajos. Estoy seguro de que se habría preocupado por investigar el sida."
Patrice Lanoy

Esta entrevista fue publicada en marzo de1995, en el número 166 de MUY Interesante

 


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