Los héroes de la viruela

 

El 30 de noviembre de 1803, el mismo día en que la bandera española era arriada de las fortalezas de Luisiana y este fértil territorio volvía a manos de Francia, al otro lado del Atlántico, ajenos a los vaivenes de la política internacional, los expedicionarios embarcados en la corbeta María Pita partían de La Coruña rumbo a América con una carga extremadamente valiosa para la salud de las colonias: la vacuna de la viruela.

 

A finales del siglo XVIII, las enfermedades epidémicas se extendían con una virulencia aterradora por todos los países europeos. Una de ellas, la viruela, mataba cada año a 400.000 personas sólo en el Viejo Continente. Sin embargo, con el cambio de siglo surgieron motivos para la esperanza.

 

En 1796, el cirujano inglés Edward Jenner inoculó a un niño sano de 8 años líquido procedente de una vesícula que tenía  una lechera en un dedo. Ésta había contraído una enfermedad propia del ganado vacuno cuando ordeñaba una res. El niño desarrolló una leve patología al cabo de unos días y se formó una vesícula en los puntos de inoculación, pero desaparecieron sin complicaciones. El pequeño había quedado así protegido de la enfermedad de la viruela. Poco después se descubrió que la vacuna se podía transferir de un individuo a otro sin perder sus propiedades, lo que proporcionaba a la ciencia médica su primera arma eficaz para combatir esta pandemia.

 

Hasta entonces, para intentar evitar la muerte por viruela se inoculaba a la persona sana con el pus de un infectado. Si todo iba bien, se superaba la enfermedad más o menos benignamente y se quedaba inmunizado de por vida, pero a todos los efectos, se trataba de una ruleta rusa que a menudo provocaba la muerte del inoculado.

 

El hallazgo de Jenner provocó un vivo debate científico y ético sobre la conveniencia de la vacunación. Entre sus detractores se encontraba parte de la clerecía inglesa, que no dudó en calificarla de "invención infernal". Por el contrario, Francisco Javier Balmis, cirujano honorario de cámara del monarca español Carlos IV, se mostró desde el primer momento partidario de la novedosa práctica.

 

El mismo rey, quizá sensibilizado porque algunos de los infantes habían sufrido la enfermedad, o quizá porque deseaba poner remedio a los desastrosos brotes que, como había ocurrido en Lima en 1803, azotaban periódicamente las colonias, apoyó la práctica de la vacunación. Así se desprende de la Real Orden publicada en la Gaceta de Madrid que, con estas palabras, legitimaba una expedición para llevar la vacuna a América y Filipinas: "Deseando el rey ocurrir a los estragos que causan en sus dominios de Indias las epidemias frecuentes de viruelas, y proporcionar a aquellos sus amados vasallos los auxilios que dicta la humanidad y el bien de estado, se ha servido resolver que se propague a ambas Américas, y si fuera posible a Filipinas (...), el precioso descubrimiento de la vacuna, acreditado como un preservativo de las viruelas naturales".

En septiembre de 1803, Carlos IV, dispuesto incluso a sufragar la Expedición, emitió un edicto dirigido a los funcionarios de la corona donde ordenaba que apoyaran a Balmis para vacunar a la mayor cantidad de gente posible, enseñar a preparar la vacuna antivariólica y organizar juntas municipales de vacunación.

 

La empresa no le caía grande a este doctor alicantino, si bien sí supuso el punto culminante de su carrera. Balmis, que pertenecía a un linaje de cirujanos, había participado en 1780 en el sitio de Gibraltar como médico militar y había trabajado más de una década en distintos hospitales de América, donde su memoria y el recuerdo de su trabajo permanecen hoy más vivos que en España. A él se debe la traducción del primer libro de vacunaciones publicado en nuestro país, el Tratado histórico y práctico de la vacuna, del profesor del Liceo Republicano Moreau de la Sarthe, así como diversos estudios sobre el tratamiento de la sífilis a partir de la begonia y el agave traidos del Nuevo Mundo.

 

Llevar la vacuna de la viruela al otro lado del mar suponía, sin embargo, todo un reto. Sin sistemas adecuados de conservación ni refrigeración, no parecía que hubiera forma de asegurar la supervivencia de la infectividad del virus. A mediados de 1803, la Junta de Cirujanos de Cámara aprobó su Derrotero para conducir con la más posible brevedad la vacuna verdadera y asegurar su propagación en los cuatro virreinatos de América, provincias de Yucatán y Caracas, y en las Islas Antillas. El ambicioso plan concebía la utilización de una cadena humana integrada por niños sanos que irían siendo inoculados sucesivamente con el virus extraído de las pústulas de los vacunados la semana anterior. Así se pretendía conservar el precioso fluido, en el organismo de aquellos pequeños.

 

Para asegurar el éxito del proyecto, a Balmis se le asignó un presupuesto de 200 doblones y la María Pita, una corbeta de 200 toneladas que habría de llevarle desde La Coruña hasta América. La nave fue cargada con lienzo para las vacunaciones, 2.000 pares de vidrios para mantener el fluido, una máquina pneumática, barómetros, termómetros y medio millar de ejemplares de la obra de Moreau de la Sarthe, que serviría como manual para la difusión de la práctica de la vacunación en los lugares por donde pasase la expedición. Además, Balmis debería anotar el resultado de su trabajo en seis libros en blanco, que servirían como testimonio de su labor a su regreso a España.

Así equipada, la Expedición Filantrópica, como sería recordada después, partió rumbo a su primera escala, las Islas Canarias. Allí, cientos de personas recibieron la vacuna directamente de dos de los 22 niños que iban embarcados.

 

El 9 de febrero de 1804 la María Pita avistó Puerto Rico. La isla caribeña, sin embargo, reservó a los expedicionarios un frío recibimiento. Las autoridades locales ya habían conseguido la vacuna a través de la colonia danesa de Santo Tomás y la habían propagado entre la población, así que Balmis, tras organizar una junta central de vacunación, decidió no perder más tiempo y partir rumbo a Venezuela, una de las escalas más importantes de su viaje.

 

Allí, los miembros de la expedición, aclamados como héroes por la multitud, lograron llevar la vacuna a miles de personas en -aldeas y ciudades; después decidieron formar dos grupos para optimizar el trabajo: uno de ellos, dirigido por el propio Balmis, recorrería el resto de Venezuela y Cuba, para luego partir hacia México, un lugar en el que el alicantino había trabajado varios años y era muy estimado. Los otros expedicionarios, al mando del subdirector José Salvany y Lleopart, visitarían Colombia, Ecuador, Perú, Chile y Bolivia y enviarían la vacuna a Portobelo y Panamá. En 1810, tras sobrevivir a un naufragio camino a Cartagena de Indias y soportar seis años de enfermedad y penalidades, el doctor Salvany falleció en la localidad de Cochabamba (Bolivia).

 

Pero más que el clima adverso y las rutas agrestes, fue la reticencia de buena parte de la población lo que más puso a prueba la capacidad de los expedicionarios. Así, en Lima se encontraron con el rechazo de los médicos locales, que habían hecho una pequeña fortuna comercializando la vacuna. En otros lugares, las gentes no entendían cómo podían librarse de la viruela teniéndola. Muchos indígenas creían incluso que los españoles les pasarían así la enfermedad. De nada sirvió demostrar que en las poblaciones que se negaban a ser vacunadas los brotes de viruela prendían con más fuerza y con más devastadores efectos. Y es que se temía que la vacunación de persona a persona facilitara la transmisión de la sífilis y de otras enfermedades y, de hecho, muchas veces se prefería que se hiciese directamente de una ternera. También en este punto existieron suspicacias, ya que en algunos lugares se creía que aquello suponía una repugnante promiscuidad con las bestias. Precisamente, para evitar desconfianzas, en Santa Fe, el virrey y su familia fueron los primeros en inocularse.

 

Pese a las dificultades, en Nueva Granada y en Colombia se vacunaron 56.000 personas. Casi 23.000 lo hicieron en Perú y más de 7.000 en la ciudad de Cuenca (Ecuador).

 

Una vez completado el recorrido previsto por América, Balmis embarcó en Acapulco rumbo a las Filipinas. El 15 de abril de 1805, tras una penosa travesía de 67 días -cuando no debería haber durado más de 50-, una nave con un grupo de niños mexicanos arribó en Manila con la cura para la viruela en su organismo. La falta de apoyo de las autoridades no impidió que Balmis y sus ayudantes cumplieran su misión en el archipiélago asiático. Meses después, los portugueses de Macao y los ingleses de Cantón colaboraron con el decidido cirujano español, cuya oficina de vacunación en esta localidad fue inundada por numerosos ciudadanos chinos, asustados por un brote que empezaba a extenderse por la región. Hasta entonces, los esfuerzos de los británicos por introducir la vacuna habían sido en vano. De regreso a Europa, Balmis comprobó que las reticencias inglesas llegaban incluso a su compatriota Jenner. En Santa Elena, donde la expedición hizo escala en junio de 1806, incluso despreciaban la labor del descubridor de la vacuna. Aun así, el alicantino logró introducirla en la isla. El 14 de agosto, tras completar la vuelta al mundo, Balmis llegó a Lisboa y un mes más tarde rindió cuentas del viaje al rey.

 

Dos siglos después de la Expedición de la vacuna, la comunidad científica española prepara el bicentenario de aquella hazaña sin precedentes. Las celebraciones se iniciarán cerca de donde partió Balmis, en los Museos Científicos Coruñeses, donde se rendirá homenaje a la gesta del cirujano español con una magnífica muestra interdisciplinar. Y es que el viaje de Balmis, que resultó ser el primer ejemplo de vacunación a escala global, fue en boca del propio Jenner "el más noble ejemplo de filantropía que exista en los anales de la Historia".

 

 

 

 

 

 

LA LARGA LUCHA CONTRA LA INFECCIÓN

 

Siglo XII a. de C.: en China se descubre que al esnifar el polvo obtenido de las pústulas secas de un enfermo se puede conseguir cierto tipo de inmunización.

 

Siglo XVI: primer caso documentado de viruela en Occidente.

 

1721: Mary Wortley Montagu, esposa del embajador británico en el Imperio otomano (Turquía), introduce en Inglaterra la variolización, esto es, inmunizar a un individuo transmitiéndole la enfermedad atenuada.

 

1796: Edward Jenner administra por primera vez la vacuna contra la viruela.

 

1800: el doctor Piguillem inocula la vacuna por primera vez en España, en la localidad de Puigcerdá.

 

1803: Francisco Javier Balmis traduce el Tratado histórico y práctico de la vacuna, de Moreau.

 

1803: Balmis dirige la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, que llevará ésta a las colonias españolas de América y Filipinas.

 

1903: Por Real Decreto se dicta la obligatoriedad de vacunarse en España.

 

1959: La Asamblea Mundial de la Salud decide organizar campañas de vacunación masiva contra la viruela.

 

1977: Se registra en Somalia el último caso natural.

 

1978: En el Reino Unido se da un caso mortal contraído en un laboratorio.

 

1979-1980: Una comisión de científicos eminentes certifica la erradicación mundial de la viruela. La Asamblea Mundial de la Salud lo refrenda en mayo de 1980.

 

1999: La OMS decide destruir en 2002 las últimas cepas del virus de la viruela, conservadas en laboratorios de Rusia y EEUU.

 

2002: La crisis desatada tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 obliga a la OMS a aplazar la destrucción de las cepas para poder investigar sobre vacunas que protejan a la población en caso de un ataque biológico.

 





Abraham Alonso.

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