La pista del crimen

La pista del crimen

El 28 de julio de 1997, apareció el cuerpo sin vida de una mujer en el claro de un bosque próximo a la cuidad de Braunschweig, en el norte de Alemania. El cadáver estaba parcialmente descompuesto y su rostro había sido desfigurado por un golpe violento. La misma tarde de su desaparición, que fue denunciada tres días antes, su marido Klaus Gery, un sacerdote luterano conocido por su comportamiento infiel, había colocado por el barrio unos carteles solicitando la colaboración ciudadana. Este comportamiento le convirtió en el principal sospechoso.


Un caso morboso de sexo, religión y muerte

Durante el interrogatorio, Gery insistió en su inocencia, pero la policía sabía que estaba mintiendo. La investigación reveló que el sospechoso había telefoneado a su casa para hablar con sus hijos desde una cabina próxima al lugar donde apareció el cadáver, pero Gery negó que matara a su esposa. La combinación de sexo, religión y muerte hicieron que el caso trascendiese a la opinión pública. Con las pruebas recabadas, el predicador no podía ser inculpado. Ahora, la única esperanza para atraparle estaba en una nueva ciencia contra el crimen, la entomología forense, donde los artrópodos -en concreto, los insectos y los arácnidos- son requeridos para el esclarecimiento de los delitos. El departamento de homicidios de Colonia no había pasado por alto la presencia de unas larvas en el rostro de la mujer ni unas hormigas encontradas en unas botas que Gery guardaba en su domicilio. ¿Podrían estos bichos resolver el asesinato?


Para salir de dudas, las autoridades alemanas fletaron un avión militar a Nueva York. A bordo viajaban cuatro pasajeros: un oficial de policía y tres larvas de la moscarda carroñera, Calliphora su compatriota Mark Benecke, un entomólogo forense que trabajaba en la Chief Medical Examiner?s Office de Nueva York. "A partir del tamaño de las larvas pude calcular cuánto tiempo estuvo el cadáver a la intemperie", recuerda el especialista. El desarrollo larvario indicaba que la mujer fue abandonada en el bosque a la misma hora en que se efectuó la llamada. Esta estimación se conoce como cálculo del intervalo post mortem. 


Por qué la policía mira en el radiador del coche

La segunda evidencia entomológica que inculpaba a Gery era la hormiga encontrada en su par de botas. El predicador confesó que jamás se las había puesto. Pero la hormiga pertenecía a una rara especie llamada Lasius fuliginosus, que únicamente se alimenta de árboles podridos y que nunca se aleja del nido más de 2 metros. El uxoricida fue condenado a 8 años de prisión, a pesar de que nunca reconoció haber matado a su mujer. "Las moscas establecieron la evidencia temporal; y las hormigas, la geográfica", dice el doctor Benecke. Fruto de décadas de investigación, los científicos de la policía pueden recurrir a la llamada fauna cadavérica, incluidos los artrópodos, para fijar la fecha o data de la muerte, determinar la época del año en que ocurrió y verificar que un cadáver falleció en el lugar donde fue encontrado o si, por el contrario, sufrió un traslado. Lejos de toda ficción, los insectos presentes en la escena del delito ayudan a la policía a resolver casos de homicidio, suicidio y violación. También actúan como chivatos en el contrabando de drogas, para desvelar las rutas del narcotráfico; y en el movimiento de grupos terroristas y secuestradores. Sin ir más lejos, la identificación de los insectos estrellados en la matrícula, el limpiaparabrisas o el radiador del coche permiten establecer con una precisión asombrosa cuál ha sido su itinerario; y los huevos y larvas adheridos a las hojas de cannabis hacen las veces de un sello de denominación de origen. Y por primera vez, las pruebas entomológicas son tenidas en cuenta para zanjar casos de maltrato infantil y abandono de ancianos, según el doctor Benecke.

 

Éste sabe de lo que habla. En julio de 2000, durante una diligencia de desalojo por impago, la policía descubrió en un apartamento de Leipzig (Alemania) el cadáver semimomificado de un bebé de 2 años. Tanto la madre, una prostituta heroinómana de 20 años, como la asistente social cayeron bajo sospecha. El doctor Benecke determinó que el pequeño no había fallecido en cuestión de unas horas como en principio se sostuvo, sino después de permanecer abandonado entre 7 y 14 días. Al experto germano se lo contaron los insectos. Al procesar el cuerpo del bebé, los entomólogos forenses encontraron en el pañal -y en la zona urogenital- larvas en un estadio muy avanzado de la mosca falsa de establo, Muscina stabulans, y ejemplares de la mosca domestica pequeña Fannia canicularis. Los adultos de esta especie son atraídos por hedor de las heces y la orina. El rostro del bebé, sin embargo, estaba invadido por larvas de moscas azules Calliphora vomitiva, unos dípteros que suelen acudir al inicio de la descomposición cadavérica. El estudio minucioso de las larvas y los adultos, junto al registro de la temperatura ambiental de las semanas anteriores, entre otros factores analizados, despejaba cualquier duda: el bebé llevó los mismos pañales durante aproximadamente 14 días y murió entre 6 y 8 días antes de ser descubierto. Por primera vez, la fauna cadavérica permitía demostrar un caso de negligencia anterior a la defunción de la víctima.


En el caso de los insectos, el tamaño sí importa

"Examino los insectos -larvas, crisálidas, adultos- que han invadido el cuerpo. A partir del tamaño del animal y de su estado de desarrollo puedo adivinar cuánto tiempo ha vivido en el cadáver. Y este dato me permite el cálculo del intervalo post mortem", explica el doctor Benecke, que ahora dirige el International Forensic Rechears and Consulting, en Colonia. Hoy, su destreza entomológica se la está prestando a los tribunales donde se juzgan casos de fallecimiento de ancianos abandonados y desatendidos por sus familiares y asistentes sociales que, por desgracia, ocurren cada vez con mayor frearrojan luz en casos donde las investigaciones rutinarias entran en un callejón sin salida, como se puso de manifiesto en la última reunión de la Asociación Europea de Entomología Forense (EAFE), que se celebró en Frankfurt en abril de 2003. Los asistentes avisaron de la necesidad de contar con la presencia del experto en artrópodos en el escenario del delito, pues puede contribuir a esclarecer qué cuidados recibió la persona antes de ser abandonada y a determinar si las larvas presentes en los cadáveres surgieron en lesiones ocurridas entre visita y visita, lo que excusaría al asistente social.


La abuela con un pie metido en la bolsa

El doctor Benecke lo ilustró con varios casos reales, como el del cadáver de una anciana que tenía el pie envuelto en una bolsa de plástico. La mujer falleció en su casa de una zona residencial al oeste de Alemania, en septiembre de 2002. Los forenses encontraron dentro de la bolsa numerosas larvas de mosca corómida verde, Lucilia sericata. Ante este particular, la asistente social sostuvo públicamente que "es muy posible que el pie de la persona fuera envuelto en una bolsa de plástico, y que las larvas pudieran haber estado presentes en su interior cuando la mujer aún estaba con vida." El forense estimó un intervalo post mortem de más o menos dos días y los entomólogos determinaron que la edad de las larvas, que tenían un tamaño de 11 cm, era aproximadamente de cuatro días. Ahora bien, a juzgar por la profunda pérdida de tejido en el pie, los expertos en insectos barajaron la posibilidad de que las larvas se hubiesen alimentado de la extremidad de la anciana al menos durante una semana antes de que falleciera y que luego abandonaran la bolsa para transformarse en pupa en otro lugar de la casa. "Desgraciadamente, el apartamento no pudo ser inspeccionado para confirmar esta hipótesis", confesó el doctor Benecke delante de un auditorio completamente entregado.

 

No es de extrañar. Solamente 63 científicos en todo el mundo saben seguir la pista de los insectos. "Hasta hace muy poco tiempo, los investigadores veían en los gusanos de los cadáveres una simple señal de putrefacción que había que limpiar de inmediato, en lugar de considerarlos muestras potencialmente significativas", comenta M. Lee Goff, entómologo de la Universidad de Hawai, en Manoa, en su libro El testimonio de las moscas. En el siglo XIX, la entomología forense apenas fue tenida en cuenta. Hoy se ha ganado el respeto de la comunidad científica, hasta el extremo de erigirse en una herramienta imprescindible de la medicina legal. "El entomólogo forense es el encargado de interpretar la interacción que se ejerce entre los artrópodos y el cadáver durante la descomposición, descartando los organismos que están presentes por casualidad, y de proporcionar a la policía toda la información que le pueda resultar útil para detener y acusar a los asesinos", dice el doctor Lee.

 


Prediciendo visitas en fuertes oleadas

En los cadáveres se produce una progresión sucesiva de artrópodos que utilizan los restos en descomposición como alimento y como extensión de su hábitat natural. Los entomólogos han aprendido a predecir cómo ocurre esta visita en oleadas, pues cada estadio de la putrefacción de un cadáver atrae selectivamente a unas especies determinadas (ver recuadro en página siguiente).

 

Casi todo lo que hoy se conoce sobre la descomposición del cuerpo humano y de sus visitantes alados proviene de Knoxville, en Tennessee (EE UU). El Dorado para todo aquel que investiga la descomposición y putrefacción cadavérica se encuentra en unos terrenos de la universidad. Se trata de la Granja de Cuerpos, llamada así en honor de la novela policíaca Body Farm, de Patricia Cornwell. Fundada hace más de dos décadas por el antropólogo William Bass, la Granja de Cuerpos es una parcela de 1,6 hectáreas que alberga docenas de cadáveres humanos en diferentes estados de descomposición que reproducen situaciones reales. Donados por sus dueños, los cuerpos descansan vestidos o desnudos; enteros, decapitados o con heridas; sumergidos en barro o agua; metidos en ataúdes o envueltos en plástico; debajo de la sombra de un árbol o expuestos a pleno sol...

 


Una reunión de necrófagos, parásitos y oportunistasLa pista del crimen

El propósito en todos los casos es el mismo: comprobar cómo se descompone la carne fresca, estudiar la fauna cadavérica y descifrar cómo nace, vive y muere cada visitante necrófago. Y en última instancia, responder a tres preguntas clave en toda investigación criminal: cómo, cuándo y dónde.

 

Gracias en parte a los cuerpos de Knoxville, los entomólogos han identificado los diferentes tipos de artrópodos que acuden a un cadáver. Primero están las llamadas especies necrófagas, que se alimentan de los tejidos corporales; y luego aparecen las depredadoras, que atacan a las primeras; y las parásitas, que se aprovechan de sus larvas y pupas. Al festín también se suman avispas, hormigas, escarabajos y otras especies omnívoras que cazan lo que se les pone a tiro, así como artrópodos que accidentalmente se topan con esta orgía gastronómica. Éstos últimos son visitantes circunstanciales que poco o nada interesan a los entomólogos forenses. Pero como ya se ha adelantado, esta invasión de gente menuda sigue unos patrones que siempre el experto puede preconizar, salvo excepciones. Los estudios llevados a cabo en la Granja de Cuerpos revelan que los primeros en entrar en escena son las moscardas azules, que pocos minutos después del fallecimiento, atraídas por el olor corporal, invaden los orificios naturales del cuerpo: los ojos, la nariz, la boca, los oídos y a continuación, el ano y los genitales. También les resultan atractivas para depositar sus huevos las heridas infligidas antes de la muerte o en el momento de la misma.

 


Unos sibaritas de los que la ciencia saca provecho

Las larvas recién nacidas se alimentan de carne fresca y completan su metamorfosis en el entorno cadavérico. Cada fase de su desarrollo ha sido documentada por los entomólogos. De este modo, el estado larvario de cualquier integrante de la también llamada comunidad sarcosaprófaga indica su edad y por ende el tiempo transcurrido desde la muerte de la víctima. Pero esto no es todo, ya que diferentes insectos se sienten atraídos por distintos estados de descomposición: los científicos han descrito hasta ocho oleadas que denominan escuadras o escuadrones de la muerte. Esta exquisitez nutricional también es aprovechada por los entomólogos para concretar el intervalo post mortem y la época del año en que sucedió el fallecimiento. Equipado con su kit entomológico, el experto en artrópodos se persona en el lugar de los hechos, para efectuar un estudio exhaustivo de los insectos que se encuentran sobre el cadáver, así como de los que se hallan debajo de éste, para descartar la posibilidad de que haya sido trasladado de lugar.

 

De vuelta al laboratorio, comienza la tarea de conservar los especímenes: los adultos se conservan en una solución alcohólica o se prenden con alfileres; y los inmaduros, caso de las larvas, son criados en condiciones especiales para calcular cuánto tardan en completar su desarrollo. Este dato, junto a otros obtenidos en la escena del crimen, como la temperatura, la pluviosidad y la nubosidad, es de gran valor para concretar el intervalo post mortem. Después de la conservación, el especialista se enfrenta a la tediosa y difícil labor de identificar los ejemplares y así establecer su distribución estacional, geográfica y ecológica. En su auxilio sale la ciencia de la genética, como prueba un artículo publicado el año pasado en el Journal of Forensic Science por la entomóloga Susan T. Ratcliffe y sus colegas de la Universidad de Illinois. Estos investigadores han desarrollado un sencillo método basado en dos técnicas genéticas -la reacción en cadena de la polimerasa (PCR) y los polimorfismos en la longitud de fragmentos de restricción (RFLPs)- que permite la identificación rápida de las larvas de 10 moscas diferentes pertenecientes a tres familias de dípteros. Sin duda alguna, se trata de un avance para los cazadores de insectos que acelerará la captura del criminal.

Enrique M. Coperías

Etiquetas: cienciasalud

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