Hombres bomba

Los psiquiatras tratan de entrar en la mente de los hombres bomba, para poder atajar así la nueva amenaza terrorista.


Desde el inicio de la segunda Intifada en septiembre de 2000, decenas de palestinos se han convertido en terroristas suicidas. Con ninguna otra arma que su cuerpo y un cinturón cargado con varios kilos de TNT, dinamita, triperóxido de triacetona u otro explosivo, el hombre bomba burla la vigilancia policial y estalla en mil pedazos ante el blanco elegido, provocando una inquietante sensación de impotencia y vulnerabilidad entre los israelíes. El año pasado, al menos 80 personas, la mayoría civiles, murieron en los 29 atentados con la metodología de la inmolación perpetrados por miembros de Hamás, la Yihad Islámica y las Brigadas de los Mártires de Al Aqsa.

Las contramedidas y las vengativas represalias protagonizadas por el Gobierno de Israel no han logrado contener a los terroristas. Tampoco han conseguido disuadir a los cientos de muchachos que consideran este tipo de acciones como su última y mejor esperanza en un conflicto asimétrico. Cuando el 16 de abril de 1993 Sahar Taman Nabulsi, de 22 años, cometió en Cisjordania el primer atentado suicida en la historia del enfrentamiento palestino-israelí, los grupos radicales tenían dificultades para engatusar y reclutar activistas dispuestos a inmolarse. Hoy, los aspirantes a erigirse en shahadah o mártires acuden voluntariamente a Hamás, sin ningún tipo de persuasión o adoctrinamiento, y apoyados por más del 70 por 100 de la población palestina.

Pero no son los palestinos los únicos capaces de inmolarse: el hombre bomba ha cobrado un significado especial en el actual terrorismo internacional, sobre todo después del salvaje atentado contra las Torres Gemelas de Nueva York y el Pentágono, que se cobró la vida de más de 3.000 personas. En los años ochenta, las acciones suicidas estaban circunscritas al Líbano, Kuwait y Sri Lanka. En los ochenta, se extendieron a Israel, India, Panamá, Argelia, Paquistán, Argentina, Croacia, Turquía, Tanzania y Kenia. En la actualidad, una decena de organizaciones terroristas, religiosas y seculares, cuenta con activistas fanáticos concienciados para sacrificarse en cualquier parte del mundo. Sin ir más lejos, miles de combatientes suicidas del mundo árabe acudieron presto a la llamada del derrocado Sadam Husein para combatir "a los enemigos del islam", que no eran otros que los soldados estadounidenses y británicos que invadieron Iraq en la Operación Libertad Duradera.

¿Pero cómo se explica que alguien se quite la vida siguiendo órdenes? ¿Qué convicciones tan poderosas llevan a una persona a hacerse volar en mil pedazos, despreciando un instinto tan básico como es el de la supervivencia? ¿Desde el punto de vista psicológico, son gente normal o perturbada? ¿Se trata de shahadah, como los definen los fundamentalistas, o de meros criminales de guerra, como recoge el informe Erased in a Moment, del Human Rights Watch? ¿Por qué existen hoy más hombres y mujeres bomba? ¿Daría usted su vida por un ideal político, religioso o nacionalista?

Sin duda alguna, no es fácil comprender desde nuestros parámetros el ataque suicida que, por cierto, es una práctica antigua con una historia moderna. Efectivamente, fue usada en el siglo I por los sicarios, secta religiosa que participó en las luchas de los zealotes, en Palestina; y en el siglo XI por la sociedad secreta shiíta assasin, originalmente llamada hashashiyún, que reverenció el martirio y la muerte como formas de sublimación espiritual. A mediados del siglo pasado, surgieron en Japón los llamados kamikazes, pilotos suicidas que estrellaban sus aviones con los depósitos llenos de combustible contra blancos enemigos. En la batalla de Okinawa, los kamikazes realizaron 1.900 misiones especiales o tokkotai: los pilotos suicidas hundieron más de 300 barcos y mataron a 5.000 soldados aliados en la contienda naval más costosa de la historia de EEUU.

En tiempos recientes, los ataques suicidas comenzaron en 1983, de la mano del grupo libanés proiraní Hezbolá, que se saldó con más de 300 víctimas en una serie de atentados contra la embajada de EEUU en Beirut, el cuartel general de las tropas estadounidenses y la Fuerza Multinacional francesa. En 1987, siguiendo los fructíferos pasos de Hezbolá, los tigres tamiles del LTTE, un grupo separatista de Sri Lanka, importaron las tácticas suicidas para convertirse en la más sanguinaria de las organizaciones terroristas. Sus unidades especiales, los temibles Tigres Negros, perpetraron 168 ataques suicidas en Sri Lanka y la India, entre julio de 1987 y febrero de 2000. Su eficacia para sembrar el terror sólo ha sido superada recientemente por Al Qaeda, la red liderada por Bin Laden.

La constante amenaza de las bombas humanas por parte de quienes mueven los hilos del llamado "terrorismo global, postmoderno y sin fronteras" constituye, sin temor a equívocos, un cambio tan macabro como siniestro en la práctica del horror. Además, los últimos atentados están rompiendo algunos tópicos que existían en torno al perfil psicosocial de quienes se inmolan en defensa de una causa.

Yerran quienes aún conservan en su mente la vieja e imprecisa descripción del hombre bomba: varón de entre 17 y 22 años, de clase social baja, inculto, desempleado, maniático, violento, cobarde, fanáticamente religioso y, por ende, susceptible a la promesa islámica de convertirse en mártir (shahid) y ocupar un lugar seguro en el Paraíso junto a 70 de sus seres queridos, además de disfrutar de sexo ilimitado con 72 huríes, hermosas vírgenes celestiales de ojos negros.

Los 19 terroristas del 11 de septiembre no se ajustan a este retrato robot, ni tampoco los chicos y chicas palestinos que se atan a una mochila explosiva en nombre de la Yihad, la Guerra Santa contra los infieles. Los inmolados pueden ser jóvenes solteros de ambos sexos o respetables padres de familia aparentemente normales y pacíficos que, además, tienen una cultura media e incluso universitaria. Los activistas de Al Aqsa, en general, no son fanáticos religiosos, como tampoco lo son los tigres negros, y muchos de los voluntarios de Hamás y la Yihad Islámica provienen de la Universidad de Al-Najah, en Nablus (Cisjordania), según denuncia el Servicio Secreto israelí.

Psiquiatras y psicólogos intentan ahora zambullirse en la mente del hombre bomba. No se trata de una empresa sencilla: resulta imposible someter a estudio al terrorista que se ha inmolado. No obstante, la mayor parte de los expertos coincide en afirmar que no existe una personalidad terrorista ni que sea un factor determinado el que motiva a los individuos a materializar este tipo de acciones. Y como sostiene el profesor Jerrold Post, psiquiatra experto en terrorismo de la George Washington University, "no podemos comprobar, de manera uniforme, que los miembros de estas redes terroristas padezcan perturbaciones o patologías significativas".

Para el doctor Ariel Merari, psicólogo de la Universidad de Tel Aviv, en Israel, la determinación suicida del terrorista tampoco se relaciona con una presión económica que le incline a vender su vida a cambio de un mejor futuro para el resto de su familia, aunque es conocido que Iraq y Arabia Saudí han estado pagando miles de dólares de indemnización a las familias de los mártires. También hay que excluir el fanatismo religioso como semilla del mal, pues los activistas del LTTE son laicos y, como apunta Merari, las dos terceras partes de las personas que cometieron actos de terrorismo suicida en el Líbano provenían de organizaciones sin vínculos religiosos. Además, en el islam el suicidio está prohibido y sólo mediante una perversa interpretación de las enseñanzas del profeta Mahoma por parte de los clérigos fundamentalistas, para adecuarlas a sus intereses políticos, el asesino suicida se convierte en shahid ante Alá.

La respuesta a la especial psique del hombre bomba parece hallarse en el adoctrinamiento de tipo sectario al que los jóvenes se ven expuestos desde una muy temprana edad. En un artículo publicado el pasado mes de marzo en Science, el antropólogo y psicólogo Scott Atran, de la Universidad de Michigan, sostiene que "los terroristas suicidas no son cobardes enloquecidos que surgen de la pobreza y la ignorancia. De hecho, la mayoría de los hombres bomba no muestra una psicopatología apreciable y son al menos tan educados y solventes económicamente como la población que les rodea". Para este investigador, los terroristas de Oriente Próximo que se inmolan no nacen para matar y morir por un ideal, sino que son sometidos a un lavado de cerebro por reclutadores y entrenadores que saben cómo activar instintos y emociones básicos, como los sentimientos de desesperanza, humillación, odio y venganza.

En sus artimañas de adoctrinamiento, los carismáticos adiestradores crean en sus pupilos "un profundo compromiso similar al que una madre siente cuando se sacrifica por sus hijos", lo cual hace que los alevines suicidas nunca cuestionen los métodos violentos de la organización. Atran descarta que los suicidas sean "personas desesperadas" y establece que se trata de "individuos que disfrutan de un nivel medio de vida, a veces relativamente adinerado, y que es precisamente este factor lo que hace que decidan acabar con su vida por la causa del grupo al que pertenecen o que les ha captado". Obviamente, tienen una personalidad receptiva a los mensajes de los radicales.

En su investigación, Atran concluye que la mejor forma de combatir el terrorismo suicida no está, como sostiene el presidente Bush, en mejorar la educación, luchar contra el analfabetismo y contrarrestar el profundo y hoy irreparable sentimiento antiestadounidense que profesa el mundo árabe, sino en aislar y sustituir los cabecillas extremistas por líderes más moderados, entre otras medidas.

 

 

Enrique M. Coperías

Etiquetas: psicología

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