El universo de los sueños

 

 

¿Y si duermes? ¿Y si mientras duermes sueñas? ¿Y si en tu sueño llegas al cielo y allí coges una flor extraña y hermosa? ¿Y si cuando despiertas encuentras la flor en tu mano? ¡Ah! Entonces, ¿qué?? Con esta ingeniosa paradoja, el poeta romántico Samuel Taylor Coleridge (1772-1834) se refirió a la frontera tan artificial como turbadora que separa el mundo onírico del real.

 

Todas las noches, a los pocos minutos de acostarnos, nuestra mente entra en otro universo, el de los sueños, que vivimos como si fuera tangible, pero del que no podemos traernos nada, al menos material. En un despiste de Morfeo, Coleridge le arrebató unos bellos versos: el poeta confesó que soñó su poema Kubla khan y que al despertar comenzó a escribirlo tan rápidamente como pudo, hasta que una pequeña distracción hizo que olvidara la parte final. Mary Shelley también sustrajo Frankenstein de su mente onírica, y la serpiente mordiéndose la cola que vio en sus sueños el químico August Kekule le sirvió de inspiración para concretar la hasta entonces desconocida estructura en forma de anillo del benceno.

 

Sin duda alguna, nuestra mente tiene ventanas instaladas por donde la vida nocturna se asoma al mundo exterior. Por lo general, mientras soñamos creemos implícitamente que permanecemos lúcidos. Una encuesta pionera en nuestro país sobre La actividad onírica de los españoles y calidad del sueño confeccionada por el psiquiatra José Luis González de Rivera y realizada para MUYINTERESANTE por el Instituto DYM (ver recuadro en pág. 56) revela que casi la mitad de los consultados tiene con más o menos frecuencia sueños tan reales que cuando se despierta tarda unos minutos en percatarse de que sólo ha sido eso, un sueño. ¿Por qué ocurre así? ¿De qué están hechos los sueños? ¿Para qué sirven? ¿Por qué son tan distorsionados, tan fragmentados y tan fantásticos? ¿Qué beneficio nos reportan?

 

La encuesta efectuada por MUYINTERESANTE apunta que sólo el 42,1 por 100 de los españoles piensa que la actividad onírica es beneficiosa para el organismo; el 26,3 por 100 cree que los sueños carecen de significado, frente al 14 por 100 que opina todo lo contrario; y casi el 31 por 100 está convencido de que vaticinan el futuro. Un quinto de la población sueña en numerosas ocasiones con cosas que después acontecen y el 5 por 100 de las personas halla la solución a un problema cuando consultan con la almohada.

 

¿Pero qué dice la ciencia al respecto? Hoy por hoy, los sueños son la tierra ignota de la neurología, que intenta comprender su naturaleza con la ayuda de electroencefalogramas (EEG), polisonógrafos -aparatos similares a los detectores de mentiras que monitorizan automáticamente la actividad de determinados signos fisiológicos- y las modernas técnicas de exploración cerebral, como escáneres y tomógrafos de emisión de positrones (PET). Hasta tiempos relativamente recientes, la comprensión de las pesadillas recurrentes y de las imágenes surrealistas pergeñadas por el soñador eran competencia de chamanes, místicos, esotéricos, brujas y literatos visionarios.

 

En las sociedades arcaicas, las ensoñaciones fueron el medio privilegiado para contactar con lo sobrenatural, para conocer los acontecimientos ocultos, presentes o futuros, y para mantener un nexo con el mundo de los muertos. Los primeros escritos acerca de los sueños y su interpretación son tan antiguos como la misma escritura, pues la cuestión ya se aborda en dos tablillas sirias datadas en más de 6.500 años. Después, babilónicos, sumerios, egipcios y otras civilizaciones más modernas dedicaron una atención especial a la actividad onírica, hasta el extremo de conceder a los sueños un valor y una relevancia casi sagrados. En el Talmud de los judíos, por ejemplo, se mencionan 217 veces en clara relación con profecías; y en la Biblia pueden contabilizarse hasta 60 sueños, la mayoría premonitorios, como el de las siete vacas flacas y siete vacas gordas interpretado por José, el de la escalera que unía el cielo con la tierra soñado por Jacob y el que advirtió a José de las intenciones infanticidas de Herodes. Y en los países musulmanes, la orinomancia se difundió a través del Corán: Mahoma antes de morir sentenció que "entre todas las profecías sólo los sueños perdurarán".

 

Los primeros conatos de abordar el misterio de los sueños desde planteamientos científicos son relativamente recientes. En su obra La interpretación de los sueños, Sigmund Freud describe el mundo onírico como el "camino real hacia el inconsciente", una parcela de nuestra psique invadida por símbolos fálicos, inversiones, fantasías, distorsiones y asociaciones extrañas bloqueadas o reprimidas en el pensamiento consciente. Para el padre del psicoanálisis, cuando el cerebro racional duerme, los deseos atrapados en el inconsciente se sirven de los sueños para "acceder al preinconsciente, y desde él tener acceso al consciente". Pero entre las mentes inconsciente y consciente se alza un muro que -filtra, tamiza y codifica los murmullos oníricos. Su interpretación constituía un instrumento para desvelar los dominios ocultos de la psique y resolver problemas emocionales y de otra índole.

 

Pero Freud no fue el único científico que se interesó por los sueños en las primeras décadas del siglo XX. El psiquiatra holandés Frederick van Eeden ahondó en los llamados sueños lúcidos, ya descritos por Aristóteles, que son aquellos en los que el durmiente percibe que está soñando e incluso es capaz de intervenir o influir voluntariamente en su desarrollo. A partir de su propia experiencia soñadora, Carl Jung, principal rival de Freud, reconoció en sus sueños y visiones varias figuras arquetípicas que, según él, manaban de lo que llamó el inconsciente colectivo, un baúl mental donde apilamos símbolos e imágenes comunes a toda la humanidad.

 

En la década de los cuarenta, destacó el psicólogo estadounidense Calvin Hall, que recabó más de 50.000 informes de sueños. Este copioso material le permitió buscar pautas comunes en los sueños y lanzar la teoría de que éstos expresan conceptos del yo, la familia, los amigos y el entorno social. Para Hall, la frecuencia de ciertos elementos oníricos reflejaba las preocupaciones de la vigilia, hasta el extremo de que le era posible adivinar el estilo de vida y la personalidad del individuo a través del relato de sus ensoñaciones.

 

Pero mientras unos hurgaban en  la trinidad de consciente-preconsciente-subconsciente, otros hacían electroencefalogramas a soñadores. En 1929, Johannes Berger demostró que la actividad eléctrica de los cerebros despiertos y dormidos resultaban dispar, y ocho años después Alfred Loomis estableció que el sueño no es un estado pasivo de apagamiento homogéneo de la actividad neuronal, sino un proceso activo que a lo largo de la noche pasa por fases diferenciables entre sí por cambios en las pautas de excitación eléctrica cerebral. Gracias al EEG, los neurólogos empezaban a coquetear con la mente soñadora.

 

En 1953, la fisióloga Nathaniel Kleitman y la becaria Eugene Aserinsky llevaron a cabo un hallazgo fascinante que supuso un punto de inflexión en la investigación onírica: descubrieron que mientras dormimos ocurren periodos que cursan con sacudidas y movimientos rápidos de los ojos. Denominaron a esta agitación ocular fase REM (Rapid Eye Movements) del sueño. Además, Kleitman y Aserinsky demostraron que los sujetos eran capaces de recordar sus ensoñaciones con mayor viveza y frecuencia al despertarlos en plena REM.

 

Otro discípulo de Kleitman, William Dement, consiguió descifrar en 1957 los vínculos entre la ensoñación y las distintas fases oníricas, que agrupó en dos, la REM y la no REM (NREM). Sus investigaciones con gatos también le permitieron comprobar que los humanos no eran los únicos mamíferos que sueñan y que disfrutan de la fase REM. Hoy se sabe que las aves y los reptiles también la experimentan. Su presencia parece indicar que el sueño persigue algún objeto evolutivo. ¿Cuál? En palabras de Michel Jouvet, experto de la Universidad de Lyon, en Francia, el cometido biológico del sueño REM constituye un misterio insondable que seguirá así durante décadas. Hipótesis  desde luego no faltan: recuperación fisiológica de las funciones mentales, conservación de la energía, consolidación de la memoria, gestión de datos, termorregulación y detoxificación cerebral y reparación tisular, entre otras.

 

"Hay quien dice que dormimos para soñar. La privación prolongada del sueño puede desencadenar alucinaciones -es decir, que el sujeto sueñe despierto-; y un aumento de la presión del sueño REM, esto es, que el insomne empiece a vivir experiencias oníricas justo después de conciliar el sueño", dice el doctor González de Rivera.

Mientras dormimos, nuestro cerebro pasa de un estado NREM a REM de forma cíclica. El primero en manifestarse es el no REM; todo el cerebro aparece invadido por una marea de ondas delta, que con sus oscilaciones lentas genera un sueño profundo y plácido. Entre 60 y 90 minutos después, aparece normalmente la fase REM o sueño paradójico. Ahora, la actividad cerebral se torna frenética -casi comparable a la del estado de vigilia- y viene acompasada de claros signos fisiológicos: aparte del movimiento ocular, aumento del ritmo cardíaco, de la presión arterial y del ritmo respiratorio; parálisis muscular, para impedir que se representen los sueños; y erección del pene en los hombres y engrosamiento del clítoris y lubricación vaginal en la mujer.

Por desgracia, ningún científico ha sido capaz hasta la fecha de destapar una conexión tangible entre este alboroto físico y mental durante el periodo REM y el contenido de los sueños. El movimiento de los ojos, verbi gratia, casi nunca obedece al contenido visual de los sueños. Las erecciones peneanas y las lubricaciones vaginales tampoco son estimuladas necesariamente por los sueños eróticos. Y desde hace una década, los neurólogos andan meditabundos por un hecho desconcertante: muchos sueños son reportados por gente al despabilarse tanto en fase REM como en la no REM. ¿Entonces, cómo puede emerger la actividad onírica de dos estados mentales tan dispares?

Parte de la respuesta podría encontrarse en un descubrimiento hecho público recientemente por el neurocientífico Tore A. Nielsen, de la Universidad de Montreal, en Canadá. Según éste, elementos cruciales del sueño REM, que denomina REM encubiertos, operan también en los estados NREM. "Esta acción disimulada podría ser la responsable de las ensoñaciones que se registran en las fases no REM del sueño", dice Nielsen. Por otro lado, el japonés Hiroyuki Suzuki, del Instituto Nacional de Salud Mental, en Ichikawa, ha comprobado que existen diferencias significativas entre los sueños que describen los despertados en una y otra fase. Suzuki asegura que los sueños NREM tienden a ser cortos y superfluos, mientras que los REM son largos y ricos en contenidos.

El hecho de que las ensoñaciones más vivas nazcan justo cuando el cerebro durmiente se comporta como si estuviera lúcido ha captado el interés de la neurología cognitiva. Para Stephan LaBerge, director del Lucidity Institute, en Palo Alto (California), los sueños no son otra cosa que experiencias, es decir, "sucesos vivientes que uno ha vivido personalmente". LaBerge, uno de los mentores modernos de los sueños lúcidos, considera que la actividad onírica es una organización particular de la conciencia, que la define como "el sueño de lo que ocurre". En uno de los capítulos de Las grandes preguntas de la ciencia (Crítica, 2003), este onironauta escribe lo siguiente: "Despiertos o dormidos, nuestra conciencia funciona como un modelo simplificado de nosotros mismos y de nuestro mundo construido por nuestro cerebro a partir de las mejores fuentes de información disponibles".

 

Durante el sueño, la entrada de estímulos externos resulta muy limitada y, por tanto, el modelo se construye en el cerebro a partir de la sesgada información interna derivada de motivaciones y experiencias pasadas, desde deseos freudianos hasta temores y esperanzas. "Desde esta perspectiva, el acto de soñar puede contemplarse como un caso especial de percepción libre de las limitaciones impuestas por los estímulos sensoriales externos", concluye este investigador.

 

Un asunto pendiente de resolución reside en determinar hasta qué punto la frenética actividad eléctrica que registran los EEG durante el periodo REM se corresponde con la experiencia cognitiva que los científicos describen como sueños. En 1967, el doctor Jouvet identificó en el puente del tallo cerebral o tronco encefálico un colectivo de neuronas que podría definirse como el conector del REM o "el generador de estados oníricos".

La manera en que actúa este interruptor neuronal fue descrita más tarde por el equipo de J. Allan Hobson, un experto onírico de la Escuela Médica de Harvard, en Boston. En opinión de Hobson, los sueños son activados por la excitación espontánea de las neuronas y no por la energía de la reprimida libido.

 

Básicamente, la actividad onírica de la fase REM emerge de tres acontecimientos neuronales: primero, surge la actividad del tallo cerebral y desata respuestas en las regiones emocionales y visuales del cerebro; segundo, se desactivan las regiones nerviosas que reciben estímulos externos, las que controlan los movimientos y las que llevan a cabo el análisis lógico; y tercero, las neuronas pontianas segregan acetilcolina, un neurotransmisor que despierta el córtex adormecido y genera los sueños. El resultado, según Hobson, no es otro que una "viva alucinación" instigada por fuertes emociones. Otro neurotransmisor, la norepinefrina, liberado por el llamado locus coreolus del tronco encefálico, inhibe automáticamente el sueño paradójico.

 

Pierre Maquet y sus colegas de la Universidad de Lieja, en Bélgica, han estudiado con precisión la actividad neuronal durante las ensoñaciones con la ayuda del PET, un tomógrafo que permite visualizar en directo y a color cómo trabaja el cerebro. De este modo, Maquet ha observado que la actividad cerebral es distinta en las fases REM y NREM. En los sueños, las áreas visuales trabajan a destajo, así como el tálamo, la amígdala y el tallo cerebral, lo que explica la enorme carga emocional y la fuerza de las imágenes oníricas. Sin embargo, la corteza prefrontal, que rige el pensamiento racional, y la parietal, que participa en las sensaciones somáticas y el control del movimiento, aparecen al ralentí. Esta pasividad neuronal explicaría, en parte, las distorsiones temporales, la irracionalidad y el surrealismo que impregnan las ensoñaciones. ¿Pero qué -necesidad tiene el cerebro de montarse cada noche estas alucinantes películas que, dicho de paso, nos fascinan y anhelamos conocer su significado? Como dijo Freud, "cualquiera que despierto se comportara como lo hiciera en sus sueños sería tomado por loco".

 

Numerosas hipótesis intentan explicar el sentido psiconeurobiológico de la actividad onírica. Para algunos psicoanalistas en consonancia con las tesis freudianas, los sueños constituyen una válvula de seguridad de la mente, esto es, una vía de escape para los mensajes tabú, contradictorios y emocionalmente hirientes para nuestro superego pedante. Otros expertos aseguran que necesitamos los sueños para el equilibrio psicológico. LaBerge afirma que "sueño para saber quién soy más allá de quién sueño que soy" y piensa que las ensoñaciones son, aun suponiendo que estén vacías de mensaje, "nuestras creaciones personales más intimas y, como tales, están inequívocamente influidas por quién y qué somos o podemos llegar a ser".

 

Un planteamiento radicalmente opuesto fue propuesto hace dos décadas en la revista Nature por los biólogos Francis Crick, codescubridor de la estructura del ADN, y Graeme Mitchison. Es éste: "soñamos para olvidar". Para Crick y su colega de la Universidad de Cambridge, el sueño REM elimina las conexiones sinápticas superfluas, todas las asociaciones y trazos de recuerdos que, si permanecieran para siempre en el entramado neuronal, nos abrumarían. En términos informáticos, los sueños limpian de archivos basura nuestro disco duro que es el cerebro. Por su parte, Maquet y otros científicos sostienen que las ensoñaciones realizan otra clase de procesado de la información que tiene que ver con el aprendizaje y la consolidación de la memoria. En palabras del psiquiatra Hernest Hartmann, la actividad onírica facilita la incorporación de las nuevas experiencias vividas a la memoria e incrementa las asociaciones entre diferentes eventos experimentados por el soñador.

 

Por último, el programador informático Bradley York Bartholomew, miembro de la Asociación para el Estudio de los Sueños (ASD), otorga a los sueños un papel genético, pues sostiene que la fase REM dispara la acción de un gen que programaría las neuronas cerebrales para optimizar sus funciones específicas durante el estado de vigilia.

 

Enrique M. Coperías

Etiquetas: psicología

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