El primer amor

 

Los jóvenes sufren los primeros embates amorosos sin previo aviso: chicos antes bobalicones sienten una pulsión libidinosa hacia el otro sexo y chicas hasta entonces angelicales se convierten en Lolitas electrizantes. Son certificaciones de que la infancia toca a su fin.

 

En el camino hacia la ansiada madurez, la pubertad -la fase inicial de la adolescencia- representa el campo experimental para los amores románticos, la época en la que no cuentan las experiencias de segunda mano, en la que el cierre del sujetador es todo un misterio, la saliva nunca volverá a fluir como en el primer beso con lengua, el roce con la piel del otro cortocircuita los sentidos y cada grano de acné se convierte en motivo de una crisis existencial.

 

Sin duda alguna, la pubertad es una época de profundos cambios, tanto en chicos como en chicas, que afectan en ambos casos a todo su cuerpo, a su modo de pensar, a su mundo de relaciones y a su propia identidad. La sexualidad, hasta ahora aletargada, adquiere también una nueva dimensión. El aumento de ciertas hormonas en sangre se traduce en un incremento del impulso erótico y sume al joven en un estado de emergencia emocional. De forma inexorable, el cerebro y los productos endocrinos dirigen a los inocentes púberes hacia el extraordinario e irrepetible acontecimiento: el primer amor.

 

Nuevas investigaciones confirman que los adolescentes descubren a una edad cada vez más temprana la pasión, el deseo y el placer sexual. Normalmente, suelen tener la primera experiencia erótica, con o sin penetración, al filo de los 15 años de edad. Así lo confirma la Encuesta sobre sexualidad y anticoncepción en la juventud española realizada el año pasado por los laboratorios Schering: el 79,2 por 100 de los chicos y el 71 por 100 de las chicas de entre 15 y 19 años han mantenido un encuentro erótico en alguna ocasión.

 

Las españolas nacidas en los años 50 perdían la virginidad con 23,2 años por término medio. En las venidas al mundo entre 1971 y 1975, la media ya se situaba en los 20,1 años. Hoy, diversos estudios realizados en nuestro país indican que más del 15 por 100 de las quinceañeras ha mantenido una experiencia coital. Esta tendencia se acentúa en los adolescentes masculinos: entre las décadas de los cincuenta y setenta, la edad de iniciación sexual entre los chavales bajó de los 20,2 a los 18,7 años. En otros países occidentales la precocidad resulta más acusada: por ejemplo, la octava parte de los catorceañeros alemanes perderá la virginidad este año y el 6,6 por 100 de los escolares estadounidenses ha hecho el amor a los 13.

 

Varios informes sexológicos sostienen que los adolescentes entran antes en la pubertad biológica. De mantenerse esta querencia, el doctor Norbert Kluge, de la Universidad de Koblenz, en Landau (Alemania), calcula que en 2010 habrá niños de 10 años preparados psíquica y físicamente para mantener relaciones sexuales. Los expertos especulan sobre las posibles consecuencias: los métodos anticonceptivos y los embarazos no deseados adquirirán cada vez mayor importancia entre los púberes.

 

Un repaso a las estadísticas corroboran las previsiones. Mientras que la tasa anual de embarazos entre las adolescentes españolas está en 18.000 casos, la cifra de interrupciones voluntarias del embarazo no ha hecho más que aumentar en el último quinquenio. "Ciertamente, el porcentaje de abortos en las jóvenes es muy alto. Entre el 50 y el 70 por 100 de las chicas que se quedan embarazadas en una relación esporádica optan por abortar", comenta el doctor Javier Martínez Salmean, jefe del Servicio de Ginecología-Obstetricia del Hospital Severo Ochoa, en Madrid.

 

No cabe duda de que la anticipación de la pubertad guarda una estrecha sintonía con el afloramiento del amor erótico. "Nuestros chicos y chicas completan el desarrollo físico dos años antes que los jóvenes de hace tres décadas", asegura la psiquiatra Lynn Ponton, autora del libro The Sex Lives of Teenagers. Sin ir más lejos, la menarquia o primera menstruación se ha adelantado notablemente; así, ha pasado de los 17 años como media en el siglo XIX a los 12,6 en el siglo XXI.

 

La interacción entre la predisposición hereditaria y los factores ambientales es inequívocamente la llave que abre las puertas de la adolescencia. Un reloj interno que aparece programado en nuestros genes aviva el hipotálamo -una estructura situada en la base del cerebro- y la hipófisis -glándula muy próxima a él- para que sinteticen las hormonas del cambio corporal y de la libido. Pero el cronómetro biológico puede ser trastocado por elementos externos o ambientales. Entre éstos puede mencionarse el nivel socioeconómico, el ambiente geográfico, la calidad sanitaria y el régimen alimenticio. Por ejemplo, un estudio realizado por investigadores del Fox Chase Cancer Center, en Filadelfia (EE UU), revela que una modesta reducción en la ingesta de grasas en chicas púberes reduce sensiblemente los niveles corporales de ciertas hormonas sexuales. Entre las menguantes se halla el estradiol, estrógeno que participa activamente en los cambios generales que se aprecian en las mamas, la vagina y el útero de las pubescentes.

 

La transformación física va pareja al aumento del impulso sexual. El sistema endocrino libera los compuestos constituyentes de la química del amor, donde manda la testosterona, también conocida como la hormona del deseo. La especial dimensión del primer amor, que nunca será como los que le suceden, tiene que ver con las acometidas hormonales. La base psicobiológica del enamoramiento es inmutable; hoy se ama igual que hace cientos de años. En realidad, lo que varía en la experiencia amorosa son los patrones de conducta sexual, que tienen que ver con los valores socioculturales. Cabe pues preguntarse cómo viven nuestros jóvenes sus primeras aventuras amorosas y en qué difieren de las que disfrutaron las generaciones precedentes.

 

Si se pregunta a los adolescentes españoles sobre sus relaciones eróticas, más del 80 por 100 responderá que son satisfactorias o muy satisfactorias. La amplia educación sexual que han recibido les confiere confianza: saben mucho sobre placer, anticoncepción, posturas, tácticas sexuales... ¿Pero opinan del mismo modo los sexólogos?

 

"Hoy, los adolescentes son víctimas de una mayor presión social para que se enamoren a edades tan tempranas como los 12 ó 13 años. Entre ellos mismos se establece la exigencia de estar, si no enamorados, interesados en alguien del sexo opuesto", explica Carlos de la Cruz, sexólogo de la Delegación de Juventud, en Leganés (Madrid).

 

Esta prontitud amorosa es en realidad un juego de rol que aparece condicionado por dos factores clave. "Los escolares entran en el Instituto con 12 ó 13 años, o sea, dos años antes que en el anterior sistema de estudios, lo que provoca que se sientan, en cierto modo, más adultos e imiten conductas amorosas que no se corresponden con su madurez sexual", comenta De la Cruz. El segundo factor que precipita los amoríos pubescentes hay que buscarlo en los mensajes eróticos que se mandan desde la publicidad, las series de televisión, las películas, las revistas juveniles e Internet. Sexólogos como Kluge atemorizan a los padres con la tesis de que la avalancha erótica en los medios de comunicación alimenta la libido de sus hijos. Pero ésta no sería la única consecuencia de la cultura mediática.

 

"Los chicos -dice este sexólogo- pasan de ver los Teletubbies a series como Un paso adelante o Compañeros, donde se les bombardea con una sexualidad y unas vivencias amorosas ficticias." Del mismo modo opina Iván Rotella, especialista de la Asociación Asturiana para la Educación Sexual (Astursex): "En mi investigación sobre la pornografía en Internet, a la que por cierto acceden sin dificultad los jóvenes, estoy constatando que muchos adolescentes adoptan sus contenidos pornográficos como la realidad de las relaciones sexuales y no se percatan de que se trata de una fantasía pergeñada para la excitación erótica." Por otro lado, el mundo del celuloide y la publicidad asocia patrones concretos de belleza con la potencia sexual. "Las jóvenes consideradas explosivas se muestran más apasionadas y libidinosas, y los hombres que cumplen el canon de belleza, más viriles. Esta tiranización de la imagen corporal estrecha los márgenes en la búsqueda y selección de pareja, lo que hace que muchos adolescentes queden relegados del juego amoroso", dice De la Cruz.

 

No cabe duda de que el encuentro sexual ha pasado a ser un objeto más de consumo. Nos adentramos en una generación de jóvenes que se precipita hacia la relación coital como pasaporte a un nuevo estatus dentro del grupo. En palabras de Rotella, "la sexualidad de los adolescentes está focalizada en el coito. Los chicos y cada vez más chicas, imitando los patrones masculinos, buscan en la penetración las maravillosas sensaciones de placer y las experiencias orgásmicas que ven en el cine y la televisión".

 

Casi desbordados por la teoría, la mayoría de los jóvenes encara los primeros contactos eróticos como una competición atlética. Así lo explica De la Cruz: "El mito más difundido entre los chavales de ambos sexos, aparte de que drogas como la cocaína y el éxtasis potencian el sexo, es que han de bordar la faena. Tienen que saber estimular al otro, durar mucho y muchas veces. Esto hace que estén más pendientes de qué nota le va a otorgar la pareja que de disfrutar del momento". El resultado: frustración y pérdida de autoestima.

 

"No se ha logrado transmitir a los adolescentes -añade- que el quid del placer erótico pasa por reconocer la inexperiencia, el nerviosismo, el pudor o el desagrado ante una práctica sexual." En este particular, el encuentro amoroso de las desinformadas generaciones anteriores era más de tipo exploratorio. "Paradójicamente, la carencia de información sexual generaba un plus de confianza entre los amantes, que aprendían a disfrutar de las zonas erógenas de su cuerpo, incluidos los genitales, pero sin llegar necesariamente a la penetración", explica De la Cruz.

 

Pero el erotismo mediático no es el único responsable de la actual coitocracia que avasalla la vida amorosa de los jóvenes. Los educadores sexuales también han contribuido a alimentar la obsesión genital. Como reconoce este cuerpo docente, el objetivo de la educación sexual se ha centrado durante décadas en la prevención de riesgos y en concienciar a los jóvenes sobre las miserias del sexo: embarazos no deseados, contagio del sida u otra enfermedad de transmisión sexual (ETS), dolor coital y abusos sexuales, entre otras.

 

"Antes empezábamos nuestras charlas haciendo hincapié en que el sexo no es sólo el coito, pero acabábamos hablando casi exclusivamente de ello y repartiendo preservativos al final de ellas", comenta De la Cuz. Sin dejar de lado la prevención de riesgos, la educación sexual ha cobrado un nuevo discurso. "Nuestro objetivo está ahora en contribuir a que chicos y chicas aprendan a conocerse, a aceptarse y a expresar la erótica de manera que sean felices", asegura Silberio Sáez, director del Instituto de Sexología Amaltea, de Zaragoza. "Queremos ?añade Rotella- transmitir a los jóvenes la cara amable del sexo, así como valores relacionados con la comunicación, el respeto, el compartir, la autoestima y el placer."

 

"A mi modo de ver, los adolescentes han de aprender a disfrutar del encuentro sexual como un largo viaje, sin atajos, donde el erotismo puede dar tanta o más satisfacción que la penetración", dice De la Cruz. Como colofón, Sáez añade que "aquellos que tengan una visión de la sexualidad más enriquecida, quienes incluyan en ella más cuestiones que las meramente mecánicas y fisiológicas centradas en lo genital-coito, tendrán un abanico más amplio de alternativas sexuales y estarán en condiciones de poder optar por expresiones igual o más placenteras y con consecuencias que tengan costes mínimos".

 

Algunos estudios apuntan que los adolescentes que han recibido una formación sexual en esta dirección aplazan el inicio de las relaciones coitales. "Efectivamente, una vez que descubren que hay muchas formas de dar placer y de disfrutar de la pareja, se toman la penetración como una opción más. Si lo hacen es porque les apetece, no por obligación", dice Rotella.

 

Enrique M. Coperías

 

 

 

Etiquetas: adolescenciaamorsexo

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