El brócoli: ¿alimento o medicamento?

El secreto de las muchas propiedades beneficiosas de este vegetal se encuentra en unos compuestos químicos que estamos empezando a conocer mejor: los isotiocianatos.

La comida está de moda. Parece que ahora más que nunca nos gusta comer…y nos gusta hacerlo bien. Vamos a los gastrobares, consultamos blogs de alimentación saludable, incluso hasta hemos empezado a leer las etiquetas de los productos del supermercado y hacemos caso de los informes de la OMS que nos dicen lo que debemos comer… menos cuando nos tocan el jamón, claro.

Hemos tomado conciencia de que la relación entre la salud y la alimentación es estrecha, algo que ya intuían los egipcios, que hace 3.000 años usaban la miel, a la que llamaron el “néctar de los dioses”, como eficaz antiséptico. 500 años antes de Cristo, Hipócrates, padre de la Medicina, recomendaba “que vuestra medicina sea vuestro alimento, y que vuestro alimento sea vuestro medicamento”. Siglos más tarde Cervantes escribía en el Quijote: “la salud de todo el cuerpo se fragua en la oficina del estómago”.

La ciencia médica moderna reconoce el poder del alimento para mantener la salud, prevenir y aliviar las enfermedades. En cierta forma, la cirugía y los medicamentos han dejado de dominar en solitario el tratamiento médico, y en el siglo XXI una de las máximas que ya establecía el juramento hipocrático hace 2.500 años, es aquella de “aplicaré medidas dietéticas para el beneficio del enfermo de acuerdo con mi habilidad y juicio”.


Pero… ¿por qué curan los alimentos?

Fijémonos en un grupo muy especial: las brasicáceas o también llamadas crucíferas, al que pertenecen vegetales como la col, la coliflor, la lombarda, las coles de bruselas, los berros, la mostaza, el wasabi y el brócoli, del que vamos a hablar con más detalle. Hasta hace poco tiempo no era habitual ver en España mucho brócoli por los supermercados pero, actualmente, su consumo se ha disparado. Puede que tuvieran algo que ver las declaraciones del presidente Obama en 2012 cuando confesó que era su comida favorita. Aunque esto le costó que sus gags al respecto fueran trending topic mundial, lo cierto es que, seguramente sin ser consciente de ello, el dirigente hiciera una muy buena elección. 

En el año 2009 el periodista Dan Buettner publicó su libro Blue Zones: Lessons for Living Longer from the People who’ve Lived the Longest en el que, basándose en los estudios realizados por los científicos Pes y Poulain, nos contaba que el secreto de una larga y confortable vida está escondido en cinco regiones dispersas en el mundo: Okinawa, en Japón; Loma Linda, en California; Cerdeña, en Italia; Ikaria, en Grecia y Nicoya, en Costa Rica. Buettner recorrió durante años los lugares del planeta donde se vive más tiempo, a los que denominó “zonas azules”.

¿El punto en común? Una vida libre de estrés, actividad moderada constante y una dieta rica en vegetales. Pero, ¿qué vegetales están presentes en la dieta de culturas tan diferentes? El brócoli o las coles de Bruselas en California, la col en Costa Rica, berros, coliflor o lombarda en Italia y Grecia y el wasabi en Japón. Efectivamente, todas son brasicáceas.
Las brasicáceas poseen un alto contenido en isotiocianatos, uno de los compuestos químicos responsables del sabor y aroma típicos de las brasicáceas y que son utilizados por las plantas como agentes disuasorios de herbívoros (todos sabemos a qué huelen la coliflor o las coles de bruselas y también hemos experimentado alguna vez el picor de la mostaza o el wasabi).

Estos isotiocianatos no son producidos directamente por la planta, sino que son el resultado de la acción de una enzima llamada mirosinasa sobre unos derivados de azúcares que se llaman glucosinolatos. Los vegetales guardan en vesículas separadas glucosinolatos y mirosinasa y cuando sufren algún daño, como por ejemplo la mordedura de algún depredador, dichas vesículas se rompen poniendo en contacto a enzima y sustrato para sintetizar el isotiocianato.

Prometedor en la lucha contra el cáncer

Uno de los isotiocianatos más importantes es el sulforafano (SFN), que se encuentra en grandes cantidades en el brócoli. Considerado por el Instituto Nacional del Cáncer de los EEUU como uno de los cuarenta agentes anticancerosos más prometedores, el SFN es actualmente el mayor inductor de origen natural de las enzimas que protegen a nuestro organismo de los radicales libres, inhibe a otras que tras metabolizar ciertos compuestos que ingerimos o respiramos dan lugar a carcinógenos y además es uno de los agentes epigenéticos con mayor proyección en el tratamiento de múltiples enfermedades. 

 

Al SFN y a sus análogos se le atribuyen infinidad de propiedades preventivas y curativas: además de prevenir la enfermedad de Parkinson, proteger frente a la radiación ultravioleta, el asma, la rinitis alérgica y la enfermedad pulmonar obstructiva crónica, tienen propiedades antimicrobianas y antianémicas. Por otro lado esta molécula y alguno de sus análogos son capaces tanto de prevenir como de curar diferentes tipos de cáncer como el de pecho, piel, próstata, colon, cáncer gástrico y cáncer hepático, entre otros. Recientemente, el SFN ha abierto las puertas de un futuro muy esperanzador para el tratamiento de enfermedades raras como el autismo y el síndrome de progeria de Hutchinson Gilford. 

A pesar de los grandes beneficios que el SFN aporta a la salud, uno de los mayores inconvenientes que nos encontramos en su aplicación es que este isotiocianato es susceptible de ser degradado por acción del oxígeno, el calor y las condiciones alcalinas, lo que hace verdaderamente difícil para la industria farmacéutica la producción y distribución de SFN.

Debido a ello, por el momento no existe ningún medicamento formulado con este principio activo aunque hay que resaltar que, recientemente, investigadores de la Universidad de Sevilla en colaboración con el CSIC han conseguido crear un sistema de estabilización del SFN así como sintetizar nuevos análogos más activos cuya patente ha sido vendida a la empresa británica Evgen Pharma, quienes actualmente están trabajando en el desarrollo de un fármaco basado en sulforafano para el tratamiento de distintos tipos de cáncer como el de mama o próstata.

Rocío Recio Jiménez es investigadora en el Departamento de Química Orgánica y Farmacéutica, Facultad de Farmacia, Universidad de Sevilla. Artículo escrito en colaboración con la UCC+i de la Universidad de Sevilla

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