Curados por accidente: medicamentos producto de una carambola

La historia de la medicina es rica en hallazgos azarosos que han salvado la vida de millones de personas.

Curarse de una enfermedad o prevenirla tiene que ver, en la mayoría de los casos, con los miles de horas de investigación que hay detrás de un fármaco o una tecnología; en otros, con el ojo clínico del médico; y más a menudo de lo que creemos, con el azar. Las farmacias venden muchos medicamentos creados para una dolencia que resultaron ser eficaces en otras insospechadas.

 

Estas sorpresas surgen al observar los efectos secundarios en los pacientes, o cuando alguien recibe un tratamiento para un mal que acaba sanándole de otro distinto. Así pasó con la amantadina, un antivírico de los años 50 y 60. Joan Ramón Laporte, director del Instituto Catalán de Farmacología y asesor de la OMS, indica que “fue ineficaz contra la gripe, pero los afectados de párkinson que lo tomaban sufrían menos temblores, y se investigó como antiparkinsoniano”.

 

Los dos principios activos más comunes para tratar la alopecia, la finasterida y el minoxidil –el primero se toma en pastillas y con el segundo se elaboran lociones–, comenzaron a usarse en la hiperplasia benigna de próstata y la hipertensión arterial, respectivamente. Muchos de los pacientes que los probaban se referían a un inesperado efecto: les hacía crecer el pelo. Solo era una pelusilla, pero suficiente para tirar del hilo y hacer los ensayos que han dado lugar al uso actual.

 

Algo parecido ocurrió con la primera pastilla para tratar la eyaculación precoz: Priligy. “Su desarrollo fue casual, después de que algunos pacientes que tomaban antidepresivos de la misma familia que la dapoxetina, su principio activo, constataran que el tratamiento les retrasaba la eyaculación”, recuerda Miren Larrazábal, presidenta de la Sociedad Española de Sexología.

 

Este remedio promocionado en 2009 como “la viagra contra la eyaculación precoz” ha resultado menos útil de lo que se esperaba, pero otros medicamentos y técnicas cuya aplicación médica se ha descubierto de rebote sí han representado un hito para la medicina. Es el caso de los rayos X. El 8 de noviembre de 1895, el médico alemán Wilhelm Röntgen descubrió trabajando con un tubo de rayos catódicos que este, al conectarse, emitía unos rayos invisibles que traspasaban materiales como la madera o el cristal.

 

El descubrimiento se propagó velozmente y levantó pasiones. Algunos escépticos dijeron que los rayos X destruirían a la especie humana y los más entusiastas les atribuyeron la capacidad de devolver la vista a los ciegos. Algunos soñaron con usarlos para “hacer llegar diagramas directamente al cerebro de los estudiantes”, cuenta en su libro Pickover. Los beneficios de los rayos X han sido incuestionables, pero tenían su lado oscuro. En 1926, el biólogo estadounidense Hermann Muller demostró que la sobreexposición a esta radiación electromagnética puede producir mutaciones celulares.

 

Otra serendipia científica –aunque sin ningún efecto adverso– fue el descubrimiento de un examen eficaz para detectar el cáncer de cuello de útero. Para Santiago Domingo, jefe de Oncología Ginecológica del Hospital La Fe de Valencia, “la citología vaginal o frotis de Papanicolaou es de las pruebas médicas más baratas y que más vidas femeninas han salvado: nos ha permitido prevenir y detectar en fases tempranas el cáncer de cuello de útero. Antes de extenderse su uso, lo normal era encontrar tumores ya incurables”.

 

El médico que da nombre a la técnica, Georgios Papanicolaou, la desarrolló hace casi cien años mientras investigaba el efecto del alcohol en los conejillos de Indias y sus crías. Su tarea requería el estudio de gran cantidad de óvulos en la fase previa a la ovulación, y en esa época la única forma de obtenerlos era sacrificando muchas hembras. Para evitarlo, decidió aprovechar los óvulos de la hemorragia vaginal periódica de los roedores. ¿Cómo? Con un frotis vaginal hecho con ayuda de un pequeño espéculo.

 

Al ver las muestras al microscopio, quedó fascinado por la variedad de formas celulares que aparecían, así que decidió hacer la prueba en humanos. Su mujer, María, fue la primera en la historia a la que se le practicó una citología vaginal. En 1924, Papanicolaou realizó una citología a una paciente que había desarrollado cáncer de útero y halló células neoplásicas que no había visto en pruebas anteriores. Había descubierto, sin buscarlo, una técnica de cribado de enorme utilidad en ginecología.

 

Un siglo antes de este avance, en la década de 1820, se había definido cómo realizar con ciertas garantías, aunque la mortalidad era muy alta, la cesárea. La primera vez que se practicó con éxito esta cirugía para la madre y el bebé fue hacia 1500; conocidos los detalles del caso, los ginecólogos modernos coinciden en que el asunto acabó bien de chiripa.

 

Su ejecutor fue un criador de cerdos suizo llamado Jacob Nufer. Desesperado porque su mujer llevaba días de parto, consiguió el permiso de las autoridades para un acto temerario. Uno de los cuchillos que usaba en su oficio sirvió para abrir el abdomen de su esposa y sacar al bebé. Sobrevivieron ambos, y el matrimonio tuvo cinco hijos más. Según los especialistas, todo salió bien porque dio la casualidad de que el embarazo era ectópico; es decir, que la criatura se había desarrollado fuera del útero. Si hubiera sido una gestación normal, la madre habría muerto desangrada.

 

 

Este éxito es una excepción; los fármacos y técnicas cuyos efectos se han descubierto de rebote proceden en su mayoría de investigadores “a los que la suerte los pilló trabajando, a menudo después de toda una vida de esfuerzo. Hablamos de personas con una capacidad científica fuera de lo común”, dice Francisco Zaragozá, catedrático de Farmacología de la Universidad de Alcalá de Henares.

 

El veterinario inglés Frank Schofield acreditó estas cualidades al determinar en 1921 la causa de las graves hemorragias que mataban a numerosas vacas y ovejas de Canadá, donde trabajaba. Tras descartar un agente infeccioso, observó qué plantas comía el ganado y concluyó que el responsable de las muertes era el trébol dulce, una especie herbácea introducida por los granjeros en la dieta de sus animales para sustituir al maíz, afectado por una plaga.

 

Experimentando con terneros, Schofield comprobó que los ejemplares alimentados con trébol dulce fermentado en silos sufrían hemorragias incontrolables al castrarlos, lo que no sucedía con los que comían otros vegetales. Al analizar la sangre de los especímenes, advirtió que la de los terneros muertos tardaba más de lo normal en coagularse, debido a alguna sustancia que lo impedía.

 

La identificaría en 1939 el investigador Harold Campbell, de la Universidad de Wisconsin, que la aisló y llamó dicumarol. El hallazgo era demasiado importante para restringirse a un uso veterinario; en 1941, la revista Mayo Clinic Proceedings publicó la primera referencia de la utilización del anticoagulante en humanos. El 3 % de la población se trata hoy con medicamentos similares.

 

El profesor Zaragozá cita a Alexander Fleming como el mayor ejemplo de una vida entregada a la investigación. En 1928, el científico escocés descubrió la penicilina mientras estudiaba el virus de la gripe. Cuando iba a deshacerse de las placas de Petri en las que había cultivado la bacteria Staphylococcus aureus, vio que sobre ellas se había depositado moho y que alrededor de este habían dejado de crecer las bacterias. Dedujo que el moho segregaba alguna sustancia que inhibía ese crecimiento. Llevó a cabo un cultivo del moho puro y estableció que era del género Penicillium.

 

Pero su hallazgo recibió poca atención hasta que en vísperas de la II Guerra Mundial, los químicos Ernst Boris Chain y Walter Florey retomaron las investigaciones y desarrollaron las primeras aplicaciones clínicas de la penicilina: había comenzado la era de los antibióticos, que acabaron con males ancestrales como la tuberculosis o la sífilis y sirvieron para tratar a los heridos en batalla. Cuando ganó el Nobel de Medicina de 1945 junto con Florey y Chain, Fleming se quitó importancia: “Mi único mérito fue no ignorar aquella sugerente capa de moho. A veces uno encuentra lo que no está buscando”.

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