Cómo vivir 100 años. Medicina anti edad



Senil. Hasta no hace mucho, ésta parecía ser la palabra fetiche de los médicos a la hora de enfrentarse a las enfermedades propias de la edad. La demencia, la fatiga, la falta de apetito, la disminución del tono muscular, el dolor... eran "seniles" si se cronificaban a partir de los 65 años. De este modo, la medicina venía a reconocer su impotencia a la hora de abordar estos males: se trataba de achaques propios de viejos, poco menos que inevitables.

No se pretende ser joven

Afortunadamente, las cosas han cambiado en el último par de décadas. La nueva ciencia de la gerontología ha puesto en manos de los médicos todo un arsenal de herramientas para combatir las dolencias que afectan a los más mayores y convertir el último tramo de nuestras vidas en una experiencia cada vez más larga y saludable. Al calor de estos avances científicos ha surgido lo que muchos llaman la nueva medicina antiedad. La definición de esta disciplina es, todavía hoy, objeto de una viva polémica pero, en general, se entiende por "medicina antiedad" todo tipo de intervención destinada a retrasar la aparición o disminuir los efectos de las enfermedades dependientes de la edad y otros males no catalogados como patológicos pero que sólo afectan a personas mayores. En realidad, no puede decirse que exista una "medicina de la vejez" fácilmente contrastable porque, entre otras cosas, carecemos de un medidor objetivo de la ancianidad, una especie de termómetro o test clínico que determine cuándo una persona puede considerarse vieja. Por lo tanto, este tipo de prácticas médicas sigue navegando en un terreno tan novedoso como indefinido. Para colmo, la sociedad actual, que practica un culto desmesurado a la juventud, es pródiga en ofertas referidas a la edad que rozan más el mundo de las pseudociencias. Bajo la etiqueta de "fármacos rejuvenecedores" no son pocos los productos en el mercado cuya eficacia deja mucho que desear. A pesar de todo, la medicina ha establecido un firme y riguroso propósito de aumentar el stock de técnicas y moléculas al servicio de los mayores, pero nunca con la finalidad de rejuvenecerlos. Y es que los gerontólogos saben que la ciencia no puede, ni debe, quitar años a la vejez. Fomentar el deseo de rejuvenecimiento, aparte de propiciar una falsa expectativa, sería reconocer que la vejez es un mal, que ser anciano es, de por sí, un problema a evitar.

Una cuestión de tiempo

Más bien, los gerontólogos trabajan para aumentar el número de años que una persona puede vivir siendo anciano y, sobre todo, lograr que esos años sean satisfactorios física y mentalmente. No se trata de alargar la juventud, se trata de alargar la vejez sana. Por fortuna, en este camino se han logrado ya resultados sorprendentes. Un número amplio de intervenciones clínicas ha demostrado su eficacia en laboratorio para aumentar la esperanza de vida y la edad máxima de nematodos, insectos y roedores. Los primeros pasos en este sentido se remontan nada más y nada menos que a 1935, cuando se realizaron los experimentos pioneros en restricción calórica. Tras aplicar en roedores técnicas de reducción de consumo de calorías, se demostró que éstos tendían a aumentar su longevidad en un 30 por 100. En 1987 comenzaron los primeros experimentos de este tipo en primates no humanos. Todavía la mayoría de aquellos primates están vivos, por lo que no se tienen datos sobre la mejora de su supervivencia pero todo hace prever resultados similares a los de los roedores. Otro tipo de intervenciones eficaces en animales han sido las manipulaciones genéticas. Sobre todo, se han desarrollado dos tipos de trabajo: uno tendente a modificar las respuestas del IGF-1, un factor de crecimiento tipo insulina, en moscas de la fruta y nematodos. El segundo, estudia el modo de variar la producción de la hormona del crecimiento en ratones. En ambos casos, los resultados han arrojado un aumento de la esperanza de vida al nacer de los animales que va del 30 al 40 por 100. Sin embargo, los gerontólogos creen que no hay justificación para trasladar estos experimentos a seres humanos. Los hallazgos, más bien, han de entenderse como una señal de que es posible detener el envejecimiento mediante técnicas sencillas pero, para el caso de los humanos, en lugar de intervenciones directas habría que encontrar métodos farmacológicos análogos menos invasivos. Es decir, a pesar de las promesas ofrecidas por la restricción calórica en roedores, no sería de recibo proponer como estrategia general que los humanos reduzcamos nuestro consumo habitual de calorías. Lo que los científicos buscan es una molécula que produzca los mismos efectos en nuestro organismo.

Sin píldoras

Pero es de esperar que no sea necesario acudir a la farmacia para elevar nuestras probabilidades de llegar a centenarios. Los estudios genéticos (ver páginas anteriores) han detectado parte del grupo de genes que interviene en la longevidad. Este tipo de genes puede encontrarse distribuido por igual en cualquier población humana. Sin embargo, las diferencias de esperanza de vida al nacer entre un pueblo y otro sugieren que los factores ambientales son determinantes a la hora de predecir cuánto vamos a vivir. Algunos científicos consideran que la especie humana está preparada genéticamente para superar los 100 años pero que nuestros hábitos de vida reducen esta expectativa considerablemente. De ser cierto, la intervención más eficaz para lograr una vejez larga y sana sería reducir conductas como el tabaquismo, el alcoholismo, la drogadicción, la dieta no equilibrada, la contaminación, el contacto con productos tóxicos... Al menos en el mundo desarrollado, este tipo de cambios de actitud podría suponer un aumento de 10 años en la esperanza media de vida al nacer. Eso no es óbice para que la ciencia siga trabajando en el desarrollo de intervenciones directas contra los achaques de la edad. Además de las ya mencionadas estrategias de reducción calórica y manipulación genética, existen hoy por hoy fundadas esperanzas en otro tipo de técnicas.
Una de las más aplaudidas es el aumento de la resistencia del organismo al estrés que producen factores como la oxidación, la radiación ultravioleta o el calor. Estas amenazas acumulativas producen evidentes deterioros en la función de muchos órganos que derivan en males propios de la vejez. Algunos estudios epidemiológicos han apuntado la posibilidad de que el consumo de vitamina E produzca un descenso en la probabilidad de padecer cáncer merced a su capacidad antioxidante. Sin embargo, la evidencia de laboratorio sobre roedores no es concluyente.

Hormonas recuperadasCómo vivir 100 años. Medicina anti edad

Por el contrario, sí ha sido probada la eficacia de algunas técnicas de reemplazo del estrógeno para aumentar el tiempo y la calidad de la vida de mujeres postmenopáusicas. El estrógeno puede prevenir la aparición de osteoporosis e, incluso, retardar la aparición de ciertas demencias y accidentes cerebrovasculares. Algún estudio llega a arrojar datos sorprendentes. Por ejemplo, el estrógeno, cuya actividad inhibidora de la formación de placas de ateroma ha sido demostrada, reduce la incidencia de accidentes coronarios entre un 25 y un 50 por 100. Este tipo de estrategias se basan en la idea comúnmente asumida de que si durante la vejez se restauran las cantidades de ciertas hormonas a niveles similares a los de la juventud, se mejorará el estado general de la persona mayor. Es el caso de la dehidroepiandrosterona (DHEA), una hormona cuyos niveles descienden con el paso de los años. Aunque se ha propuesto hasta la saciedad el uso de esta hormona como panacea contra el envejecimiento, la verdad es que sus beneficios no dejan de ser equívocos, si bien es cierto que su uso presenta pocos efectos secundarios. Distinto es el caso de otras terapias hormonales como la inyección de melatonina que, a pesar de haber mostrado beneficios prometedores, está sometida a demasiados riesgos secundarios. ¿Entonces, en qué lugar se encuentra realmente la medicina antienvejecimiento? Los científicos parecen convencidos de que la barrera de los 100 años es fácilmente alcanzable si se combinan intervenciones en los hábitos de vida de los ciudadanos del mundo desarrollado con actuaciones farmacológicas concretas. Algunas de éstas últimas son muy prometedoras. Se ha estudiado el efecto de la hormona del crecimiento sobre la salud de los mayores. Utilizada en animales de laboratorio, la IGF-1 aumenta el tono muscular, disminuye el nivel de grasas y parece revertir ciertos cambios en la composición química del organismo propios de la edad. Por desgracia, se ha detectado que, cuando se usa a largo plazo, esta terapia puede tener efectos adversos. Por eso, los investigadores trabajan en el desarrollo de moléculas que generen este efecto sin producir reacciones inesperadas. Puede que sea prematuro decir que la hormona del crecimiento retrasa la vejez, pero también es prematuro asegurar que no lo hace.

Células al rescate

De lo que no cabe duda es del valor que pueden llegar a tener las terapias de reemplazo celular en el futuro. La vejez suele ir acompañada de la pérdida de volumen y función de ciertos tejidos, por ejemplo el cardiaco o el neuronal. La eficacia del uso de células madre embrionarias, fetales o de adulto ha sido más que demostrada a la hora de detener estos procesos en animales. La mala noticia es que estas técnicas todavía se encuentran en pañales y que, para el caso de los humanos, estamos lejos de poder abordar una estrategia que tenga en cuenta las potencialidades terapéuticas y los riesgos de rechazo propios de todo transplante. La buena noticia es que cada vez se sabe más sobre este tipo de células. La ciencia no para. Se ha propuesto hacernos llegar a los 100 años a todos y, antes de que nos demos cuenta, lo habrá logrado.

Enrique M. Coperías Cómo vivir 100 años. Medicina anti edad

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