"Internet no ha cambiado la Historia" Responsable del programa de Ciencia, Tecnología y Sociedad del famoso Massachussets Institute of Technology (MIT), esta historiadora de la tecnología estadounidense es la cara más humanista de la Universidad de Boston, donde ya enseñaba su abuelo. Nos advierte que las innovaciones no siempre nos hacen progresar.
Decana del MIT en pleno boom de Internet –de 1995 a 2000– y mujer de letras criada en una familia de ingenieros, Rosalind Williams se responsabilizó de los estudiantes de la “academia del futuro” durante el más esplendoroso momento tecnológico de los últimos tiempos. Lo recuerda en un libro, Cultura y cambio tecnológico: el MIT (Alianza Editorial), que es una reflexión sobre las luces de la innovación donde no faltan también algunas sombras. –¿Por qué el MIT nos parece siempre la avanzadilla mundial de la tecnología? –Aunque trabajamos en todas las ramas de la ingeniería, damos prioridad a nuestro gasto en aquellas que tienen un mayor potencial de investigación, las que están en los límites del conocimiento. Nos dedicamos a la ingeniería civil y otras tecnologías clásicas, sí, pero nos interesa mucho más la biotecnología: el mayor equipo del instituto es el que se dedica a la investigación con tejidos humanos, a cómo crear tejido para que sea utilizado en cirugía. Nos gustan los asuntos en los que hay grandes problemas tecnológicos por resolver. Por eso, cuando comenzó el boom de Internet a mediados de los 90, estábamos muy bien preparados, ya que habíamos trabajado mucho, por ejemplo, en inteligencia artificial. –¿Qué diferencia hay entre un ingeniero de hace 50 años y un ingeniero de la era de la información? –La más importante es que en la época de mi abuelo se esperaba que un ingeniero trabajara en el mundo real diseñando máquinas, cadenas industriales, puentes y caminos. Ahora trabajaría en el mundo inmaterial, el del software, que no tiene entidad física sino que es un código, un lenguaje. La segunda gran diferencia es que hace medio siglo un ingeniero se dedicaba a la técnica desde que se licenciaba hasta, digamos, los 45 años, cuando, tras un lento ascenso en la empresa, alcanzaba puestos de gerencia. Ahora, en cambio, se entroniza como manager en cuanto completa sus estudios, sin tiempo de haber practicado la ingeniería. Incluso crea su propia empresa con menos de 30 años. Y fruto de estos dos grandes cambios, el ingeniero también tiene una conciencia más difusa de cuál es su misión; antes era el responsable de innovar en una empresa, y ahora forma parte de un entramado de decisiones más difuso, propio de esta sociedadred en la que vivimos. –¿Ser ingeniero ya no es cosa de hombres? –En el MIT, un 43 por 100 de los estudiantes de licenciatura son mujeres. Es un porcentaje muy alto. Lo preocupante es que va bajando a medida que se asciende en el escalafón académico: sólo un 23 por 100 de los posgraduados y un 15 por 100 de los profesores somos féminas. ¿Por qué? No hay discriminación... Mi respuesta es que a la mayoría de mujeres no les gusta el exigente ritmo de vida académico por las renuncias personales que comporta. –Usted estudia el pasado de la tecnología. Da la impresión de que hablar de tecnología haya quedado reducido en los últimos años a hablar de informática. –Eso que en EE UU llamamos “ciencias de la computación”, la informática, está presente en cualquier otro aspecto de la ciencia y la tecnología. En el MIT se cuenta con un informático en todos los departamentos, se dediquen a ingeniería óptica o a las ciencias del mar. Estos últimos trabajan todo el día modelando el comportamiento del agua en un ordenador... ¡sin necesidad de mojarse ni una sola vez! –¿En el MIT los ordenadores también se quedan obsoletos, o tienen la fórmula mágica para que la industria informática no les deje desfasados cada seis meses? –No crea que somos diferentes del resto del mundo en esto; también sufrimos nuestros problemillas con la tecnología en el día a día. Hay que pedir permiso para cambiar el ordenador y el responsable del dinero te contesta que no hay presupuesto. Una disfunción importante del mundo tecnológico en el que vivimos es que hay demasiadas innovaciones que no resuelven nada, que se convierten en parte del problema. La causa suele ser la dificultad para integrarlas en nuestra vida diaria. –Sí, a veces la mudanza tecnológica es un calvario... –Ocasiona temores lógicos en las personas. Tenemos profesores que son creadores y gestores de nuevas empresas, gente innovadora con sus productos pero que, cuando en la facultad les dicen que se va a sustituir el programa que utilizan para pedir el material, contestan: “Espera, no quiero otro distinto porque ya estoy acostumbrado a utilizar éste”. –“La innovación no se convierte necesariamente en el progreso humano”, dice usted en su libro. Explíquese. –El cambio viene dictado por el mercado, no por las necesidades de mejora que la sociedad requiere. Además, puede resolver unos problemas creando otros, lo que arrastra efectos colaterales. Por ejemplo, en los dos últimos siglos hemos incrementado el uso de la energía como medio para reducir el trabajo humano pero, en contrapartida, hemos creado un problema medioambiental, el calentamiento climático, que ahora debe resolverse. Otro caso flagrante es el de la industria farmacéutica, que produce nuevos medicamentos que vende a un precio tan caro que no pueden ser adquiridos por muchos de quienes más los necesitarían. –¿El optimismo tecnológico tiene sus límites? –El terrorismo nos los está mostrando. Los aviones que se utilizaron para el 11-S son una tecnología del mismo país que se ha visto golpeada por ellos. Cualquier sistema artificial contiene un poder, una energía, que puede ser utilizada para lo contrario de aquello para lo que fue concebido. Fíjese en lo fácil que fue utilizar esos aviones para la destrucción. –Usted ha escrito que la era de la tecnología ha acabado a causa de la eclosión terrorista. –En los 90 dio la impresión de que la técnica era el principal motor de la historia. Ahora hemos despertado a la realidad de que las personas y las instituciones son los principales protagonistas. La tecnología no es tan poderosa como para mover el mundo. –Pero parece claro que es más importante en nuestras vidas que hace 10 o 15 años, antes de la revolución de Internet. –Tenemos demasiada poca perspectiva para llegar a conclusiones. Fíjese en los últimos doscientos años: verá que la gran revolución no ha sido Internet, sino el tránsito de un mundo relativamente poco poblado y en el que la naturaleza imponía su ley a un universo superpoblado en el que el hombre cada vez adapta más el entorno a sus necesidades. Internet está bien pero no es tan importante... No cambia la historia porque no tiene una influencia destacable sobre las grandes magnitudes que rigen su curso: los ratios de uso de energía, los recursos naturales y los movimientos poblacionales. –Pues dígame algo que sí los cambie. –China está inmersa en un proceso de desarrollo industrial que va a dejar pequeño a Internet. El progreso que está experimentando ese país y su repercusión en cuanto a la energía que va a requerir, los recursos que va a consumir y el cambio económico que provocará serán mucho más significativos. ¿Y hay alguna gran revolución tecnológica en marcha? La de crear un nuevo hábitat humano. En esa revolución Internet es sólo un capítulo. José Ángel Martos
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