Obsolescencia programada: ¿mito o realidad?

"Los aparatos ya no duran ni se hacen como antes”; “Se ha estropeado al poco de caducar la garantía”; “Me cuesta más repararlo que comprar uno nuevo”. Son quejas que oímos o proferimos demasiado a menudo como para que parezcan una casualidad.

 

Entonces suele salir a colación la teoría de la obsolescencia programada, o de cómo los fabricantes se las estarían ingeniando para que sus productos duren menos de lo que deberían, y así fabricar, vender y ganar más dinero. Serge Latouche, economista y profesor emérito de la Universidad de París-Sur, en Francia, asegura que la publicidad, los créditos y esa presunta fecha de caducidad incorporada son los tres elementos cómplices del actual sistema de mercado que nos llevan a producir y consumir de forma insostenible.

 

Según este ideólogo, “quien crea que el crecimiento infinito es compatible con un planeta finito, o es un loco o un economista”. Elias Chaves, experto de la web de tecnología Listverse, asegura que la obsolescencia se produce cuando la ingeniería se suma al capitalismo: “Los productos no se diseñan para durar, sino para ir a la basura. Los ingenieros no crean la mejor máquina, sino la que genere el máximo beneficio con sus ventas”.

 


Siguiendo este planteamiento, la obsolescencia programada se habría gestado en el mismo comienzo del consumo de masas, en los años 20 del siglo XX, cuando Henry Ford implantó su modelo de producción para fabricar grandes cantidades de coches a precios asequibles.

 

En 1928, la revista de publicidad Printer’s Ink admitía lo siguiente: “Un artículo que no se desgasta es una tragedia para los negocios”. Cuatro años más tarde, el inversor inmobiliario Bernard London proponía abiertamente esa idea para paliar los efectos del crac de 1929 y reactivar el consumo en Estados Unidos.

 

En 1954, el diseñador industrial estadounidense Brooks Stevens popularizaba durante una conferencia el término obsolescencia programada, que venía a significar la aspiración de la industria por “instalar en el comprador el deseo de poseer algo un poco más nuevo, un poco mejor, un poco antes de lo necesario”.

 


Se suelen citar dos ejemplos clásicos para explicar este concepto. En 1924, los principales fabricantes de bombillas de la época, como Osram, Philips, General Electric y la española Lámparas Z, creaban el llamado cártel Phoebus con los estándares de producción y venta.

 

Entre otras especificaciones, la longevidad de cada bombilla se limitaba a mil horas. Antes del polémico acuerdo, vigente hasta 1939, la citada Lámparas Z garantizaba en su publicidad 2.500 horas de vida útil.

 

El segundo ejemplo lo protagoniza DuPont con el lanzamiento en 1940 de las medias de nailon. Este nuevo material las hacía prácticamente irrompibles, y tuvieron un gran éxito de ventas. Sin embargo, años después, el atuendo femenino ya no era tan resistente.

 

 

Más información sobre el tema en el artículo ¿Diseñados para romperse?, en el número 396 de Muy Interesante, escrito por Álex Fernández Muerza.

 

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Etiquetas: economía

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