Los gatos, esos tigres de andar por casa

Una regla de oro con ellos: no tomes la iniciativa a la hora de acariciarlos ni les gastes bromas, ya que no tienen sentido del humor.

De los gatos se asegura, por ejemplo, que en la Antigüedad fueron adorados como dioses, y aquello no se les ha olvidado. Algo de eso hay, como puede atestiguar cualquiera que haya compartido su vida con uno de ellos y se haya enfrentado a sus episodios de indiferencia, desprecio o aislamiento total del mundo para, cinco minutos después, verlo convertido en un peluche encantador que nos pide su ración de mimos.

Los países con mayor cantidad de gatos domésticos son Estados Unidos, con 76,5 millones, y China, con 53 millones. En Europa son 90 millones. En cuanto a España, según datos de la Fundación Affinity, que ha declarado 2016 como el año del gato, la población felina alcanza los 3.600.000 ejemplares: un 15 % de nuestros compatriotas tiene gato, una cifra apreciable, pero lejana del 24 % que constituye la media europea.

 

La lista de famosos enganchados a los mininos parece interminable, empezando por los políticos. La relación de los mininos con el poder viene de lejos: el primero en pisar la Casa Blanca fue Tabby, propiedad de Abraham Lincoln. Theodore Roosevelt, Calvin Coolidge –el trigésimo presidente de EE. UU.– o Ronald Reagan también eran amantes de los gatos, al igual que Winston Churchill.

 

Los escritores conforman quizás el colectivo más afín a los gatos, quizá por su carácter, marcadamente independiente: Ernest Hemingway, Ray Bradbury, Francisco Umbral, Mark Twain, Jorge Luis Borges, Hermann Hesse, Truman Capote, Stephen King, Julio Cortázar, Patricia Highsmith… Todos tuvieron gatos, y muchos escribieron sobre ellos, a veces con sentencias tan inolvidables como la de la novelista Joyce Carol Oates: “Escribo tanto porque mi gata se pone en mi regazo. Ronronea de tal modo que no me quiero levantar. Es mucho más relajante que mi marido”.

 

¿Tienen rasgos propios de los humanos?

 

De todas las especies de animales domesticadas, los gatos pueden ser los que provocan menos indiferencia: se les ama o se les detesta, a menudo por motivos similares. Su expresividad ha contribuido a crear una ilusión sobre los verdaderos rasgos de su psicología y etología, y se les atribuye unas características propias de los humanos que en realidad no poseen. De este modo, de ellos se suele decir que son egoístas, vagos, interesados… ¿Hay algo de cierto en ello? Raquel Sierro del Río, secretaria general de la Asociación Felina Española, especifica a MUY que “su forma de vida es muy diferente a la del perro. Son matriarcales, no son gregarios y no hay jefe de la manada. Eso marca su espíritu libre”.

 

Las hembras crían a sus cachorros sin ayuda del macho, y los pequeños permanecen con su madre hasta que tienen entre seis meses y un año. Si se encuentran en un entorno libre de peligros y con comida abundante, los hijos se quedarán con la madre formando una estructura matriarcal. Los ciclos de celo de los adultos tienden a sincronizarse, y las madres del clan incluso pueden cuidar de los cachorros de otras. Del mismo modo, las gatas a veces forman grupos para alejar a los machos vagabundos: existe la posibilidad de que estos quisieran matar a sus cachorros para así provocar un nuevo celo.

 

Los machos, por su parte, establecen un territorio propio por el que gustan de vagar y donde se establecen como el animal dominante. No obstante, también existen áreas comunes –por lo general, espacios donde encuentran seguridad y alimento– en la que conviven varios gatos callejeros. Eso sí, cada uno actuará por su cuenta. No son asociales; son independientes.

 

Es precisamente esta independencia la que marca la pauta en su convivencia con los humanos. Ellos deciden cuándo quieren comer y cuándo dormir, cuándo quieren compañía y cuándo prefieren que los dejen solos. Para algunos especialistas, la primera regla que debemos tener en cuenta si queremos compartir espacio con uno de estos felinos es no tomar la iniciativa a la hora de acariciarlo, no hacerle rabiar y no gastarle bromas; los animales no tienen sentido del humor, y el gato, menos que cualquiera.

 

“Lo cierto es que no están con nosotros porque hayamos conseguido modificar su instinto. Lo hacen debido a que les gustamos y se sienten cómodos a nuestro lado”, aclara Sierro del Río. Esta misma experta explica que, por eso, “aunque un gato difícilmente se mostrará sumiso, sabrá pedirte lo que necesita si desarrollas una relación con él”. De hecho, tienen muchas formas de hacerse entender.

 

Se sabe, por ejemplo, que utilizan un lenguaje vocal y corporal distinto si quieren dirigirse a una persona o a otros de su estirpe, incluso aunque convivan en la misma casa. Así, a veces maúllan entre ellos, pero cuando comprenden que sus maullidos suscitan reacciones en su dueño, no dudarán en usarlos para que este les proporcione tal o cual cosa.

 

Puedes leer íntegramente el artículo "Tigres de andar por casa", escrito por Vicente Fernández de Bobadilla, en el Extra de Mascotas de la revista Muy Interesante (número 29), ya en tu quiosco.

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Etiquetas: animalesgatosnaturaleza

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