La invasión de los drones

Fotógrafos, arquitectos, servicios de emergencia... Cada vez son más los profesionales que emplean vehículos aéreos no tripulados, unos ingenios que hasta hace poco tiempo estaban reservados a los militares.

 

La historia de estos artefactos se remonta a mediados del siglo XIX, cuando Austria lanzó un ataque contra Venecia usando globos aerostáticos cargados con explosivos. Por supuesto, no había forma de controlar el rumbo de aquellos ingenios, más allá del hecho de soltarlos con viento favorable y esperar que se dirigieran hacia su objetivo.

 

Durante la Primera Guerra Mundial hicieron su aparición las primeras aeronaves por control remoto. En su origen, fueron concebidas como una especie de torpedos volantes, aunque también se emplearon con mucho más éxito a modo de objetivo para que se entrenaran los operadores de las baterías antiaéreas y los pilotos y artilleros de otros aviones.

 

En esencia, para estas mismas tareas seguirían siendo utilizadas durante la Segunda Guerra Mundial. Hoy, los avances en electrónica e informática han permitido el desarrollo de ingenios cada vez más avanzados, hasta la llegada de los modernos VANT –siglas de vehículo aéreo no tripulado que, a su vez, provienen de la expresión anglosajona unmanned aerial vehicle (UAV)–.

 

Siempre que el VANT cuente con los sensores adecuados, la adquisición de información a distancia permite medir cosas tan variopintas como la calidad del aire, la temperatura y la humedad del entorno, la presencia de ciertos microorganismos en una zona o la existencia de incendios forestales, depósitos minerales, etc.

 

La NASA, por ejemplo, utiliza un par de Global Hawk, unos UAV diseñados por la contratista de defensa Northrop Grumman, y un Predator B –obra de la compañía General Atomics– como plataformas de observación de la Tierra.

 

No en vano, los primeros, parecidos a aviones de 13 metros de largo y 35 de envergadura, pueden volar durante 32 horas y comunicarse por satélite con su base. Esto es, tienen a su alcance prácticamente cualquier punto del globo. Al igual que ellos, el Predator B –este modelo mide unos 11 metros de largo por 20 de envergadura– es una plataforma de sensores volante e inspiración militar que, en su caso, puede elevarse hasta una altitud de 12 kilómetros.

 

Sus capacidades convierten a los VANT en herramientas especialmente adecuadas para ser enviadas a lugares peligrosos o de difícil acceso, como las proximidades de un huracán; precisamente, esta ha sido una de las misiones de los drones de la NASA.

 

Su supuesta facilidad para alcanzar zonas remotas los hace también adecuados para prestar apoyo a los servicios de emergencia cuando tienen lugar desastres, pues los datos que obtienen pueden ayudar a planificar las acciones de rescate e, incluso, en el caso de los modelos más grandes, llevar medicinas o suministros.

 

La agricultura promete también ser un importante campo de aplicación para estos vehículos, y no solo en lo que se refiere a recoger mediciones de todo tipo. Algunos expertos plantean emplearlos para llevar a cabo la fumigación, una tarea que podrá programarse para que la realicen de forma automática.

 

Es más, en el sector ya se comenta que muy pronto veremos cómo los drones comenzarán a sustituir a los aviones de carga. Posiblemente, en unas décadas incluso los aviones de pasajeros serán dispositivos autónomos, que no necesitarán ser controlados por pilotos.

 

Más información sobre el tema en el reportaje Cómo convivir con drones. en el número 400 de Muy Interesante, escrito por Javier Pedreira.

 

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Etiquetas: drones

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