Fortunas que duermen en el fondo del mar

El oro de cientos de galeones naufragados reposa en el fondo de los océanos, esperando que algún cazador de tesoros dé el golpe de su vida.

Las riquezas de los miles de barcos tragados por el océano son para los cazatesoros un argumento esencial, con claro protagonismo de los hundimientos que tuvieron lugar en el tránsito marino entre España y sus colonias americanas. De las riquezas que por ahí se movían da idea el hecho de que, solo entre 1530 y 1560, al puerto de Sevilla llegaran por mar 101 toneladas de oro y 567 de plata. En 1985 se hallaron en Key West (Florida) los restos del galeón Nuestra Señora de Atocha, que, víctima de una tormenta, se hundió en 1622. Tan solo ha sido recuperada una parte de la enorme cantidad de oro, plata y piedras preciosas que transportaba.

 

El cargamento era similar en el caso del San José, abatido por un barco inglés cuando zarpaba de Cartagena de Indias en 1708. En este caso, aún no se ha encontrado nada, como así sucede con los restos de los catorce galeones destruidos por una enorme tempestad frente a Veracruz en 1601; o los de Nuestra Señora del Juncal, que naufragó frente a Yucatán en 1631; los de Nuestra Señora de la Limpia y Pura Concepción, que chocó con un arrecife cerca de la costa dominicana en 1641; o los de Santísima Trinidad, que naufragó cerca de La Habana en 1711.

 

Todos ellos repletos de oro, plata y joyas. Pero no solo la flota española ha sido expoliada por el mar. Un gran tesoro llevaba en el siglo XVI el galeón portugués Florencia cuando fue hundido por piratas en la costa oeste de Escocia a poca profundidad, por lo que los intentos de rescate han sido varios, sin que se haya logrado dar con el grueso del cargamento. También fue enseguida localizado el barco inglés Grosvenor, que se estrelló cerca del cabo de Buena Esperanza en 1783, con objetos por un valor de tres millones de libras esterlinas. Sin embargo, apenas nada valioso se ha rescatado.

 

Las dos guerras mundiales dejaron también una destacable estela de tesoros hundidos, como fue el caso del crucero británico Laurentic, cargado con cuarenta toneladas de oro y plata, que fue hundido en 1917 por un submarino alemán al norte de Irlanda. Y, claro, ahí siguen sumergidas, protegidas por la atención y la fama, las cajas fuertes del Titanic, rebosantes de las joyas de los pasajeros de primera.

 

Más información en el reportaje ¿Dónde estás, tesoro mío?, escrito por Miguel Mañueco. Puedes leerlo en el número 415 de Muy Interesante.

 

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Etiquetas: curiosidades

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