En busca del corazón artificial

La muerte de su padre por un problema cardiaco animó a Robert Jarvik (Míchigan, 1946) a estudiar Medicina.

Luego completó su formación con una ingeniería y fabricó el primer corazón artificial, el Jarvik-7, una prótesis que se implanta para reemplazar al corazón biológico. En 1982, el dentista Barney Clark se convirtió en receptor de este aparato. Fue una operación histórica sin final feliz, pues Barney murió 112 días después, y el sueño del corazón artificial permanente se aparcó por un tiempo. Sin embargo, no parece inalcanzable, pues según José Luis Lambert, presidente de la Insuficiencia Cardiaca y Trasplante de la Sociedad Española de Cardiología (SEC), “la función de este órgano no es tan complicada; se trata de una bomba y lo único que hay que hacer es mantenerla en funcionamiento”.  

 

El problema viene de que el cuerpo tiende a rechazar los objetos extraños y la sangre corre peligro de coagularse. En todo caso, el desarrollo de dispositivos para apoyar parcialmente o sustituir al corazón no ha cesado. En el primer caso, se pensaba que sería mejor asistir a los dos ventrículos, las cavidades que reciben y expulsan la sangre de las aurículas. Pero luego se vio que era igual de eficaz ayudar solo al ventrículo izquierdo, el que impulsa la sangre hacia la arteria aorta y de ahí al resto del cuerpo.

 

Así nacieron los dispositivos de asistencia ventricular izquierda (LVAD, por sus siglas en inglés), que se usan tanto para tratar de urgencia a alguien que ha sufrido una afección cardiaca y podrá recuperarse como para quienes padecen una lesión irreversible. Estos aparatos constan de una bomba, una unidad de control externa y unas baterías; algunos modelos llevan casi diez años funcionando. El último prototipo de LVAD pesa 45 gramos y bombea entre ocho y diez litros de sangre por minuto. Se implanta mediante toracotomía, que supone una mínima incisión en el tórax.

 

A pesar del éxito de estos dispositivos, la idea del corazón artificial completo no se ha abandonado. El cirujano francés Christian Cabrol probó un modelo como puente provisional que se implanta durante un tiempo hasta que llega un corazón de un donante para el trasplante. Otra vía abierta viene de la impresión de órganos en 3D. Investigadores de la Universidad Carnegie Mellon, en Pittsburgh, han patentado un prototipo de corazón llamado FRESH, pero por ahora está en fase de pruebas.

 

En 2012, cirujanos italianos en Roma salvaron a un bebé de dieciséis meses al implantarle un microcorazón de titanio de 11 g que lo mantuvo vivo durante trece días hasta que llegó un órgano para el trasplante. Por su parte, la firma francesa Carmat creó un corazón artificial que fue colocado en 2013 a un paciente de 75 años que murió 75 días después de la operación. El prototipo usa sensores electrónicos integrados y se hizo a partir de tejidos animales químicamente tratados.

 

Mientras, Bud Frazier y Billy Cohn, del Texas Heart Institute, investigan en una idea inédita: fabricar un corazón que haga fluir la sangre de forma continua, esto es, sin necesidad de latir. La duda es si el organismo es capaz de adaptarse a la ausencia total de pulsación, particularmente los vasos sanguíneos, cuyas paredes elásticas están naturalmente diseñadas para reaccionar a las variaciones de ritmo y presión.

 

Frazier y Cohn aún no lo saben, pero ya han probado un prototipo inspirado en el funcionamiento de los LVAD con un paciente terminal, que sobrevivió cuarenta días con él. Aun así, muchos expertos creen que el corazón artificial del futuro funcionará bajo este principio del flujo continuo.

 

Imagen: Cortesía Texas Heart Institute

 

Más información en el reportaje Así se reparan los corazones rotos. Las 6 técnicas más vanguardistas, escrito por Ainhoa Iriberri y Luis Otero. Puedes leerlo en el número 415 de Muy Interesante.

 

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Etiquetas: corazóninnovaciónsalud

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